Juan Antonio Le Clercq

Seguimos jugando a estirar los límites de la naturaleza sin asumir las consecuencias. Esta semana el Panel Intergubernamental de Expertos sobre cambio Climático (IPCC) presentó el reporte especial sobre los impactos que se pueden esperar de un aumento de la temperatura por encima de 1.5ºC. El mensaje es contundente: no estamos haciendo lo suficiente y tenemos poco margen de tiempo para evitar escenarios catastróficos.

Si bien el reporte no mide todavía el cumplimiento de compromisos del Acuerdo de París, permite proyectar que de mantenerse las tendencias actuales en la emisión de gases de efecto invernadero (GEI), no podrán alcanzarse los objetivos que estableció en 2015 la comunidad internacional y la temperatura global podría alcanzar 1.5ºC entre 2030 y 2050.

El riesgo de sufrir eventos naturales catastróficos se incrementa conforme sube la temperatura global, aumentando también la vulnerabilidad de los países pobres o en desarrollo y la de la población que vive en condiciones de marginación y pobreza. Sin dejar de lado que el calentamiento global puede provocar la pérdida irreversible de ecosistemas y la extinción masiva de especies.

Los especialistas reconocen que hay acciones importantes que están siendo implementadas alrededor del mundo, pero señalan que no es suficiente. Se requiere una transición rápida y de largo alcance en el acceso y uso de la energía, la tierra, los sistemas industriales y la infraestructura rural y urbana. En forma paralela, se requiere aumentar las capacidades de adaptación e impulsar cambio tecnológico en beneficio de países pobres y en desarrollo.

Nos queda una década para activar una revolución verde ambiciosa y sin precedentes en su escala, que permita reducir las emisiones de CO2 en 40% hacia 2030. El reto que enfrenta la humanidad es monumental y un contexto marcado por el ascenso del populismo autocrático no favorece necesariamente procesos de toma de decisiones más efectivos a nivel global o cambio social incluyente. Por el contrario, el liderazgo de figuras como Putin o Trump impone una agenda de desregulación ambiental e impulso a la explotación de petróleo, incluyendo una carrera frenética para extraer hidrocarburos del Ártico.

Nada de esto es necesariamente nuevo. Los estudios científicos han advertido sobre los riesgos que enfrentamos y sus consecuencias, pero la comunidad internacional ha sido demasiado timorata a la hora de promover acciones realmente efectivas. El reconocimiento al trabajo de William Nordhaus con el Nobel representa una buena oportunidad para discutir en serio la importancia de instrumentos de política global más eficientes, como la creación de un impuesto internacional a la tonelada de CO2, para que quienes más emitan tengan que pagar mayores costos y los recursos se redistribuyan en beneficios de países pobres y en desarrollo.

Esta idea estuvo en la mesa durante las negociaciones del Acuerdo de París, pero quienes la impulsaron no tuvieron el capital político necesario para lograr su aprobación y los líderes políticos prefirieron evitar los costos electorales de subir impuestos. La urgencia de generar una transición sustentable a nivel global implica analizar seriamente un impuesto internacional a las emisiones de CO2.

Hemos llegado a un punto de no retorno y de continuar con la tendencia actual de las emisiones globales de CO2, las siguientes décadas estarán marcadas por destrucción ambiental, desastres naturales, conflictos sociales, flujos migratorios, escasez de agua, crisis alimentaria y agudización de la situación de desigualdad para millones de personas en el mundo. Los escenarios climáticos catastróficos son nuestra nueva realidad.

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