Juan Antonio Le Clercq

En El Adversario, Emmanuel Carrére narra la historia de un hombre que construye su vida personal y profesional a través de una red interminable de mentiras. A lo largo de dos décadas, el sujeto de esta historia engaña sobre su formación como médico, inventa un trabajo que no tiene, mantiene un nivel de vida insostenible y, como resultado de esto, termina por desarrollar un esquema para defraudar recursos a sus amigos y pensiones a sus padres y suegros. Una vez que algunas inconsistencias de su historia comienzan a ser notadas por su círculo cercano, este hombre prefiere inmolarse asesinando a sus padres, esposa e hijos antes que enfrentar el riesgo de ser descubierto y públicamente expuesto. 

El centro de esta historia terrible consiste en la trampa que el sujeto mismo crea y en la que termina irremediablemente atrapado. Una telaraña de mentiras que se retroalimenta y que requiere de nuevas mentiras periódicas para sostenerse y prolongarse a lo largo del tiempo. Incluso después de que la tragedia ocurre, el hombre, que sobrevive a su intento de suicidio, continúa su vida acumulando nuevas mentiras y engaños durante el juicio, su encierro en prisión y en su vida posterior. Una forma de vida adicta al uso de la mentira difícilmente podrá romper con la recurrencia cotidiana al engaño y mucho menos será capaz de distinguir entre verdad y mentira en la vida cotidiana.

Traigo a colación la historia de El Adversario, porque me parece que permite entender al ascenso y caída política de Donald Trump. Una vida empresarial y política construida y retroalimentada a través de la mentira, el engaño y los actos fraudulentos. Una vida adicta a la mentira, que necesita recurrir permanentemente al engaño y que para subsistir necesita de la mentira y el engaño permanentes. Pero lo más delicado, al igual que ocurre con el personaje de El Adversario, estamos ante una historia en la que el actor central está dispuesto a inmolarse y destruir todo lo que le rodea con tal de evitar quedar en evidencia o para continuar reproduciendo su red de mentiras. 

El pasado 6 de enero atestiguamos el intento desesperado de Trump por revertir su derrota electoral movilizando a sus bases más radicales, luego de que fracasara en sus señalamientos de fraude y en los diferentes recursos jurídicos a los que recurrió sin ningún tipo de evidencia. Una presidencia que hizo de la mentira su marca personal, que recurrió al engaño permanentemente, pretende ahora mantenerse en el poder a través de nuevas mentiras, al costo político y social que sea necesario. 

Pero quien ha tejido sistemáticamente su propia telaraña de mentiras, difícilmente puede reintegrarse hacia el terreno de la verdad y los hechos. Una vez que quedaron en evidencia las consecuencias políticas del haber movilizado las protestas contra los legisladores que ese día validaban las actas electorales, Trump, su familia y su círculo cercano intentaron deslindarse de la violencia que ellos contribuyeron a activar, recurriendo a un discurso de paz y concordia basado, por supuesto, en más y más mentiras. Y en los días posteriores, cuando los grupos nacionalistas más radicales comenzaron a reclamar que se les comenzaba a traicionar, nuevamente regresó a escena el discurso tan beligerante como mentiroso, al grado que Twitter y Facebook (cierto, tarde e hipócritamente) terminaron por vetar indefinidamente a Trump. 

Si la mentira y el engaño tienen efectos profundamente destructivos en la vida privada, en la vida pública sus consecuencias repercuten directamente en la calidad de vida de los ciudadanos y en la confianza hacia las instituciones. Crear una telaraña de mentiras requiere mantenerla y alimentarla con más mentiras periódicas. El ascenso y caída de Trump resume los efectos derivados en el uso y abuso de la mentira en la vida democrática, pero antes que nada nos advierte sobre las consecuencias políticas y sociales involucradas en los actos de alcanzar, ejercer y mantenerse en el poder a parir de redes de mentiras, engaños y fraude. El problema no es que el emperador vaya desnudo, sino que puede estar dispuesto a inmolarse y destruir todo a su alrededor con tal que no se exhiba públicamente que va desnudo. 

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