Alejandro Alemán

Para nadie es sorpresa que Darren Aronofsky es un director que no sabe sino hacer trazos de brocha gorda. Lo suyo es la trama densa, la cámara en eterno close-up, la edición frenética, las actuaciones intensas y las alegorías religiosas. Sus personajes viven el viacrucis de sus decisiones, sufriendo el castigo impuesto por el dios máximo de este universo, que no es otro que Aronofsky mismo.

¿Te dejas enviciar por las drogas? Perderás un brazo (Requiem for a Dream). ¿Desafías a dios? Te volverás loco (Pi) o morirás sin compasión (The Wrestler). En el universo de su cine, Aronofsky siempre se erige como un dios sin misericordia.

La mala noticia es que en ¡Madre!, los castigados somos todos nosotros. Completamente sometido por sus propios vicios de autor, Aronofsky entrega en ¡Madre! su peor cinta. Una larga y regañona misa de dos horas donde no hay de donde asirse: ni en la historia (que no es sino la Biblia, según Aronofsky), ni es las actuaciones (Lawrence navega completamente en automático), ni en la esperanza de que aquello al menos fuera breve (dos largas horas). Cual padrecito de pueblo, Aronofsky nos receta un aburrido sermón que pretendidamente habla sobre la naturaleza, el cambio climático y el maltrato a nuestra madre tierra producto de la eterna e irresponsable fiesta mundana.

Aquello no es sino una trampa. La cinta en realidad es un ejercicio narcisista y ególatra donde el cineasta, ya sin pudor, describe el doloroso proceso (¿su proceso?) creativo. La musa (Lawrence) procura las condiciones perfectas para que el escritor (o cineasta) pueda seguir creando, montando en cólera cuando se distrae por la fama (esos inesperados invitados) que sólo lo desvían de su objetivo. Cuando finalmente la obra (el bebé) está lista , el público y los publicistas la devoran, la desvirtúan, la convierten en un objeto de consumo, desatando la furia de la musa que ve morir a su hijo.

Un ejercicio de expiación para el director, pero inútil para un público que busca una historia y sólo encuentra alegorías desbocadas en una trama siempre al borde del ridículo.

Desde la última de Transformers no veíamos un ejercicio tan cruel con su público, y es que tanto Bay como Aronofsky padecen de lo mismo: el ego desmedido de un cineasta convencido en que no hay cine sin exceso, densidad y sinsentido. Que Dios nos agarre confesados.

@elsalonrojo

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