Alejandro Alemán

En una contradicción que termina siendo el epitafio de esta cinta. Bohemian Rhapsody es una biopic tremendamente convencional sobre una banda que nunca fue convencional. La película es tan genérica que, de no ser por que se escuchan las canciones de Queen, podrían estar hablando sobre cualquier otra banda y nadie lo notaría.

Para los guionistas Anthony McCarten y Peter Morgan, la historia de Queen carece de lucha, exploración o matices. Los cuatro parecen predestinados a la grandeza y todo lo que hacen les sale bien y a la primera. En menos de un minuto la banda encuentra su estilo, graban un álbum, consiguen contrato y se vuelven famosos.

El énfasis, por supuesto, está en Mercury, interpretado con lujo de prostético bucal por Rami Malek. Si bien es reconocible el ímpetu que entrega en su personaje, nunca logra mimetizarse del todo: el tono de voz, los dientes falsos y el vestuario lo hacen ver no como Freddie sino como alguien disfrazado de Freddie.

Con la tersura propia de una película Hallmark, el tema de la sexualidad y los excesos de Mercury se dibuja con trazos rosas. Jamás se ve droga alguna a cuadro, jamás se le ve borracho o pasoneado; jamás se le ve teniendo sexo con un hombre. Todo se sugiere, se insinúa, se esconde tras la puerta de un baño de gasolinera que dice “Men”. Demasiado pudor para una cinta que predica la tolerancia y apertura sexual.

El único momento de auténtica grandeza es cuando Malek y compañía cierran la boca e imitan al grupo en alguno de sus épicos conciertos. Es entonces cuando todo lo que el director y guionistas no pueden decir con palabras se dice con música, es cuando finalmente Queen toma el mando de su propia película y no necesitamos nada más.

Todo sería un desastre de no ser por los últimos 20 minutos, donde la película deja de ser tal para convertirse en un majestuoso concierto (filmado en formato IMAX). Es ahí donde se entiende la grandeza de Queen, la trascendencia de su legado y el poder de un Freddy Mercury capaz de tener a un estadio completo en la palma de su mano.

Como película, Bohemian Rhapsody es sumamente deficiente, pero como concierto, éste debe ser uno de los mejores del año. God save the Queen.

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