J. S Zolliker

“¿Sabías que el área más sucia en donde viven los cerdos es alrededor de su abrevadero?”. Le preguntó sin esperar realmente una respuesta, mientras realizaba una pequeña caminata en las cercanías de aquel cottage que adquirió en Ayrshire, en el Reino Unido. 

Le gustaba ese pequeño lugar europeo porque le permitía vacacionar lejos de la mirada pública y en completo anonimato, además de que contaba con todas las comodidades modernas: tenía a su alcance los mejores campos de golf del mundo y en auto le quedaba relativamente cerca del aeropuerto de Glasgow, Escocia. 

“Las deyecciones y el agua que beben los cerdos los conjuntan para crear lodazales, en donde se revuelcan para mantener una temperatura corporal. Necesitan pues, del agua, de la tierra y de la mierda para sobrevivir”, le dijo con voz calmada y despreocupada, antes de encender un puro. 

“Que no se te olvide nunca que tú eres apenas un cerdo en todo esto, Cayo. Un cerdo.”, le reiteró enfático antes de colgar el teléfono celular, mismo que destruyó con las manos y que dejó caer entre las hojas de una enredadera. 

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En España, un mexicano en prisión, discute con su abogado. No están de acuerdo con la estrategia a seguir para defenderlo. El abogado planea una defensa larga para declararlo inocente y reclamar la devolución de todos sus bienes en unos años. El cliente, desesperado por no tener recursos financieros y por presión que le han ejercido metiendo a la cárcel a su madre y declarando prófuga a su hermana y esposa, había intentado amenazar a su antiguo jefe, a quien quería decirle “si no me ayudas a salir de esta, te hundo conmigo”, pero aquél, ni siquiera le tomó las llamadas. En consecuencia, le comunica al jurista que ha decidido negociar con sus perseguidores: “Diré lo que quieran, conspiración incluida, sea verdad o mentira, con la condición de que nos devuelvan parte del dinero y dejen en paz a mi familia. Ayúdame a que haya errores en el debido proceso para después quedar en libertad”. El letrado insiste que ese no es el camino. Además, para acabarla de fregar, uno de los fraudes por el cual acusan a su cliente, involucra a una fertilizadora que alguna vez defraudó al empresario que ahora es particular del presidente. Sabe que terminará mal y embarrado. Mucha suerte, le dice después de renunciar.

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Han hecho un pacto de honor. Entregarán el poder sin miramientos y apoyarán en lo que necesite el nuevo gobierno. Para mostrar voluntad, descarrilarán la campaña de su propio partido político y están entregando una lista de veinte personas relativamente cercanas y que pudieran ser encarceladas si la situación política así lo requiriese. 

“Al primero, lo puedes atrapar por líos con el sindicato; al segundo, por corrupción en obras de comunicaciones y transportes; al tercero, por quebrar a la industria petrolera. Así llegamos al cuarto, por hacerles esquemas de lavado de dinero” y así, consecutivamente. La contraparte preguntó por la última de la lista, escrita a mano y sin numeral. Le respondieron que aquella mujer era un regalo a causa de los problemas del pasado.  Todos acordaron y estrecharon sus manos. Los testigos de honor, un estadounidense y su yerno, primero abordaron un helicóptero y posteriormente, un avión de regreso a casa. En los audífonos de uno de ellos, sonó The Gambler, una canción de Kenny Rogers que tenía mucho tiempo no escuchaba.

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