Los tumores de Peña Nieto

Raymundo Riva Palacio | Sábado 23 de julio, 2016

AYUDA DE MEMORIA | La columna de Raymundo Riva Palacio

›Cuando estalló el escándalo de la “Casa Blanca”, la Presidencia de dulce construida con oropel y propaganda por Ana María Olabuenaga, como una historia de amor de una monarquía asentada en una República, se desmoronó.

 

1er. TIEMPO: Los amargos días de noviembre.- Quienes lo vivieron, recuerdan aún con amargura sobre la piel. “Aquel viaje a China fue una cagada”, admite uno de los más altos funcionarios del gabinete del presidente Enrique Peña Nieto. En noviembre de 2014, el Presidente realizó una visita a China, días después de que se había cancelado la obra del tren rápido México-Querétaro donde participaba el consorcio de ferrocarriles chino. La decisión no había sido técnica, sino política. El escándalo de que estaba involucrada una empresa de Juan Armado Hinojosa, un íntimo amigo suyo, Constructora Teya, en tiempos donde quería que su Presidencia fuera impoluta e inmaculada, donde lo único que interesaba era si iba bien en las encuestas, llevaron a una decisión que en Beijing le restregaron en la cara. Fue en la reunión a puerta cerrada con el primer ministro chino, Li Keqiang, quien, de acuerdo con la información pública, le pidió “tratar justamente” a las empresas chinas afectadas por su decisión unilateral y que las indemnizara. En privado, los mexicanos salieron con las cajas destempladas. Keqiang amenazó al estilo chino –sutil y suavemente– al Presidente mexicano de llevarlo a los tribunales internacionales con denuncias comerciales y obligarlo a pagar sus obligaciones. El lenguaje utilizado y el del cuerpo de Peña Nieto hizo que sus acompañantes compartieran la incomodidad que debió haber sentido por el regaño. La delegación mexicana había sido puesta en un témpano de hielo y Peña Nieto no pudo hacer nada salvo oír y achicarse. No podía haber sido peor esa visita a China, hasta que despertó al día siguiente con algo que lo marcaría: la revelación en el programa de radio de Carmen Aristegui, que Angélica Rivera, la primera dama, había comprado y acondicionado, junto con él, una majestuosa residencia en las Lomas de Chapultepec, la llamada “Casa Blanca”, que tenía entre sus atracciones, alberca, cine, y sala de descanso para los choferes con aire acondicionado. La Presidencia de Peña Nieto, aquél 9 de noviembre de 2014, empezaba su declive en caída libre. Ya no es tan pronunciada, pero tampoco se ha recuperado. Es el Presidente peor calificado, para este momento del sexenio, desde que se mide su aprobación.

 

2º. TIEMPO: Los daños colaterales. Cuando estalló el escándalo de la “Casa Blanca”, la Presidencia de dulce construida con oropel y propaganda por Ana María Olabuenaga, como una historia de amor de una monarquía asentada en una República, se desmoronó. Las recriminaciones y los reclamos en la familia Peña Nieto-Rivera se conocieron públicamente, aunque realmente sobraban. Cuando llegaron de Shanghai el presidente Enrique Peña Nieto y su esposa Angélica Rivera a Brisbane, donde se reuniría el G-20, las imágenes de la pareja desataron el imaginario colectivo. Tan pronto como llegaron a esa ciudad australiana, la primera dama, vestida con sus jeans de marca rotos decidió que un antro era a donde tenía que ir. La señora Rivera se fue al famoso Jade Buddha, que tiene una vista espectacular de 360 grados de la ciudad, donde su propietario Phil Hogan, cambió el ir a ver al presidente Barack Obama a la Universidad de Queensland, donde tenía uno de los pocos pases, para ser anfitrión de la distinguida mexicana. “Es hermosa, la delegada más atractiva”, confió Hogan a la prensa australiana. “¿Quién necesita a Obama cuando la delegada más guapa ya nos bendijo con su presencia?”. Ahí estuvo dos horas, sin que el Estado Mayor Presidencial que la acompañaba pudiera impedir las fotografías para la memoria. Su cara sonriente, no podía ocultar un dejo de malestar. La “Casa Blanca” se volvió un problema porque cuando se hizo la operación inmobiliaria, el entonces gobernador insistió, contra el consejo de su amigo, el constructor Juan Armando Hinojosa, que no se hiciera a través de un fideicomiso, sino que se creara una nueva empresa que sería la que financiaría la compra. Peña Nieto no aceptó la recomendación, y lo pagó. El escándalo le causó la pérdida instantánea de 10 puntos en su aprobación y llevó el humor social, según las mediciones, al peor nivel en el sexenio. Nunca se recuperó. Ni siquiera en la segunda captura de Joaquín El Chapo Guzmán, que mantuvo su caída en popularidad. Desde entonces, la señora Rivera apareció menos tiempo junto a él y más en Rodeo Drive, la zona de comercios de lujo en Los Ángeles, en Miami, cenando en Cipriani, su restaurante preferido, o en Vail, esquiando con sus amigas. Hinojosa se convirtió en una papa caliente para la obra pública y la falta de contratos lo obligó a reducir al 50% su nómina y recibir sugerencias de sus amigos que mejor vendiera porque los tiempos peñistas lo habían contaminado.

 

3er. TIEMPO: Del no pasa nada a sí pasó. El escándalo de la “Casa Blanca” buscó ser reducido a un control de daños de la primera dama, Angélica Rivera. La estrategia de comunicación política fue que ella asumiera el impacto, el eventual daño y que al presidente Enrique Peña Nieto lo blindaran. Vaya solución. El tsunami lo arrolló. Nombró a un secretario de la Función Pública, amigo de todos en el poder, Virgilio Andrade, quien aplicó la técnica jurídica para exonerarlo. No hay delito alguno que perseguir. Ni la “Casa Blanca” ni la casa de Malinalco, del secretario de Hacienda, Luis Videgaray, comprada también a través de la inmobiliaria de Juan Armando Hinojosa, estaban fuera de la ley. Tampoco hubo conflicto de interés, aseguró. Para apoyar su dicho, tiró la numeralia: se revisaron 33 contratos gubernamentales de empresas Hinojosa y se declaró a 111 funcionarios involucrados en las asignaciones de obra pública, por mil 386 millones de pesos, que representaron, minimizó, el 0.017% del monto total de contratos otorgados por el gobierno. Pero del no pasa nada, todo pasó al sí sucedieron cosas. El Presidente promulgó la ley que creó el Sistema Nacional Anticorrupción cuya primera víctima fue el propio Andrade, quien renunció al cargo, y en su discurso pidió perdón a los mexicanos por el episodio de la “Casa Blanca” que indignó a los mexicanos y lastimó a la investidura presidencial. También a su esposa y a su amigo. Pero para la señora Rivera e Hinojosa, no hubo ofrecimiento de perdón. El golpe en casa se queda en casa, hasta que como sucedió con el golpe público, se convierta en un tumor que hay que extirpar.

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La amenaza de Trump

Raymundo Riva Palacio | Viernes 22 de julio, 2016

ESTRICTAMENTE PERSONAL | La columna de Raymundo Riva Palacio

Si uno revisa el estudio de predicción electoral que publica mensualmente el periódico The New York Times, si hoy fueran las elecciones presidenciales en Estados Unidos, la demócrata Hillary Clinton ganaría abrumadoramente dos a uno. Pero las elecciones no serán sino hasta noviembre, y todo puede suceder en ese país que ha sufrido un corrimiento ideológico hacia la extrema derecha. El fenómeno ante ese realineamiento es que gane o pierda Clinton o Trump en noviembre, la relación con México cambiará significativamente, y se modificará con seguridad el status del Tratado de Libre Comercio Norteamericano.

 

Este deberá ser el tema central del encuentro este viernes de los presidentes Enrique Peña Nieto y Barack Obama en Washington, a decir por las señales en la víspera, al ser recibido formalmente con una cena de bienvenida junto a su comitiva anoche, por la Secretaria de Comercio, Penny Pritzker, como preámbulo de una reunión fundamentalmente económica, y cuyo contexto lo da el discurso anti TLCN de Trump y del ex aspirante a la candidatura demócrata, Bernie Sanders, que obligaron a que Clinton se acercara a esas posiciones frente al deseo que están demostrando el electorado y el Congreso para que se revise a fondo ese acuerdo.

 

El TLCN entró en vigor en 1994. Catorce años antes, en la Plataforma del Partido Republicano para la Convención Nacional en Detroit donde ungieron candidato a Ronald Reagan, está plasmada como uno de los mandatos que tendría que seguir su Presidente. Reagan estuvo en la Casa Blanca, pero nunca negoció un acuerdo de esa naturaleza con México, en donde en esos años se rechazaba tajantemente la integración. En su campaña, Carlos Salinas rechazó las sugerencias de forjar un acuerdo de esa naturaleza, pero cuando acudió al Foro de Davos en enero de 1989 y vio como todas las inversiones se estaban orientando a una Europa Oriental que se abría al mercado occidental, cambió la estrategia y negoció el TLCN con un presidente republicano, George H.W. Bush.

 

Para México, según un reporte del Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos de abril de 2015, el Tratado significó para México asegurar la transformación de la economía que comenzó a abrirse en 1985 y neutralizar a los grupos de interés proteccionistas, particularmente en el sector agrícola. Para Estados Unidos, representó una oportunidad para expandir su creciente mercado de exportaciones hacia el sur, así como también fue un acuerdo implícito para que México iniciara su transición democrática. Hay suficiente documentación que muestra que el TLCN no provocó la apertura de la economía mexicana, aunque sí la aceleró. México, de la mano de Salinas, injertó su aparato productivo a la economía de Estados Unidos y forjó una alianza política con Washington.

 

No fue unilateral. Pese a las asimetrías de sus economías, la dependencia de Estados Unidos del TLC tuvo ventajas estratégicas. Según el Instituto de Economía Internacional, facilitó el rescate financiero cuando la crisis de 1995, adicionalmente a que el intercambio comercial impidió que se profundizara la recesión, y obligó a México a una estricta política fiscal, que evitó que cada cambio de sexenio hubiera una catástrofe económica. Esas buenas experiencias han hecho que en el gobierno mexicano exista alarma por la cruzada de Trump contra el acuerdo, y por la forma como se están realineando detrás de él las fuerzas políticas, sociales y económicas en Estados Unidos. Parece cundir la histeria, cuando debería haber otro tipo de reflexión.

 

Las críticas al TLCN no son nuevas. Antes de embarcarse en la negociación final con el Capitolio para que lo aprobaran en 1993, el presidente Bill Clinton logró que se revisaran los capítulos agrícola, laboral y del medio ambiente, para que los demócratas votaran por él. Los demócratas, que tienen entre sus principales clientelas electorales a los sindicatos, siempre se habían opuesto a los acuerdos con el exterior, manejando un proteccionismo casi ideológico. Los republicanos, que siempre habían sido lo contrario, comenzaron su cambio desde la campaña presidencial de 2004 –ganada por George W Bush-, que retomaron la vieja oposición de los ex candidatos presidenciales conservadores, Pat Buchanan (2000) y Ross Perot (1992 y 1996), quienes utilizaron como mantra su oposición al TLC. Incluso, el candidato demócrata a la Casa Blanca en 2004, John Kerry, propuso que se renegociara el TLCN para proteger aún más al sector agrícola –altamente subsidiado-, y obligar a México a mejorar sus controles ambientales. Kerry es actualmente el Secretario de Estado de Obama.

 

Es decir, lo que está señalando Trump en la actualidad, proponer cambios radicales al TLCN, no es nuevo ni es algo que deba significar sorpresa. En Estados Unidos, el TLCN no produjo mejores niveles de vida en las clases medias, pero sí un salto cuantitativo que dobló casi el ingreso en los hogares de los grupos de mayor ingreso. Lo que sucedió en México no es diferente. La desigualdad se profundizó en las dos naciones y las clases medias y obreras están reaccionando. Trump significa para el elector estadounidense la esperanza de que esto cambie, un deseo tan fuerte que Clinton tuvo que acercarse a esas posiciones. En México, desde 1994, ningún gobierno ha frenado la creciente brecha entre ricos y pobres. Peña Nieto y el PRI, quizás no deberían de estar únicamente atentos a lo que pasa en Estados Unidos sino en México, donde el mismo fenómeno, por las mismas razones, podría arrasarlos en 2018 ante un electorado que busque lo mismo que en el norte: mejorar su calidad de vida.
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La colina de Peña Nieto

Raymundo Riva Palacio | Jueves 21 de julio, 2016

ESTRICTAMENTE PERSONAL | La columna de Raymundo Riva Palacio

Las redes sociales se inundaron este miércoles de felicitaciones para el Presidente Enrique Peña Nieto por sus 50 años de vida. En la víspera le regalaron un pastel y en su día exacto fue felicitado por tantos como se cruzaron con él. Que lo disfrute porque le quedan dos cumpleaños más a lo máximo, donde esta apoteosis dejará de ser sincera. Los políticos no saben cuántos amigos artificiales tienen hasta que dejan de ser poderosos. Los presidentes viven situaciones más crueles, porque el final de su existencia pública, los excesos y los privilegios, caducan cada seis años sin posibilidades de reinvención. Por eso, en el otoño de los presidentes, como con la edad, hay que saber envejecer.

 
Peña Nieto debe asumir seriamente esta realidad, porque a diferencia de sus antecesores a estas alturas del sexenio, la desaprobación a su gestión sigue creciendo. A las resistencias a sus reformas, los yerros en el mensaje para venderlas y su encapsulamiento en Los Pinos, se le conectan dos variables tóxicas: la corrupción y la percepción de que como no se había visto en décadas, es rampante y descarada. La corrupción es el elefante en la sala que el Presidente no ha querido ver, que magnificó el conflicto de interés en el que cayó en la llamada “casa blanca”, que apenas reconoció como un error. Peña Nieto, se escribió aquí ayer, cumplió tarde una cita con la historia y la sociedad, pero finalmente llegó. No bastará. 
 
A lo largo de este Gobierno la prensa ha documentado casos de corrupción que siguen sin castigo. En agosto de 2013 esta columna reflejó la molestia de los empresarios por la corrupción que estaban encontrando en diversas áreas del Gobierno Federal, particularmente en Pemex y el sector de Comunicaciones, por cobros de comisiones más allá de las tolerables de antaño, donde les exigían de 25 a 40% por contrato. Hace casi tres años, con un Presidente bastante fresco en Los Pinos, las denuncias de corrupción no era algo que admitieran, ni siquiera con reservas o matices, dentro del gobierno. 
 
Quien esto escribe le preguntó directamente a dos de los más importantes Secretarios de Estado sobre la corrupción. Uno de ellos, tajante, afirmó: “No hay”. El otro, igualmente firme, admitió: “No he oído nada”. Entre la negación y el aislamiento, la corrupción continuó. Los escándalos de varios gobernadores a los que se señala de corruptos dominaron las elecciones del 5 de junio, como las del año pasado en Guerrero, Nuevo León y Sonora. La corrupción en el sistema penitenciario federal es una de las hipótesis para explicar la segunda fuga de Joaquín El Chapo Guzmán, pero no necesariamente porque haya comprado a funcionarios o jueces, sino por el misterio de cuánto dinero destinado al fortalecimiento de los sistemas tecnológicos y procedimientos, encontró el camino hacia los bolsillos de unos cuantos que debilitaron las cárceles de máxima seguridad. Actos ilegales hubo con empresarios, religiosos y periodistas. 
 
La corrupción no es patrimonio de los gobiernos, y ha sido acompañante permanente en discursos y atacada furiosamente, pero con retórica, no con la ley. La “casa blanca” le costó mucho a Peña Nieto porque en una sociedad donde lo ilegal es igual que lo ilegítimo, no haber atajado frontalmente el conflicto de interés en el que incurrió, llevó a que el jurado popular convirtiera un error de juicio en una sentencia condenatoria. No es justo para el Presidente, pero es la realidad política. No cambió a tiempo la percepción y ahora paga el costo de su omisión. La imagen perdurará, pero si no atiende frontalmente la corrupción en lo que queda del sexenio, dentro y fuera de su gobierno, peores cosas vendrán cuando entregue el poder.
 
Peña Nieto no puede echar en saco roto la experiencia del Presidente José López Portillo, quien durante su administración aceptó el regalo de su amigo y colaborador, el mexiquense Carlos Hank González, de una propiedad en el poniente de la ciudad de México, de 65 mil metros cuadrados, donde construyó una casa que los vecinos llamaron “la colina del perro”, cuyo nombre surgió de su ubicación, con el peyorativo a López Portillo, quien en un discurso poco antes de la terrible devaluación de 1982, aseguró que “defendería el peso como un perro”. López Portillo construyó una bonita casa, con una maravillosa biblioteca de 25 mil libros, que está lejos de compararse, en majestuosidad, con lo que es la “casa blanca”.
 
López Portillo, como Peña Nieto, lastimó a todos. Peña Nieto con sus reformas y con su mal manejo político y de seguridad, golpeó a las élites empresariales, a las clases medias y a la población en general; López Portillo, con la nacionalización de la banca, le pegó a las élites empresariales, y con la debacle económica, al resto del país. López Portillo, metido en problemas maritales al final de su vida, murió de forma precaria pero con una pésima fama que nunca se le borró. Quienes tenían recursos y acceso a medios, le construyeron la imagen de un político frívolo empapado en corruptelas. Peña Nieto comparte los mismos enemigos que López Portillo, pero como se dijo líneas atrás, en condiciones mucho menos favorables que su antecesor. Pero para eso es la historia, para analizar lo que se hizo y las consecuencias por dejar de hacer lo correcto. Peña Nieto tiene aún tiempo para corregir. Sólo requiere la decisión de hacerlo.
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Peña Nieto busca su salvación

Raymundo Riva Palacio | Miércoles 20 de julio, 2016

ESTRICTAMENTE PERSONA | La columna de Raymundo Riva Palacio

El Presidente Enrique Peña Nieto cumplió tarde una cita con la historia y la sociedad, pero finalmente llegó. En la promulgación del Sistema Nacional Anticorrupción admitió lo que durante casi dos años negó: que haber comprado su esposa una casa a través de un constructor amigo de él, era un conflicto de interés. “Reconozco que cometí un error”, dijo. “No obstante que me conduje conforme a la ley este error afectó a mi familia, lastimó la investidura presidencial y dañó la confianza en el gobierno. En carne propia sentí la irritación de los mexicanos; la entiendo perfectamente. Por eso, con toda humildad les pido perdón, y les reitero mi sincera y profunda disculpa por el agravio y la indignación que les causé”.

 

El episodio se le conoce genéricamente como la “casa blanca”, por el color de la ampliación que realizó su esposa Angélica Rivera a su casa original en las Lomas de Chapultepec, el elegante barrio de la Ciudad de México. La “casa blanca” fue un tema de interés público derivado de una investigación periodística del reportero Rafael Cabrera, difundida en el viejo programa de radio de Carmen Aristegui, que tuvo como antecedentes la indolencia del Presidente, la soberbia de su equipo, y el pésimo manejo de crisis en Los Pinos, que sólo ayudó a que se hundiera más la deteriorada imagen de Peña Nieto, que venía en picada desde noviembre de 2013 como consecuencia de la reforma fiscal.

 

La “casa blanca” pudo haber sido un problema de menor alcance de habérsele dado un trato serio, frío y responsable en la toma de decisiones. La propiedad, que iba a ser un anexo a la que tenía la señora Rivera, fue adquirida mediante la operación inmobiliaria del Grupo Higa, propiedad de su amigo, el constructor Juan Armando Hinojosa, quien cuando Peña Nieto se lo planteó, él mismo dijo que era un error hacerlo de esa manera. El entonces Gobernador del Estado de México no le hizo caso, y con la frivolidad en la que a veces incurre, rechazó cualquier observación que llamara a la prudencia. El segundo problema, tiempo después, vino por la soberbia en Los Pinos

 

Tras abrir la señora Rivera en mayo de 2013 a la revista española del corazón ¡Hola! su nueva propiedad, Cabrera comenzó a indagar sobre la casa. Dos meses antes de que se difundiera, habló a la oficina de prensa de Los Pinos para pedir su opinión, pero nunca le hicieron caso. Luego de darse a conocer su existencia, la decisión en Los Pinos fue de avestruz. El Presidente escondió la cabeza, por sugerencia de sus colaboradores, y por medio de una recomendación del vicepresidente de Televisa, Bernardo Gómez, al entonces jefe de la Oficina de la Presidencia, Aurelio Nuño, decidió que la única persona que daría la cara sería la señora.

 

Se le instruyó que explicara en un video colocado en YouTube cómo se había hecho de ella, y cómo la había pagado. Sola, con una escenografía austera y oscura, la dejaron hundirse y le provocaron heridas que aún no se le curan. Peor aún, la estrategia era equivocada. ¿A quién se le ocurrió que una actriz podría defenderse mediante un video? No consideraron que ese modelo de manejo de crisis nunca se puede aplicar con quien ha hecho su vida de la interpretación y el melodrama. El resultado, por si alguien no recuerda, fue desastroso. Casi ocho de cada 10 mexicanos no le creyeron, muchos se sintieron regañados por ella, y la aprobación del Presidente se hundió. Tuvo una pérdida de alrededor de 10 puntos porcentuales; es decir, cinco millones de mexicanos aproximadamente, se añadieron a quienes desaprobaban su gestión.

 

Peña Nieto perdió un valioso activo como era ella y tuvo que salir a dar la cara más adelante, con la insistencia de que no había violado ninguna ley. En ningún momento aceptó lo que la prensa subrayaba, que el conflicto de interés era claro y que como en muchos de estos casos, no era un asunto de ilegalidad sino de ilegitimidad. Entender la diferencia entre legal y legítimo, entre realidad y percepción, y aceptar que lo que se nutre de imágenes y símbolos en el imaginario colectivo puede convertirse en realidad y afectar acciones y decisiones, le llevó largo tiempo entenderlo. El lunes dijo que, en efecto, la “casa blanca” había afectado a la investidura presidencial, y su gestión de gobierno.

 

El Presidente pudo haber hecho muchas cosas en todo este tiempo, pero no lo hizo. El tiempo se le fue en vano y no supo corregir antes de que entrara en la espiral del descrédito. Su honestidad e integridad fue cuestionada y permitió que el tiempo, su inacción y su pasividad, profundizara las heridas en la sociedad, que reaccionó con irritación irreversible. Pedir perdón es un buen inicio, pero en las condiciones de su deterioro como Presidente, insuficiente. El perdón le recupera parte de la legitimidad perdida, pero tiene que actuar en contra de la corrupción, la de sus amigos, colaboradores, gobernadores o aquellos a los que protegió en estos años. Este es el siguiente paso en la escalera para recuperar su Presidencia, reinventarse como político y buscar que, cuando termine su gestión, no sea despreciado por los mexicanos y perseguido por los fiscales. Es decir, le faltan todavía varios pasos más para reivindicarse y redimirse.

 

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Caen las máscaras en el INEGI

Raymundo Riva Palacio | Martes 19 de julio, 2016

ESTRICTAMENTE PERSONAL | La columna de Raymundo Riva Palacio

Lejos de los reflectores públicos, el reloj caminaba aceleradamente para la sucesión en la Presidencia del INEGI al terminar 2015. En noviembre pasado se mencionaron en este espacio las maniobras que se venían dando para que el Gobierno recuperara el control del INEGI, la gran fábrica de información sobre la cual se diseñan políticas públicas en México que por su autonomía, se había ganado el respeto como contrapeso a las estadísticas y mediciones del Gobierno.

 

Su independencia de criterio y libertad de expresión no era algo con lo que la administración del Presidente Enrique Peña Nieto estuviera cómoda. Todo lo contrario. El INEGI era un órgano fundamental, y por eso la imposición de Julio Alfonso Santaella, parte del equipo del Secretario de Hacienda, Luis Videgaray, que está tomando el poder del Gobierno, para que hiciera el trabajo de maquillaje que requiere la administración.

 

Dos mediciones causaban un roce permanente con el INEGI, las mediciones del Producto Interno Bruto, y las de la pobreza. En octubre, el Director del Servicio de Administración Tributaria (SAT), Aristóteles Núñez, esbozó lo que venía en camino. Núñez cuestionó al INEGI al asegurar que era “necesario evaluar si la forma en que actualmente se (medía) el Producto Interno Bruto de México (era) correcta, porque el crecimiento económico del país no parece empatar con algunos indicadores de recaudación, consumo y empleo”. Reiteradamente, por su parte, el Secretario de Desarrollo Social, José Antonio Meade, ha cuestionado la metodología de todos los órganos que miden la pobreza en México porque sólo se enfocan en el ingreso y no “diversas carencias sociales”.

 

Todavía no hay cambio en la medición del PIB, pero la modificación de la metodología para medir la pobreza, realizada unilateralmente por el INEGI, está causando un escándalo. No es para menos. Según el reporte trimestral sobre ingreso en los hogares, los más pobres tuvieron un incremento real de 33.6% en un solo año. La nueva metodología recortó en tercio lo que en 40 años no se había podido lograr. Nada mal para el manejo de número. Según el INEGI, el ingreso real de los hogares a nivel nacional se elevó 11.9%, aunque en algunas entidades ese aumento fue de 30% entre 2014 y 2015.

 

El Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social, conocido por sus siglas CONEVAL, que mide la pobreza en México, protestó airadamente. El cambio de metodología se hizo a espaldas de ellos, pese a existir un convenio con el INEGI. “Dichos cambios carecen de documentos públicos de carácter técnico que los justifiquen, y no fueron debatidos técnicamente con CONEVAL, ni anunciados de manera oportuna, por lo que el proceso de captación del ingreso que elaboró el INEGI no fue transparente”, indicó el órgano este domingo en un comunicado. Su secretario ejecutivo, Gonzalo Hernández Licona, añadió: “Estamos muy molestos de que el INEGI no nos hubiera dicho que harían esos cambios. Sin transparencia. Sin planeación. No habrá forma de conocer la evolución de la situación de los hogares en México respecto de años previos”.

 

El trabajo sucio comenzó. En el texto publicado en este espacio en noviembre pasado, se citaba un artículo de Jonathan Heath, un respetado economista, maestro y conferencista, quien escribió en octubre sobre lo dicho por Núñez: “Llaman la atención las declaraciones del titular del SAT, de que el INEGI calcula mal el PIB del país. Según la posición (del SAT), el crecimiento económico no empata con los indicadores de recaudación, consumo y empleo. Lo que dice la dependencia de la SHCP es que dado que las cifras que produce el INEGI no reflejan lo que el gobierno quiere, habría que cambiar la metodología de las cuentas nacionales… Básicamente, lo que sugiere ahora (Hacienda) es que hagamos en México lo que hicieron en Argentina: manipular las cifras económicas para reflejar los deseos de los funcionarios”.

 

Heath alertó en su momento lo que pretendía hacer Hacienda al imponer a un presidente en el INEGI cortado a su medida. “Esta posición es exageradamente peligrosa… ¿A qué se debe esta falta de respeto a la autonomía del INEGI?”. Ese mismo octubre, Gabriel Casillas, economista en jefe de Banorte, apuntó en El Financiero: “Si los analistas podemos ser críticos, ¿por qué no puede serlo un funcionario del Gobierno Federal, si la opinión se trata de un organismo autónomo a quien ya no puede dirigir, ni ‘torcer las tuercas’, como se dice vulgarmente?”.

 

Casillas dijo en aquél momento que esta dinámica se daba porque la libertad de expresión es mucho más amplia que antaño y que el INEGI era autónomo. Es cierto que hoy en día hay mayores márgenes de libertad de expresión, pero también lo es que hay tendencias autoritarias regresivas. La autonomía tampoco es diáfana. En un país de libertades acotadas como México, no puede medirse bajo la definición clásica de autonomía. En este espacio se afirmó en noviembre que la autonomía operaría como reloj hasta que se enojara el Gobierno. Entonces empezarían los problemas. Casillas pensaba en ese momento que no podían “dirigir o manipular” al INEGI desde afuera, por lo que necesitaban a un cómplice metodológico que actuara como le dictaran desde Hacienda, no a un presidente que defendiera la autonomía del INEGI por encima de sus métricas. Las visiones catastrofistas se cumplieron. En su primera prueba, Santaella demostró para que fue nombrado.

 

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2018: López Obrador

Raymundo Riva Palacio | Lunes 18 de julio, 2016

ESTRICTAMENTE PERSONAL | La columna de Raymundo Riva Palacio

Andrés Manuel López Obrador ya vio más allá del horizonte. La silla presidencial está al alcance de sus manos siempre y cuando haga los movimientos correctos. La línea estratégica tiene un principio, finales de junio, cuando en un multitudinario mitin en la Ciudad de México urgió al presidente Enrique Peña Nieto que iniciara un gobierno de transición. El segundo momento fue la semana pasada, cuando en una entrevista de radio se separó de sus aliados electorales, los maestros disidentes, y dijo que no sólo no era posible derogar la Reforma Educativa, sino que de hacerlo, el Presidente estaría claudicando. En los medios se interpretó esto último como una moderación en el tono de López Obrador, y fue analizado en términos generales como algo positivo. Es eso y más.

 

En el arranque de la sucesión presidencial de 2006 respondía a las preguntas de si quería ser candidato, que “lo dieran por muerto”. Como la humedad quería penetrar. En la de 2012 arrancó con una estrategia de concordia observando cómo se caía la candidata del PAN, antes de atacar. Pero para 2018, ya no parece percibirse como candidato, sino como Presidente que tiene que cumplir el trámite de las urnas. Los momentos del 26 de junio y el 15 de julio no son aislados, ni son ocurrencias del momento. Están perfectamente conectados y responden a la lógica de un López Obrador que tiene, objetivamente hablando, la mejor oportunidad de su vida por alcanzar la Presidencia.

 

El 26 de julio planteó que Peña Nieto iniciara un gobierno de transición para entregar el mando en 2018 en un ambiente de tranquilidad y paz social. Con ellos, agregó, se podría abrir una nueva etapa en la vida del país, con un gabinete distinto, bajo la premisa del diálogo y la reconciliación, con respeto absoluto a garantías individuales y derechos ciudadanos. López Obrador estaba viendo la tormenta en la que se encuentra el gobierno y la desaprobación de tendencia negativa que parece imparable de Peña Nieto. Si con el paso de los meses el consenso para que gobierne el Presidente se va erosionando y la conflictividad social en el país se fortalece, ¿cómo podría navegar durante los dos años y medios que faltan para la transmisión del mando?

 

López Obrador está leyendo el comportamiento del electorado. La última encuesta de preferencias electorales hacia el 2018 de Buendía&Laredo, lo tiene en una contienda pareja con la panista Margarita Zavala, Margarita Zavala, relegando al tercer lugar al secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong. Pero al ver la intención de voto por partido, el PAN aventaja con 24%, seguido por el PRI con 20%, y Morena con 17%. Visto objetivamente, no le alcanzaría a López Obrador, pese a sus positivos que él tiene y la buena opinión que hay de Morena.

 

La combinación PAN-Zavala es fuerte, porque ese partido ha ido solo en las últimas elecciones. El PRI ha ido con el Partido Verde, que tiene 5% de intención de voto, y en las últimas elecciones con el PT (1%), y Encuentro Social (1%). Si se mantuvieras esa alianzas, el PRI como partido superaría al PAN. El PRD, que en las dos anteriores elecciones presidenciales jugó con López Obrador, tiene 6% de intención de voto, mientras que Movimiento Ciudadano, que también lo apoyó, 4%. López Obrador requeriría ese 10% para estar en posibilidades reales de competir. Sin alianzas, difícilmente se convertirá en adversario de peligro.

 

Estos cálculos son los que llevaron a López Obrador a cambiar su rechazo a las alianzas. “Si el PRD se deslinda claramente del PAN, el gobierno y lo que representa el Pacto por México, podríamos sentarnos a platicar”, dijo. El PRD no tiene opción. O va con el PAN en 2018, o va con él. Dejó de ser un partido competitivo y se convirtió en una bisagra. Es el caso de Nueva Alianza y de Movimiento Ciudadano, donde dependerá de quienes son los candidatos de 2018 para determinar con quién negocian mejor sus apoyos.

 

López Obrador está pensando en el 1 de diciembre de 2018 desde la silla presidencial. De ahí su cambio de postura sobre la Reforma Educativa. “No se puede derogar”, afirmó. “Sería la claudicación del gobierno”. Su frase va más allá de la educación. Claudicar es el caos. “Tiene que haber autoridad, y tenemos que llegar a 2018 con estabilidad, con paz social, para que la entrega de estafeta se dé en un ambiente de normalidad política”, agregó. “Si se vence por completo a Peña Nieto, no va a haber estabilidad; no va a haber gobierno”.

 

Lo está viendo claro. Las condiciones socioeconómicas, de mantenerse, lo ayudan a él más que a nadie en 2018. Las condiciones políticas, también. Si ya tuvieron su oportunidad el PAN, y el PRI con su regreso, ¿por qué no darle la suya a López Obrador? Lo que el necesita ahora es que la gobernabilidad, por frágil que sea, se mantenga. “No queremos construir el nuevo México a partir de escombros”, dijo. Que termine en paz Peña Nieto y que la izquierda se una en torno a él, son sus dos objetivos estratégicos. López Obrador dice no querer arrancar un gobierno en ruinas, para no perder el tiempo en construir el tipo de país que quiere. ¿Ese gobierno sería bueno? ¿malo? Esa reflexión será para un texto futuro.

 

 

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Las malas costumbres

Raymundo Riva Palacio | Viernes 15 de julio, 2016

ESTRICTAMENTE PERSONAL | La columna de Raymundo Riva Palacio

Tres años después de haber iniciado su gobierno, el presidente Enrique Peña Nieto hizo una importante rectificación: no se tolerará ningún abuso por parte de la Policía Federal, ni violación alguna a los derechos humanos. La advertencia es fundamental porque lo que reconoce es que lo hecho hasta ahora está mal y se tiene que corregir lo que empezó el 1 de diciembre de 2012, mientras asumía la Presidencia en San Lázaro. Afuera, en la génesis de lo que ahora promete cambiar, los responsables de la seguridad comenzaban el regreso al pasado represor.

 

Ese día, la resistencia civil opositora a Peña Nieto organizó oleadas de ataques contra la Policía Federal en el perímetro de seguridad con el que se había blindado el Palacio Legislativo. El primer responsable de la seguridad pública, Manuel Mondragón, sacó del baúl de la ignominia a los halcones y les ordenó enfrentar a los provocadores. Desde las barreras de metal de la Policía Federal salieron agentes vestidos de civil con palos, cadenas y armas para encararlos, y después de golpear, regresaban a sus trincheras. Nadie le dijo a Mondragón que los recursos que utilizaba, propios de un régimen represor, no eran aceptados. Al contrario, lo estimularon.
Halcones se utilizaron en diferentes momentos. El último fue en Nochixtlán el 19 de junio pasado, cuando desde las instalaciones de la Policía Federal en esa comunidad oaxaqueña, agentes vestidos de civil fueron vistos con armas largas para enfrentar a la población. No hay evidencia de ninguna bala de la Federal matara a una de las ocho personas que cayeron ese día, pero la Comisión Nacional de Derechos Humanos tiene pruebas que en otros enfrentamientos previos los policías no han utilizado armas de cargo para esconder sus prácticas ilegales. En este sentido, quiénes dispararon en Nochixtlán, sigue siendo un misterio. La suspicacia sobre los federales se debe a que las malas costumbres que regresó Mondragón al gobierno federal, superaron a los dos hombres íntegros que lo sucedieron, Monte Alejandro Rubido y Renato Sales.
El Presidente se refirió en términos generales a los abusos y las ilegalidades de los policías federales, sin entrar en detalles. Nochixtlán, como último botón de muestra, desnuda además la falta de trabajo de inteligencia en la Policía Federal. El comisionado Enrique Galindo ha admitido públicamente que los emboscaron, pero el antecedente es que en los cuatro días previos al enfrentamiento, los federales que llegaron a esa comunidad, no recopilaron la información de inteligencia que les habría permitido a sus jefes ajustar su estrategia y evitar el choque. Como resultado, los provocadores, que desplegaron tácticas defensivas, se aprovecharon de la desorganización y desarticulación de la Policía Federal, que tuvo que recurrir al uso de la fuerza sin acatar sus protocolos.
La falta de trabajo de inteligencia ha sido una constante en este gobierno. Por decisiones de Mondragón dejaron de recopilar información en los penales de máxima seguridad, por lo que Joaquín El Chapo Guzmán, vio en esas deficiencias la oportunidad para su segunda fuga. La inteligencia aparece en lo alto de los protocolos de uso de fuerza de la Policía Federal, y el déficit o ineficiencia en este gobierno ha sido germen de tragedias, al producir en cascada el incumplimiento de los protocolos de procedimientos y uso de la fuerza.
Un notable ejemplo es la noche de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa en septiembre de 2014, cuando los federales en la región de Iguala fueron omisos en sus responsabilidades, cuando menos, al dejar que policías municipales y criminales actuaran contra los estudiantes. Fueron testigos del ataque contra el equipo de futbol de Los Avispones de Chilpancingo en Mezcala esa misma noche, sin que actuaran para evitar el ataque, ni para preservar la escena del crimen para la recopilación de evidencias, que es otra violación a los protocolos de la Policía Federal. Tampoco hicieron nada por evitar el secuestro de un camión de normalistas, que desaparecieron, en la salida de Iguala rumbo a Huitzuco.
Es cierto que en México hay un problema estructural con las policías –algunas de sus causas son el mal reclutamiento, capacitación, controles de confianza, salarios, equipamiento-, pero en el gobierno de Peña Nieto se ha añadido una constante de errores que, por su volumen,  no se sabe si son fallas o si se está dando, en las cañerías del sistema de seguridad, una restauración del estado represor. Tanhuato, es otro caso de estudio. En esa comunidad michoacana hubo un enfrentamiento entre la Policía Federal y miembros del Cártel Jalisco Nueva Generación en mayo del año pasado. Pero el saldo no fue resultado de un enfrentamiento sino de una matanza.
La Policía Federal utilizó una fuerza letal que violó los estándares de Derechos Internacional y la llevó a una ejecución extrajudicial. De acuerdo con los protocolos de la Policía Federal, el índice de letalidad establece que un radio de un policía muerto por 1.4 agresores; en Tanhuato hubo un policía muerto por 42 agresores abatidos. Adicionalmente, los federales alteraron la escena del crimen y colocaron armas en donde no había, para probar la violencia de sus actos. Aún si no fuera una violación a los protocolos, ni aún así, se justificaría el abuso de fuerza.
El desempeño de la Policía Federal ha sido desconcertante. La liga, a decir por las palabras del Presidente, se rompió. Tendrán que venir acciones y consecuencias contra sus mandos superiores, porque de palabras no se construye un estado de Derecho.
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Ochoa contra la nomenklatura

Raymundo Riva Palacio | Jueves 14 de julio, 2016

AYUDA DE MEMORIA | La columna de Raymundo Riva Palacio

1er. TIEMPO: El viejo PRI, lleno de ratas. Era un momento de gran felicidad. El equipo de campaña de Enrique Peña Nieto celebraba con la élite del PRI la victoria sobre Andrés Manuel López Obrador. Ya entrada la noche, pasado de copas, a uno de los más cercanos colaboradores del candidato ganador se soltó la lengua. “Con todas estas ratas”, le dijo a un priista mientras señalaba con los ojos a los gobernadores, “antes nos alcanzó para ganar”. En el equipo compacto de Peña Nieto nunca había habido respeto hacia ellos. Todo lo que oliera a priista, decían, era un lastre que tenía que ser arrojado por la borda. Eran funcionales en coyunturas, como para los financiamientos opacos de la campaña presidencial, entregando recursos que levantaran quejas en las ventanillas de la Secretaría de Organización del PRI y de la coordinación de la campaña. A Peña Nieto, que tenía un código priista, lo iban a cercar y paulatinamente lo alejarían de sus raíces. En Los Pinos, en los primeros meses de su gobierno, Peña Nieto recibió al Comité Ejecutivo Nacional en el Salón “Adolfo López Mateos” y les dijo que con él, habría una “cercana distancia”, parafraseando en positivo la frase que acuñó Liébano Sáenz para su jefe, el Presidente Ernesto Zedillo, con respecto al PRI. La “sana distancia” zedillista no regresaría, confirmó Peña Nieto a los priistas, que salieron reconfortados y alegres con su Presidente. No tardó mucho en venir la decepción. Era tan negativa su imagen ante el electorado y tan grande su pérdida de consenso –el encapsulamiento ya estaba materializado-, que en las elecciones federales de 2015 lo borraron de las campañas. Siguió su caída en las elecciones de gobernadores en junio, pero ya no bastó que lo eliminaran de la propaganda: sus negativos y su política económica, fueron plomo en el mar electoral. No lo ven así en su entorno. Es la corrupción de los priistas, a quienes habría que eliminar para sobrevivir, comenzando por los gobernadores tricolores. La primera bala fue disparada la semana pasada. Se llama Enrique Ochoa, quien buscará ser el sepultador de la nomenklatura.

 

2º. TIEMPO: El fruto de un charolazo con Stiglitz. En la década de los 90’s el ITAM se convirtió en la fábrica de la nueva clase gobernante. De ahí salieron dos jóvenes que coincidieron en la Universidad de Columbia y compartieron departamento en Nueva York. Eran Alejandro Murat, de una de las familias políticas del PRI, y Enrique Ochoa, un priista sin padrinos. Habilidosos y con la idea fija de hacer carrera política, aprovecharon sus viejas relaciones en el ITAM y a través de ese networking –léase Luis Videgaray, que era secretario de Finanzas en el gobierno estatal- llevaron a su profesor, Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía en 2001, a un seminario internacional en el spa El Santuario, en Valle de Bravo. Lo habían organizado para el entonces gobernador Arturo Montiel, que quería ser Presidente, pero quien se quedó impresionado por ellos fue un joven de carrera ascendente, Enrique Peña Nieto. Cuando comenzó su gobierno en el estado de México, Peña Nieto no dudó en contratar a esos jóvenes. Murat, sería director del Instituto de la Función Registral, y Ochoa asesor. Videgaray era el gozne que vinculaba a el hambre -de Peña Nieto, intelectualmente limitado- y las ganas de comer -jóvenes con los conocimientos y capacidades técnicas de las que carecía-. La relación con Ochoa se fue fortaleciendo sin que nadie lo viera. En marzo, cuando ya trabajaba en el Instituto Federal Electoral, estuvo en una cena que ofreció en su casa María del Carmen Alanís, la entonces presidenta del Tribunal Electoral al gobernador Peña Nieto y a su secretario de Finanzas, Videgaray, para discutir la preparación de la resolución que lo exoneraría de penas por la difusión de propaganda de su quinto informe de gobierno en estados donde habría elecciones locales. Ochoa, abogado y economista, era una pieza de la estrategia. Tiene una mente entrenada y sofisticada, moldeada por su asesor de tesis de doctorado en Ciencia Política, Alfred Stepan, reconocido internacionalmente por su trabajo sobre los peligros que viven las democracias en transición y consolidación. Uno de los problemas que Stepan ha buscado resolver es cómo pueden ser erosionados los regímenes antidemocráticos para construir una verdadera democracia. La síntesis de sus variables es acabar con los viejos regímenes, modelo teórico que hoy, Ochoa podrá probar en campo.

 

3er. TIEMPO: La paradoja de Enrique Ochoa. No deja de ser un capricho del surrealismo político mexicano que para acuerpar a Enrique Ochoa en su llegada al PRI, los mismos grupos de interés que tendrían que ser sacrificados para alcanzar sus objetivos de transformar el partido para que responda las demandas de los ciudadanos, hayan sido los que le dieron el primer impulso, la CTM, la CNC y el Sector Popular. También es una paradoja que quien lo ungió como líder del PRI, el presidente Enrique Peña Nieto, tendría que morir –metafóricamente hablando- para que su objetivo de cambiar el partido y mantener la Presidencia en 2018 pueda cumplirse. Pero esto es lo que pasa cuando se hace caso a recomendaciones sin comprender el alcance de lo que puedan tener esas decisiones. Si Ochoa cumple lo que dice es su propósito, tendría que apuntalar la consolidación de la democracia mexicana, para lo cual, de acuerdo con lo que se le metió en la cabeza de sus tiempos de estudios en la Universidad de Columbia, tendría que luchar porque el Estado sea funcional, que opere plenamente el Estado de Derecho, que la sociedad en su totalidad participe de la economía y no sólo los que más tienen, que la sociedad política sea autónoma y la civil viva y activa. Es decir, mucho de lo que ha fortalecido Peña Nieto y su gobierno, tendría que ser desmontado. Es un contrasentido, por supuesto. Carlos Salinas, como Presidente, no pudo con la nomenklatura del partido pese a que quiso aniquilarla. Peña Nieto no permitirá el fin de la nomenklatura porque él es parte de ella misma. ¿Qué pretende entonces con Ochoa? Conservar la Presidencia para los suyos bajo las líneas de Guiseppe Tomasi di Lampedusa en Gatopardo: cambiar para no cambiar. De esta forma, el nuevo dirigente del PRI le será a Peña Nieto y su equipo, meramente funcional. Es decir, la nueva nomenklatura al remplazo de la vieja nomenklatura.

 

2018: El Presidente ya dio color

Raymundo Riva Palacio |

ESTRICTAMENTE PERSONAL | La columna de Raymundo Riva Palacio

La semiótica es una arma poderosa en la política del presidente Enrique Peña Nieto. Con el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, a casi tres mil 500 kilómetros de distancia hablando sobre niños en la ONU, el jefe de Los Pinos habló en el auditorio “Plutarco Elías Calles” del PRI a través de imágenes. Este 12 de julio no será una fecha para olvidar, porque Peña Nieto, se puede argumentar, hizo la primera definición para la sucesión presidencial en 2018. El Presidente se decantó por su alter ego, Luis Videgaray, secretario de Hacienda, quien hace más de una década lo introdujo al mundo de las ideas y lo volvió adicto a su inteligencia. Peña Nieto utilizó la unción de Enrique Ochoa como líder nacional del PRI, para dejar claro a sus militantes el camino a seguir en el año y medio que falta por oficializar la candidatura presidencial.

El Presidente ratificó que los priistas gritan mucho y se doblan pronto. Protestaron contra la imposición de Ochoa, pero a diferencia de la ruptura de la Corriente Crítica en 1987, ya no tienen los arreos para enfrentarse a su Tlatoani. Aceptaron a Ochoa, fríos como dicen las crónicas periodísticas, pero sin oposición. El Presidente, no obstante, los aplastó. No importan lo que digan. Las cosas son a su manera. Puso a que escoltaran la marcha triunfal de Ochoa al secretario de Educación, Aurelio Nuño, y al de Desarrollo Social, José Antonio Meade. Mandó refuerzos con los secretarios de Economía, Ildefonso Guajardo, de Turismo, Enrique de la Madrid, y de Relaciones Exteriores, Claudia Ruiz Massieu. Todos de la primera línea de batalla de Videgaray.
A Nuño, sin ser este su mentor –al diputado Enrique Jackson, también en el auditorio priista, le corresponde la autoría-, le abrió las puertas del paraíso peñista, en la campaña presidencial y en Los Pinos. Meade, su único par en el gabinete, es más que su alma gemela; son un binomio simbiótico desde hace más de dos décadas. De la Madrid, educado en las mismas universidades de la élite financiera peñista, es producto de la gracia del secretario de Hacienda. Y Ruiz Massieu se ganó su confianza desde que coincidieron como diputados hace tres legislaturas, que le sirvió de plataforma para trabajar con la actual administración.
Peña Nieto, para enviar un mensaje adicional de respaldo, envió a su director de Comunicación Social, Eduardo Sánchez, quien entró al auditorio en el grupo de poder de Los Pinos acompañado de Dionisio Meade, padre del secretario de Desarrollo Social, quien fue colocado –sin tener porqué haber sido-, en una posición de honor en la zona del presídium. Al arropamiento presidencial y hacendario, Peña Nieto añadió figuras mexiquenses. En la primera línea, el mejor amigo de Videgaray entre los gobernadores, el mexiquense Eruviel Ávila, y su gran amortiguador, el secretario de Comunicaciones, Gerardo Ruiz Esparza. Tras, a su primo, el diputado Alfredo del Mazo. Ochoa estaba bien custodiado en su unción, que pareció más el pretexto para una definición del Presidente sobre lo que trae en mente para 2018.
Videgaray ha dicho en privado que no le alcanzaría el músculo –no son estas sus palabras, por supuesto- para alcanzar la candidatura presidencial, porque la revelación de que su casa de descanso en Malinalco fue producto de una operación inmobiliaria realizada por la constructora Higa, de Juan Armando Hinojosa, su amigo e íntimo del Presidente, generó una percepción de conflicto de interés que no podrá ser borrada y que tampoco está resuelta en la opinión pública. Sin embargo, las señales que mandó Peña Nieto muestran indiferencia a ese déficit. La cargada por Ochoa es en realidad una cargada adelantada por Videgaray. Del secretario de Gobernación no se apuren; lo envió lejos de la ciudad de México.
Ochoa es producto del Presidente, pero construido por Videgaray, quien lo guió en sus tiempos de estudiante en el ITAM y le dio su primer trabajo en el estado de México. Su dependencia jerárquica era reconocida dentro de la Comisión Federal de Electricidad. No podía respirar tranquilo pensando que en cualquier momento lo llamaría Videgaray para alguna cosa. Incluso mantenía una guardia hasta las tres de la mañana, ante la sola posibilidad que el secretario de Hacienda lo llamara. Vivía para él; vibraba de nervios por él.
La cargada hacendaria que marchó junto a él por los pasillos del “Plutarco Elías Calles”, define hasta este momento la sucesión presidencial dentro del PRI. Peña Nieto no tiene que decirle nada a Osorio Chong, porque los signos políticos se encargaron de subrayarle que él no está en el corazón del Presidente para 2018. La política, debe pensar Peña Nieto, no es lo que el país necesitara. Lo que urge, para él y su legado, es la consolidación de sus reformas y que la historia lo juzgue por esos méritos. Se recrea el escenario de Miguel de la Madrid en la sucesión de 1987: no era la política, sino la transformación de la economía lo que necesitaba el país. Por tanto, no sería su candidato Manuel Bartlett, secretario de Gobernación, sino Carlos Salinas, secretario de Programación, quien ideológicamente estaba comprometido con su proyecto de nación.
En el caso de Peña Nieto, no es Videgaray quien está comprometido con el proyecto reformador, sino Peña Nieto quien se subió a ese diseño de país. La cargada hacendaria con Ochoa, hasta ahora, apoya este argumento.
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Ochoa, ¿lo dejará Peña?

Raymundo Riva Palacio | Miércoles 13 de julio, 2016

ESTRICTAMENTE PERSONAL| La columna de Raymundo Riva Palacio

Enrique Ochoa llegó a la dirigencia del PRI como producto de dos variables: la introspección, y la improvisación del presidente Enrique Peña Nieto. La primera, como resultado de un proceso íntimo donde rechazó las influencias externas sobre nombres que podrían encabezar el partido, y de las reticencias del secretario de Hacienda, Luis Videgaray, a un cambio en la dirección de la Comisión Federal de Electricidad. La segunda, la improvisación, porque fue hasta el martes por la tarde cuando lo citó en Los Pinos para notificarle su decisión unipersonal, sin que fuera acompañada de estrategia alguna.

 

El presidente Peña Nieto dejó al delfín a merced de los leones. Su dedazo enfrentó resistencias públicas y beligerantes como no se habían visto en años. No se preparó un proceso inverso, como placearlo ante la militancia en el país antes de hacerlo líder del PRI, para generar consensos, ni hubo una estrategia de arropamiento mediático. Cuando los leones saltaron y la República de las Opiniones lo crucificó, no hubo voces –salvo la del coordinador del PRI en el Senado, Emilio Gamboa-, que salieran en su apoyo. Los dos pilares en el Olimpo peñista, los secretarios Videgaray y Miguel Ángel Osorio Chong de Gobernación, no desplegaron sus oficios para respaldar la decisión presidencial. Tampoco hizo nada la oficina de prensa de Los Pinos.
Dejaron que Ochoa resolviera las cosas como pudiera, y descubrió las mezquindades de sus camaradas. Al cuestionar su militancia –detonada por un video donde niega ser militante y puesto en YouTube por el gobernador panista Francisco Domínguez-, le regatearon apoyos. La indiferencia y la oposición que encontró en los días previos a asumir el liderazgo del partido no fue contrarrestada por la señal inequívoca que era un hombre del Presidente. Los priistas, expertos en semiótica, deben haber visto que los alfiles de Peña Nieto no movieron un músculo ni lanzaron una mirada que confirmara el deseo de Los Pinos. Actuaron, por tanto, en consecuencia.
Ochoa tendrá que traducirle al PRI y a la sociedad que vota, qué es lo que piensa Peña Nieto del país, de su gobierno, sus políticas, y el porqué optó de manera unipersonal por él. El nuevo líder del partido tiene características que pueden servirle, como sus conocimiento profundo de las reformas peñistas y su habilidad como polemista, que juntas son buena combinación para el debate; su capacidad de organización en momentos de crisis, como lo demostró durante el huracán “Odile” que devastó Baja California Sur en septiembre de 2014; y la forma como, aunque en el bajo perfil durante las reuniones de gabinete, hablaba sin temores cuando requerían de su palabra. Pero nadie le ha regateado capacidades técnicas y articulación. El cuestionamiento es que dirigirá un partido que no conoce.
El nuevo líder del PRI ha adelantado que hará una presidencia donde debatirá en la arena pública y mostrará los contrastes. Ha definido los términos de la batalla. Tan corruptos son algunos gobernadores priistas, como panistas y perredistas. Tan opacos y maniqueos son algunos de quienes visten la casaca tricolor, como quienes usan las morenas de Andrés Manuel López Obrador. Mediocres han sido los rendimientos en la economía, como pobre fue la gestión del ex presidente Felipe Calderón. Deficientes los gobiernos panistas y perredistas, como los priistas, y con oscuras relaciones unos como otros con el narcotráfico. Es decir, Ochoa llega a un lodazal donde no hay buenos, sino menos malos que otros.
No es una arena pública novedosa. Si no la agitó el presidente Peña Nieto es porque sus asesores le aconsejaron no gobernar con el retrovisor ni cobrar las facturas para los panistas que se llenaron los bolsillos de dinero mal habido. El mejor ejemplo lo dio la gobernadora de Sonora, Claudia Pavlovich, que denunció a la PGR por congelar la averiguación contra su antecesor, el panista Guillermo Padrés, puesta en el limbo por instrucciones de Los Pinos. También dejó tranquilo al ex gobernador de Guerrero, Ángel Heladio Aguirre, pese a meter en la cárcel a varios de sus colaboradores más cercanos –y a su hermano también-, por actos de corrupción en su gobierno. El Presidente cuidó también a sus aliados perredistas en el Pacto por México para que sirvieran de contrapeso a López Obrador. Vistos los resultados, esa política de avestruz hacia la oposición aliada le dio pocos frutos a Peña Nieto, pero no hay señales de cambio real.
La tolerancia con la corrupción ha sido una huella que cada vez se impregna más en el legado peñista. El lunes se sacudió un poco el lastre, pero como lo había anticipado Monroy, el recargónfue contra priistas: Javier Duarte, gobernador de Veracruz; Roberto Borge de Quintana Roo, y César Duarte de Chihuahua. Una vez más, Peña Nieto contra los suyos. Pero ya es un avance, porque hasta el lunes, la impunidad era generalizada. La pregunta es si Ochoa quiere combatir en  todos los frentes, ¿lo dejará Peña Nieto? El líder del PRI está en una encrucijada, porque al aceptar dirigirlo apostó su futuro. Si fracasa, mucho por lo que trabajó durante su vida profesional, será tirado a la basura. Entendiendo todo lo que tiene que perder, habrá que darle, al nuevo líder del PRI, el beneficio de la duda, aunque él como todos saben que el camino al éxito no dependerá sólo de él, sino de quien lo puso en ese lugar.
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2018: ¿la entrega del poder?

Raymundo Riva Palacio | Martes 12 de julio, 2016

ESTRICTAMENTE PERSONAL | La columna de Raymundo Riva Palacio

Si el país grita, que vocifere en las urnas. Si el Presidente Enrique Peña Nieto no los quiso oír durante tres años y medio, menos ahora, que se ha pintado de guerra para ir por todo contra todos. El líder de la nación que a dos años y medio de dejar el poder enfrenta retos y rebeliones más propias de fin de sexenio que de la mitad de su gestión, desafió a todos dentro y fuera de su partido al imponer a Enrique Ochoa, uno de los suyos, que representa todo por lo cual la mayoría de los ciudadanos crecientemente lo rechazan en las urnas, como líder del PRI. Quizás no se vea claramente ahora, pero conforme se acerque la campaña presidencial, este ajuste le permitirá saber a Peña Nieto si su candidato tiene posibilidades reales de ganar la elección en 2018, o mejor negocia la entrega del poder.

 
Es imposible ver en este momento a Peña Nieto en una introspección o en conversación con quienes sí tienen acceso, planear que Ochoa conduzca la retirada del PRI de Los Pinos. Pero no es difícil imaginar que Peña Nieto carezca de la capacidad analítica para estudiar objetivamente lo que ha sucedido con el PRI y su gobierno. Como partido, el PRI empezó su declive –tendencia que no ha cambiado- entre 2010 y 2011, y desde las elecciones federales de 2015, los electores lo abandonaron por millones en las urnas. El famoso voto duro del PRI se colapsó en las elecciones para gobernador en junio pasado porque claramente en algunos estados, el acarreo priista el día de la elección sirvió para abultar la votación de otros. Sólo en Veracruz, 400 mil de los 600 mil priistas movilizados, votaron por candidatos de otros partidos, según estudios internos en el PRI.

 

Es decir, si está mal, en la medida que se acerque la conclusión de su gobierno y con lo del desgaste y debilitamiento en el cargo, las cosas se pondrán peor. Pero podría ser, otorgándole el beneficio de la duda, que sí observe sus rendimientos y llegue incluso a admitir en su interior que un componente importante a la derrota de junio obedece a su mala imagen como gobernante y a sus muy poco populares reformas. En este hipotético caso, la estrategia que siguen es dispersar el voto de la oposición, aunque este método probó su vulnerabilidad en las elecciones para gobernador en Veracruz y Chihuahua –donde perdió el PRI-, o en Oaxaca –donde apenas ganó-. “La reflexión sobre la entrega negociada del poder, tendría que ser considerada”, insistió el priista.

 

¿Por qué negociar la entrega del poder? La reflexión no es sobre el mecanismo institucional ya probado de la alternancia. En términos procedimentales, las dos alternancias en la Presidencia (Ernesto Zedillo a Vicente Fox, y Felipe Calderón a Peña Nieto) han sido tersas e institucionales. La negociación es para salvaguardar el futuro de Peña Nieto. Dos aspectos son centrales para esta reflexión: la rampante corrupción registrada en términos de percepción, métricas y denuncias todavía a nivel privado, y las pruebas documentales de haber utilizado bandas criminales para eliminarcriminales –claramente en Michoacán-, entre cuyas consecuencias se encuentra la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, por lo que podrían perseguirlo con acusaciones de genocidio en cortes internacionales.

 

Peña Nieto no es insensible a esto. La discusión sobre su futuro jurídico después de la Presidencia, ha sido un tema en Los Pinos, así como la consideración de contratar un abogado que empiece a preparar su vida al dejar el gobierno. Pero su tranquilidad no será suficiente si no maneja dentro de sus escenarios para 2018 una entrega negociada del poder, que significa la utilización de los recursos de su Presidencia para respaldar al candidato o candidata de oposición con quien arregle su post Presidencia. Su candidato o candidata no sería priista, sino quien le garantice que su fama pública no terminará como la de José López Portillo, que no se volverá un paria como Carlos Salinas, y que cuando sea necesario, lo respaldarán como a Zedillo.

 

Esta sería una decisión muy difícil para Peña Nieto, sobretodo, si como apunta la designación de Ochoa, está convencido que puede lograr una victoria en 2018 con su candidato y consolidar su proyecto de nación. Pero llegará el momento en que quiera o no, el escenario de la negociación pactada para la entrega del poder, sea algo que deba poner a discusión, a menos que crea en el milagro del resurgimiento del PRI a través de un acto de fe.

 

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