Alejandro Alemán

@elsalonrojo

Hay al menos una gran mentira en el título de esta película. No hay guerra en War for the Planet of the Apes. No veremos el genio militar del líder de los simios, César (extraordinario Andy Serkis) ni las batallas que llevarían a estos animales a convertirse en los humanos de los humanos: la especie dominante que subyugaba a Charlton Heston en la cinta original de 1968.

Lo más cercano a una guerra es el inicio. Un grupo de soldados (en cuyos cascos se leen cosas como The only good ape is dead ape) están por atacar una base enemiga. César los repele, pero insiste en su idea de no provocar un conflicto más grande (“Yo no inicié esta guerra”) al mostrar clemencia con los humanos capturados y así demostrar que él y los suyos no son unas bestias.

Lo que César desconoce es la capacidad humana para el exterminio. Un coronel sin nombre logra diezmar las fuerzas de César con un golpe certero. Las creencias del enigmático simio se van por la borda: esto ya es personal, no habrá más misericordia.

La guerra en este filme es, en todo caso (y aunque suene a chiste), una guerra interna. César recuerda en forma de pesadillas las proféticas palabras de Koba, quien jamás confió en los humanos. Su odio fue el causante de la guerra y ese mismo odio ha contaminado a César derrumbando todos sus esquemas: el simio sí mata simios, el simio puede ser tan cruel y estúpido como los humanos.

La cinta sube rápidamente el nivel de conflicto, pero la paga llega mal y tarde. Y es que Matt Reeves y sus guionistas parecieran más preocupados por inundar la pantalla con referencias cinéfilas (algunas incluso las explica: Ape-pocalypse now) antes que hacer lo que la historia requiere. Y para ejemplo es el papel de Woody Harrelson cuyo personaje no es más que forzado homenaje a Marlon Brando en ya saben qué película de guerra.

A ello, agreguen toda una serie de casualidades que hacen que la historia avance artificialmente: desde unos afortunados túneles con letreros que convenientemente indican la salida, hasta una avalancha de nieve bastante oportuna. La cinta encuentra sus mejores momentos cuando se convierte en un western, con escenas al estilo de John Ford con cuatro jinetes cabalgando hacia el infierno. El pilar intacto de esta saga sigue siendo Andy Serkis. De las tres, ésta es la película en la que más juego tiene su brillante actuación, pero también la más carente de escenas memorables. Un cierre oscuro y caótico a una saga que nos dio la primera gran actuación de la era posfotográfica del cine. Serkis merece todos los premios, nuestra memoria ya se la ha ganado.

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