Juan Antonio Le Clercq

En su libro más reciente, Por una Constitución de la Tierra (2022, pp. 29), Luigi Ferrajoli advierte sobre el contexto de “degradación del espíritu público capaz de minar las bases sociales de nuestras democracias (…) pues cuando las instituciones hacen ostentación oficial de inhumanidad y la inmoralidad, estas se convierten en contagiosas: se autolegitiman y resultan secundadas y alimentadas”. Vivimos una era marcada por resentimientos sociales profundos, los cuales se expresan especialmente en contra de las minorías, los migrantes y opositores políticos. Lo que aumenta su gravedad es que son fomentados y difundidos por líderes políticos y comentaristas de los medios de comunicación, abriendo ciclos de retroalimentación de odio y exclusión con efectos imprevisibles.

Esta semana, un adolescente disparó en contra de los clientes de un supermercado en Buffalo, Nueva York, dejando una cifra de diez personas muertas y al menos tres heridas. Víctimas predominantemente de raza negra.

Como giro siniestro, el asesino decidió grabar la masacre y transmitirla en vivo en redes sociales. Para este joven, ebrio de ideología de supremacía blanca, resultaba fundamental documentar y compartir al mundo su mensaje de odio.

Con el paso de los días, se ha demostrado el sentido racista del ataque y su vinculación con la teoría conspirativa del “gran reemplazo”, la cual sostiene que las élites del partido demócrata implementan una política dirigida a reemplazar intencionalmente a las personas de raza blanca por afroamericanos, latinos e inmigrantes. La teoría del gran reemplazo es una estupidez sin fundamento consumida por los círculos de la extrema derecha estadounidense, sin embargo, ha encontrado cada vez más espacio entre políticos republicanos y las cadenas noticiosas dirigidas al público conservador.

En los últimos días, se ha comenzado a señalar particularmente la corresponsabilidad de figuras cercanas al trumpismo y a personajes como Tucker Carson, conductor de la cadena Fox News, por alimentar las teorías conspirativas de la extrema derecha, respaldar abiertamente a líderes de organizaciones con ideología de supremacía blanca o, incluso, de promover abiertamente la idea de que las políticas del gobierno demócrata tienen como objetivo principal el reemplazo racial. Mucho de este mismo discurso alimentó la visión de los grupos radicales que atacaron el Capitolio el 6 de enero de 2021.

Ante la relación del asesino de Buffalo con el discurso de la supremacía blanca, Tucker Carson trató de desvincularse de la promoción del odio racial. En un mensaje en Twitter el 16 de mayo, señaló: “Toda política racial es mala, no importa de qué sabor sea. Es veneno. Subsume al individuo en el grupo. Deshumaniza a las personas. Eleva la apariencia por encima de la iniciativa y la decencia, y todas las demás cualidades dadas por Dios que hacen que las personas sean únicas, pero moralmente iguales entre sí”. Lágrimas de cocodrilo que nadie toma en serio.

Regreso a Ferrajoli: “…cuando las instituciones hacen ostentación oficial de inhumanidad y la inmoralidad, estas se convierten en contagiosas: se autolegitiman y resultan secundadas y alimentadas”. Y esta es la moraleja para México, las palabras políticas envenenadas, la promoción del odio, la exclusión y la división social desde la plataforma del gobierno, el legislativo o los medios de comunicación, tiene consecuencias profundas. Señalar como enemigos o traidores a la patria a opositores o ciudadanos que no coinciden con el programa de gobierno, no es solo una conducta pública irresponsable, representa alimentar la degradación del espacio público y fomentar formas de persecución que pueden terminar en actos de violencia. No podemos darnos el lujo de invocar más violencia. El baño de sangre que sufre nuestro país es ya demasiado grave como para fomentar además el odio y la división social desde las instituciones.

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