Juan Antonio Le Clercq

2020 se ha convertido en un punto de no retorno para enfrentar la crisis ambiental global. De acuerdo con los criterios establecidos en el Acuerdo de París, negociado por la comunidad internacional a finales de 2015, en 2020 arranca el periodo establecido para que los países que han ratificado el acuerdo, comiencen a cumplir sus compromisos y reportar sus avances. La definición de estos plazos, en muchos sentidos demasiado flexibles, implica que la próxima década es clave para aspirar a contener aumentos en la temperatura global por encima de los 2 ºC y, con ello, efectos destructivos irreversibles en los ciclos de vida del planeta. 

Sin embargo, el panorama luce cada vez más complejo y adquiere rasgos catastróficos. Durante los primeros meses del año, Australia enfrentó una de las peores temporadas de incendios forestales de su historia reciente, la cual afectó más de 10 millones de hectáreas en diferentes zonas del país y supuso la muerte de alrededor de 500 millones de animales silvestres. Las imágenes de personas abandonando sus hogares incendiados, en medio de cielos anaranjados y nubes de humo, cual distopía de ciencia ficción, se replican ahora devastando a California y Oregon. 

La pandemia nos demostró que lo impensable puede ocurrir, que la destrucción de la naturaleza puede alcanzar una dimensión catastrófica, arrastrando consigo a la economía y produciendo el sufrimiento de millones de personas. A pesar, de ello, el negacionismo climático también se afianza. Luego de la destrucción que los incendios han dejado en California y Oregon, Donald Trump ha declarado esta semana que los incendios son resultado de una mala gestión local de los bosques, que el clima acabará por enfriarse si esperamos un poco y que a final de cuentas la ciencia no entiende lo que sucede. 

No sorprenden este tipo de declaraciones de quien ha decidido retirar a su país del Acuerdo de París, lo cual ocurrirá el próximo 4 de noviembre en caso de ganar las elecciones. Lo grave es que la inacción climática no se limita a los gobiernos abiertamente contrarios a actuar para contener los efectos del calentamiento global. Esta misma semana, la Comisión Europea ha sido blanco de críticas por parte de grupos ambientalistas, luego de que se han filtrado borradores de su plan de acción climática hacia 2030, donde si bien se proyecta reducir emisiones entre 50% y 55% durante la década, el impacto real se diluye cuando se incluye el CO2 que es capturado por los bosques, el suelo y el agua. En otras palabras, lo que se cuestiona a la Comisión Europea es que diseñe una metodología ad hoc para darle la vuelta a compromisos adquiridos que deberían cumplirse reduciendo las emisiones de la industria, la generación de energía y el transporte. 

Para tomar conciencia de la gravedad del momento que enfrentamos, esta semana también las Naciones Unidas ha dado a conocer el quinto reporte de biodiversidad global y los resultados no podrían ser más preocupantes: después de 10 años de haber firmado el Plan Estratégico para la Biodiversidad Biológica de Aichi, la comunidad internacional no ha cumplido una sola de las metas establecidas para proteger la biodiversidad y el funcionamiento de los ecosistemas. Ni una sola. A pesar de todas las cumbres globales que se celebran cada año, de las declaraciones pomposas a favor de la protección ambiental, de todos los tratados firmados y los objetivos asumidos, la realidad es que la devastación de los ecosistemas y la alteración de los ciclos naturales avanzan aceleradamente ante la indolencia y la irresponsabilidad de la comunidad internacional. 

La década que comienza representa el punto de no retorno para contener las alteraciones a los ciclos y procesos naturales y evitar que esto se traduzca en destrucción irreversible de los ecosistemas, las especies y las comunidades humanas. La pregunta es si los líderes políticos tienen la intención de actuar con efectividad para evitar una catástrofe ambiental global. Las señales que observamos cotidianamente, las imágenes y noticias que resumen las consecuencias de la destrucción ambiental, nos advierten que los discursos ambientales oficiales tienen más de simulación que de compromiso real, que es más fácil firmar tratados que cumplir los compromisos, que nos espera una década de mucho ruido y pocas nueces. 

Compartir