Hannia Novell

El presidente Andrés Manuel López Obrador anunció que el nuevo Aeropuerto de Santa Lucía se vestirá de color verde olivo, ya que la operación de esta terminal aérea permanecerá en manos del Ejército mexicano.

En ocasión del 104 Aniversario de la Fuerza Aérea Mexicana, el líder de la 4T aclaró que los beneficios de la administración de esta terminal aérea serán transferidos a la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) para fortalecer sus finanzas.

¿Se imaginan el impacto de los turistas extranjeros al bajar del avión? ¡Qué miedo! Como un lector de código QR (código de respuesta rápida) por su mente desfilarán las palabras bomba, peligro, estado de sitio.

No hay aeropuerto internacional en el mundo que sea controlado por militares. Ni siquiera en China, en el régimen totalitario de Xi Jinping. En 1988, el Ejército transfirió la operación del aeropuerto de Xiamen al gobierno municipal  para luego dar paso a un proceso de privatización parcial.

Claro, están las tierras de Nicolás Maduro. Toda la zona del Aeropuerto Internacional de Maiquetía de Venezuela está militarizada desde hace más de un año y es la Guardia Nacional Bolivariana la encargada de controlar, revisar y organizar a los pasajeros. Después de pasar por los dos puntos de control de los militares, las personas tienen acceso a los mostradores de la aerolínea en donde realizan el procedimiento habitual para registrarse.

No está de más recordar que sólo en los regímenes dictatoriales, de triste y dolorosa memoria en América Latina, los militares han controlado la operación de los aeropuertos.  Pinochet en Chile, Stroessner en Paraguay, Banzer en Bolivia o Duvalier en Haití.  La lista es larga, las historias de horror también.

Anastasio Somoza recibía a los corresponsales extranjeros con un grupo de militares como escolta.  Los acompañaban en todas las entrevistas con pobladores o funcionarios. Ese era el escenario tras el terremoto que sacudió Nicaragua en 1974. Jorge Videla, el dictador argentino, utilizaba la Primera Brigada Aérea Militar “El Palomar” como un centro clandestino de detención, desde donde partían los llamados vuelos de la muerte que tiraban a los desaparecidos al río.

La realidad es que la operación de la aviación comercial y la militar son asuntos muy diferentes.  No sólo se trata del aterrizaje y despegue de aeronaves, embarque y desembarque de pasajeros, equipajes y mercancías, reabastecimiento de combustible y mantenimiento de aeronaves, o del mantenimiento de las unidades que no están en servicio.

Si bien es cierto que el Ejército conoce las reglas para operar un aeropuerto militar, con vuelos de ataque y de defensa, reconocimiento y vigilancia, patrullaje de fronteras, transporte y rescate, con sistemas de control y seguimiento estratégicos, deberá cumplir con todas las normas y regulaciones que establece la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI). Desde las licencias al personal de vuelo, control aéreo y mantenimiento de aeronaves hasta los requisitos de las instalaciones aeroportuarias, el diseño y la operación de los aeródromos.

Hasta hoy, el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) se mantiene en el ranking mundial como el aeropuerto latinoamericano con más tráfico de personas, tanto de turistas nacionales como extranjeros; y México aparece como el país del continente con más destinos internacionales, principalmente a Estados Unidos.

¿El aeropuerto de Santa Lucía permitirá conservar esos números? ¿Mejorarlos? ¿O su color verde olivo y el nombre “General Felipe Ángeles” ahuyentarán a turistas? Contradicciones de la 4T. Pero es sólo una idea, veremos si se hace realidad y también son sólo datos, datos que recuerdan el pasado y otros gobiernos.

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