J. S Zolliker

Reporta el agente infiltrado Pedro Fonseca y Lima, adscrito a la nueva Central Nacional de Inteligencia civil de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, que gracias a pesquisas previas confirmadas por el testimonio de algunos “vecinos” (mote con el que en realidad se refieren al círculo de informantes pagados), se presentó en el centro bohemio de Coyoacán para dar seguimiento a varios reportes sobre narcomenudeo.

Aunque estuvo pendiente del Zócalo, el Museo de Culturas Populares y la fuente de Los Coyotes, no registró ninguna actividad anormal, por lo que decidió terminar su labor de encubierto para entrar al bar de Sanborns durante la hora feliz, pues le apetecía beber un poco acompañando al ritmo de la música de algún cantante que tuviera ganas de amenizar.

Reporta el agente Fonseca y Lima que apenas se sentó y le llevaron a la redonda mesilla,  cacahuates y chicharrones, solicitó una sangría, misma que le pareció sumamente agradable y fresca, por lo que cuando estaba por beberse el tercer trago —mezcla de vino tinto, vodka, agua mineral y jarabe de limón— con un caldito de camarón de cortesía, pudo observar por la ventana algo que antes le habría parecido normal, pero que causó le temblaran las tripas: pareja de jóvenes, aparentemente músicos, compraron dulces de tamarindo a una señora (algo mayor) que los llevaba con cierto trabajo en una carretilla. Todo bien, salvo que la pareja a pocos metros de ahí chocó las palmas de sus manos en afán celebratorio. 

Pagó Fonseca y Lima la cuenta y salió del local, no sin antes llevarse una revista que le permitiría aparentar que estaba leyendo, mientras a prudente distancia seguía a la sospechosa, a quien observó en su camino que hacía varias señas a personas con puestos similares (algunos con las manos, otros con chiflidos, etcétera). 

Reporta, pues, el agente Fonseca y Lima, que siguiéndola por los callejones del barrio rumbo al pedregal volcánico, pudo observar que detuvo la marcha con especial énfasis para mirar hacia una carretilla similar que estaba cercana a una universidad y que era atendida por un muchacho con una sudadera con capucha. 

Reporta el agente Fonseca y Lima que, por sexto sentido, decidió dejar de seguir a la mujer y que se apersonó ante el joven, a quien percibió hiperactivo. 

Su caretilla contenía papas, chocolates, tamarindos y bebidas. Preguntó por el agua y sin mirarlo, el joven se la ofreció por abajo del precio de las cadenas de autoservicio.  Reporta Fonseca y Lima que entonces preguntó por el precio de una barra de chocolate y el muchacho ya lo miró y le respondió: “200 pesos”, cuando en supermercados se encuentra en cerca de 10. 

Reporta Fonseca y Lima que le preguntó por qué estaba tan caro y que el muchacho le respondió que porque “traían más azúcar”. Luego, dice, preguntó por el precio de unas mentas, a lo que le respondió también una cantidad exorbitante, “porque traen más pastillas”, le dijo, y peor sucedió con los chocolates más pequeños en forma de besos.

El agente Fonseca y Lima asegura que terminó comprando un dulce de pulpa de tamarindo con algo de sobreprecio y que le dijo “es de temporada alta por el regreso a clases”. Pagó y el vendedor, guardó el dinero en un fajo grande de billetes y le devolvió dinero de más porque no tenía cambio.

Cuiden bien de sus hijos, porque el resto es historia que pueden comprobar en: https://bit.ly/3899bWp

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