Juan Antonio Le Clercq

El triunfo de Joe Biden representa una bocanada de aire fresco en términos ambientales. Luego de cuatro años en los que Donald Trump apostó por la destrucción sistemática de leyes y políticas para la protección ambiental en los Estados Unidos, la promoción sin restricción de los intereses de las industrias de hidrocarburos y extracción minera, así como el sabotaje al Acuerdo de París, el triunfo de los demócratas se ha traducido en muchas expectativas al respecto de una agenda ambiental y climática ambiciosa y fundada en la evidencia científica. 

Las primeras declaraciones de Biden como presidente electo de los Estados Unidos, señalan que la nueva administración busca presentarse ante los estadounidenses con una imagen “verde”. Entre las primeras acciones del equipo de transición, destacó la presentación de una agenda para enfrentar el cambio climático que, con la meta de alcanzar crecimiento cero en emisiones de CO2 hacia 2050, pone énfasis en tres elementos. Empezando por una perspectiva de economía resiliente y sustentable que garantice recuperación económica y generación de empleo. Esto lleva a priorizar inversiones públicas con criterios sustentables y de justicia ambiental en sectores como infraestructura, transporte público, producción de automóviles, generación eléctrica, construcción y vivienda, innovación tecnológica, agricultura y conservación.

El segundo aspecto, es el reconocimiento del cambio climático como un factor que incrementa la destrucción de infraestructura como resultado de fenómenos naturales y, en consecuencia, pone en riesgo la seguridad nacional y el bienestar de las comunidades. Finalmente, el tercer elemento es el regreso de los Estados Unidos al Acuerdo de París y, con ello, el reconocimiento de la necesidad de asumir el liderazgo global en la contención de la emergencia climática. Definiciones que se han acompañado con el nombramiento de John Kerry como “zar climático” del nuevo gobierno.  

Desde cualquier punto de vista, el cambio de gobierno en los Estados Unidos permite aspirar a una agenda climática y de protección ambiental más efectivas durante lo que sin duda será una década crítica para evitar aumentos en la temperatura por encima de los 2ºC o la destrucción irreversible de la biodiversidad del planeta. 

Sin embargo, Biden deberá sortear problemas importantes para lograr implementar exitosamente su agenda. Lo primero será revertir el desmantelamiento de la normatividad ambiental puesta en marcha por el gobierno de Trump, proceso que llevará tiempo e implicará choques inevitables con los legisladores republicanos. Un tema especialmente delicado, consiste en los permisos de último momento que pueda otorgar el gobierno de Trump para la explotación de recursos naturales en parques nacionales o en el Ártico, los cuales serían muy difíciles de revertir en el corto plazo y cuyas consecuencias pueden resultar catastróficas para el equilibrio de dichos ecosistemas. 

De igual forma, reintegrarse al Acuerdo de París puede encontrar obstáculos complejos en caso de que los republicanos obtengan mayoría en el Senado y afirmen la necesidad de otorgar aval legislativo a la decisión presidencial. Un conflicto político entre la presidencia y el Senado, implicaría al menos retrasar indefinidamente el regreso de los Estados Unidos al Acuerdo de París, afectando también el cumplimiento de los compromisos de otros países. El riesgo de que el Acuerdo de París fracase por irrelevancia, sigue latente a pesar de la derrota de Trump. 

Biden enfrentará también resistencia en el ala izquierda de su propio partido, quienes ya han comenzado a cuestionar el nivel de ambición de la agenda presentada por Biden. A partir de la reivindicación de un “New Green Deal”, señalan que la propuesta de economía verde impulsada por Biden no enfrenta los problemas estructurales que fomentan la explotación voraz de recursos naturales, promueve una versión demasiado suave de la justicia ambiental y, particularmente, no deja en claro cómo van a limitarse los intereses de las grandes empresas en torno a la extracción y producción de hidrocarburos. 

Finalmente, será interesante observar si el giro “verde” de la agenda política en Estados Unidos tiene impacto en México y obliga a nuestro gobierno a reconsiderar su enfoque energético centrado en una profunda adicción a los hidrocarburos. 

Compartir