J. S Zolliker

Se llama María Luisa y durante mucho tiempo ha estado trabajando jornadas muy largas y descansando poco. Hoy durmió profundamente durante tres horas antes de que sonara su despertador. Pocos minutos después, alguien tocó a su puerta. Era su empleada doméstica, quien le avisó que no tenían agua en todo el fraccionamiento. María Luisa resopló con fastidio. Últimamente se desesperaba más y por menos que antes. 

Ella podía no bañarse uno o dos días, pero ya un tercero le parecía demasiado. Hizo dos llamadas. La primera fue a su asistente para avisarle que estaría despachando desde casa por unas horas. 

Este sugirió que podía bañarse en la oficina, pero ella ignoró el comentario y colgó molesta. La siguiente llamada fue al alcalde de su demarcación, de un partido político distinto al suyo. Tras intercambiar saludos cordiales, solicitó una pipa de agua del pozo más cercano y pidió discreción, “sólo entre amigos”.

Mientras disfrutaba de un largo y cálido baño, reflexionando sobre el privilegio recién ejercido, surgió en su mente una gran idea. Esta no sólo le ganaría el agradecimiento de su jefe, sino que también la impulsaría hacia una nueva etapa en su carrera política y garantizaría su lugar en el nuevo gobierno y en el exclusivo “círculo rojo”, aquel grupo selecto que asesora las decisiones cruciales de cualquier gobierno.

En las últimas encuestas, se observan tendencias negativas para su partido político en las próximas elecciones. Por primera vez, están considerando la posibilidad de perder, lo cual sería desastroso ya que revertiría años de cambios y reformas a su favor, y algunos cercanos podrían acabar en prisión. 

Incluso, temen perder la elección en la Ciudad de México, que han dominado durante casi tres décadas. Sin embargo, con su idea, podrían aumentar significativamente sus posibilidades de victoria.

La idea es realmente sencilla y, por lo tanto, plausible. Pretende sacar provecho de una crisis generada por la mala gestión de ellos mismos: la escasez de agua. Propone, en primer lugar, restringir el suministro de agua en aquellas colonias, delegaciones, municipios, ciudades e incluso estados que no sean afines al oficialismo y/o a su proyecto de nación. 

Esta noción de lealtad se recompensa con abundancia, lo que equivale a una especie de venganza: los pudientes tendrían menos agua que las colonias populares, estableciendo una prioridad inversa.

Segundo, se plantea reducir gradualmente el suministro de agua y aplicar cortes programados cada vez más severos mediante un plan de emergencia con un semáforo, especialmente en aquellas colonias que son opositoras y tienen cierto poder adquisitivo. 

El objetivo es llegar al punto en que la escasez los obligue, aprovechando la modalidad de trabajo y educación a distancia debido a circunstancias de fuerza mayor, a mudarse temporalmente al interior del país, donde el suministro de agua sea suficiente para llevar una vida casi normal. Esto se hace con la intención de que no estén presentes en sus distritos electorales y no puedan votar el dos de junio por la alternancia en la presidencia, la Ciudad de México y otras gubernaturas de oposición, así como por los 500 diputados y 128 senadores. 

¿No es acaso una idea maravillosa? ¿No merecería ser nombrada la segunda al mando del mismísimo Presidente? Agua y elecciones, la conspiración perfecta. 

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