Alejandro Alemán

En alguna entrevista reciente, la directora Sofia Coppola declaró que su nueva cinta, The Beguiled (El Seductor) no debería verse como un remake a la versión homónima de 1971 (dirigida por el mítico Don Siegel y protagonizada por Clint Eastwood), sino como una adaptación a la novela original escrita por Thomas Cullinan.

La declaración es de una ingenuidad casi insultante, toda vez que es imposible meterse a hacer un remake a una cinta de Eastwood (¡y Siegel!) sin que surjan las odiosas comparaciones.

Ambas historias son prácticamente idénticas. Durante la Guerra de Secesión, un soldado desertor (Clint Eastwood en la versión original, Colin Farrell en la nueva) encuentra refugio en una escuela para adolescentes en Virginia. La matriarca del lugar (Geraldine Page/Nicole Kidman) decide curar al soldado para entregarlo al ejército cuando se recupere.

La presencia del varonil soldado provoca un perverso juego de seducción y manipulación sexual que poco a poco sube de tono: todas las mujeres quieren atender al hombre herido y él da esperanzas a todas. No obstante ¿quién es el depredador?, ¿quién es la presa?

Mientras que en la versión de Siegel el deseo se proyecta como una pulsión puramente carnal e incontrolable (“¡hasta las gallinas pusieron gracias a usted, cabo McBurney!), Coppola (como es usual) prefiere la sutileza y la delicadeza de trazo. Omite la voz en off explicativa de Siegel, evade el tema racial y no justifica el deseo sexual de sus mujeres con sórdidas historias en su pasado. Evade también una curiosa escena: Clint, moribundo, le planta un beso pasional a la niña que lo rescata en el bosque, cual si se tratara de una mujer.

Algunas de estas decisiones podrían calificarse como vicios de corrección política (¿qué dirían “las redes” si Farrell besara a una niña?), pero en el caso de Sofia no parece ser el caso; si evita controversias es en pos de plasmar su visión que no es sino una variación de su propia filmografía: mujeres encerradas y su encontronazo con el mundo exterior (las vírgenes suicidas, Scarlett en Tokio, María Antonieta en Versalles). El deseo de estas mujeres, que jamás han estado con un hombre, no necesita justificación ni condescendencia. De carácter fuerte, la troupe de Coppola no pide permiso ni perdón, se erige con delicadeza y brutalidad sobre el hombre que pretende engañarlas.

En español, el verbo “beguile” tiene dos traducciones: seducir y/o engañar. En la versión de Siegel las mujeres se dejan seducir, en la de Coppola es el hombre es el que sale engañado por estas vírgenes fratricidas.

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