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Fernando Ramírez* y Bet-biraí Nieto

Ese martes 20 de agosto de 1968, 200 mil soldados bien equipados, acompañados de dos mil 300 tanques del Pacto de Varsovia, invadían esa tarde-noche al país de Kafka.

La población de Checoslovaquia estaba estupefacta al ver el poderío militar; la rabia de sus habitantes, especialmente los estudiantes y jóvenes obreros, los arrojó a las calles a organizar actos creativos y heroicos como parte de la resistencia. La Unión Soviética pretendía poner fin al “Sueño de la Primavera de Praga”.

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La prensa mexicana dedicó sus páginas principales a la invasión, exhibiendo en fotorreportajes y crónicas las primeras horas de lo ocurrido en Praga.

Para llegar a este episodio de agosto de 1968 hay que recordar cuando Nikita Jrushchov asumió el liderazgo de la Unión Soviética y denunció la brutal época estalinista de quinquenios de producción agrícola fracasados, mentiras, purgas y asesinatos. Esto permeó en Hungría en 1956 y Checoslovaquia en la década de 1960, con Antonín Novotný a la cabeza presidencial, quien inició un proceso de concreción del socialismo y una nueva constitución hacia la República Socialista Checoslovaca.

Con la llegada de Leonid Brézhnev al poder en la Unión Soviética, los cambios en Checoslovaquia parecían detenerse, pero recibirían un impulso desde la literatura. A comienzos de 1967, la Unión de Escritores de Checoslovaquia redactó un texto que aparecería en el boletín del sindicato, Literární Noviny, donde algunos escritores manifestaban que “la literatura debe ser independiente de la doctrina del partido comunista y por lo tanto del gobierno”.

En junio de ese año, una pequeña disidencia de esa agrupación de escritores expresó su simpatía con algunos radicales socialistas, entre ellos Ludvík Vaculík, Jan Procházka, Antonín Jaroslav Liehm, Pavel Kohout, y un joven de nombre Milan Kundera. Poco tiempo después, en una reunión del partido se habló de tomar represalias administrativas contra los firmantes. El entonces secretario general del regional Partido Comunista de Eslovaquia, Alexander Dubček, junto al economista Ota Šik cuestionaron a los conservadores.

Tras la dimisión de Novotný como presidente de Checoslovaquia, Dubček se convirtió en secretario general del partido, el 5 de enero de 1968, y para el 22 de marzo, Ludvík Svoboda asumió la presidencia checa.

En el 20 aniversario del “Febrero Victorioso de Checoslovaquia”, Alexander Dubček defendió la necesidad de cambio tras el triunfo del socialismo y reconoció los errores del partido sin hablar de rompimiento, pero replanteó la misión de “construir una sociedad socialista avanzada en sólidos fundamentos económicos (…) un socialismo que corresponda con la histórica tradición democrática de Checoslovaquia, de conformidad con la experiencia de otros partidos comunistas”.

En abril de 1967, Dubček puso en marcha el Programa de acción de liberalizaciones como: el aumento de la libertad de expresión, de prensa y la libertad de circulación con énfasis económico en los bienes de consumo y la posibilidad de un gobierno multipartidista. El programa sostuvo que el “socialismo no puede significar solamente la liberación de los trabajadores de la dominación de la clase explotadora, sino que debe hacer más por las disposiciones para una vida más plena con la personalidad socialista que cualquier democracia burguesa”.

También “limitaría el poder de la policía secreta y avanzaría hacia la Federación la RSSC en dos naciones (Chequia y Eslovaquia) y en cuanto a la política externa se mantendrían buenas relaciones con países occidentales, la cooperación con la Unión Soviética y demás naciones comunistas”.

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Entre el 21 de agosto y diciembre de ese año, un total de 108 personas perdieron la vida y más de 700 resultaron heridas en Praga.

Se habló de una transición de 10 años a través de elecciones democráticas con la participación de la ciudadanía checoslovaca para crear una nueva forma de socialismo democrático que sustituyera al statu quo. El programa de Dubček sugería la necesidad de asegurar que las posiciones importantes fueran “ocupadas por gente realmente capaz, con cuadros de expertos en educación socialista y arte, a fin de poder competir y rebasar al capitalismo”. Allí es donde entraba el joven dramaturgo y director de teatro Václav Havel y el cineasta Miloš Forman, quienes lucharían al lado de Dubček.

Desde que Dubček asumió la secretaría del Partido Comunista de Checoslovaquia, causó una profunda incomodidad en los líderes soviéticos. Los inmovilistas y viejos estalinistas conservadores del partido no vieron con buenos ojos las reformas, los aires de libertad y democracia que iban ocurriendo, por lo que llamaron a instalar medidas represoras.

Hasta 1968, los países comunistas que conformaban el Pacto de Varsovia (firmado en 1955) —Checoslovaquia, Polonia, Hungría, Bulgaria y la República Democrática Alemana— llevaban 13 años mostrándose como miembros de una misma familia. Y fue esta hermandad la que comenzó a presionar fuertemente a Dubček y Svoboda, por las reformas a las que el primero les había dado un nombre que pasaría a la historia: “el socialismo con rostro humano”.

Una reunión entre los líderes de la Unión Soviética y Checoslovaquia se celebró en julio de 1968 en Čierna nad Tisou, cerca de la frontera Eslovaca-Soviética, donde Dubček siguió defendiendo los cambios, pero presionado debió comprometerse con promesas de contribución al Pacto de Varsovia y al COMECON. Para entonces, el Partido Comunista Checoslovaco estaba dividido entre liberales y conservadores de cuña estalinista.

El 3 de agosto, las naciones del Pacto de Varsovia, con la Unión Soviética a la cabeza, y una Checoslovaquia más presionada, se reunieron de nuevo y firmaron la Declaración de Bratislava que ratificaba una fidelidad al marxismo-leninismo y al proletariado internacionalista, declarando una implacable lucha contra la ideología burguesa y todas las fuerzas antisocialistas. La Unión Soviética expresó su intención de intervenir militarmente a Checoslovaquia, en caso de que un sistema burgués fuera establecido, lo que cumplió 17 días después.

La resistencia

La noche del 20 de agosto, mientras los dirigentes checoslovacos estaban reunidos en la oficina de Dubček, el sonido de los aviones zumbaba por encima de sus cabezas. En algún momento la puerta de su despacho se abrió para permitir la entrada de paracaidistas soviéticos que ya habían tomado el aeropuerto de Praga, anunciando la irrupción de los ejércitos del Pacto de Varsovia y convirtiéndolos en sus prisioneros.

Para la mañana del 21 de agosto, los tanques soviéticos ya estaban instalados en las calles de Praga, ante el azoro de los transeúntes, el miedo de quienes miraban desde las ventanas de sus casas y jóvenes que vitoreaban los nombres de Dubček y Svoboda, al paso de las tropas.

Los checoslovacos desafiaron a los tanques soviéticos desfilando antes ellos con su bandera, y algunos dieron la vida atacando al invasor con piedras y cocteles molotov.

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Rebeldía. Una de las máximas exponentes de la resistencia en Checoslovaquia fue la cantante Marta Kubisova, quien respaldó públicamente a Dubček y grabó la desgarradora balada Una oración para Marta, cuya letra pedía la paz y un cese del odio, y se convirtió en un emblema de la Primavera de Praga.

Ante el ingreso del poderío militar, los checoslovacos optaron por resistir utilizando como arma la creatividad. Primero cambiaron las nomenclaturas de las calles y de las principales avenidas, confundiendo así a los invasores. Otros más recolectaron basura y la vertían sobre las calientes tapas de las portezuelas que daban paso a una vaporosa pestilencia que envolvía a los vehículos rusos. En Praga y otras ciudades, las tropas rusas fueron hostigadas por hombres y mujeres que de muchas formas protestaban, especialmente con manifestaciones callejeras. Otros demostraron que la mofa era otra arma contra el triunfo militar soviético, al escribir en las calles insultantes letreros: “Están aquí, quítense el reloj y escondan a la esposa”, “Ha llegado el circo ruso, prohibido dar de comer a los animales”.

Las imágenes de Josef Koudelka, son testimonio del terror, la heroicidad, el valor y la rabia de la resistencia y combatividad de los checoslovacos contra el autoritarismo, la represión y la barbarie. Casi 100 checoslovacos murieron, más de 600 fueron heridos y el éxodo de inmigrantes iría de 100 mil a 300 mil.

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Publicaciones como la revista Life consignaban la llegada de las tropas del Pacto de Varsovia, elogiando la actuación de los checos por defender su patria.

Aunque Una oración para Marta no fue escrita para la resistencia checoslovaca, Marta Kubisova la convirtió en himno de la Primavera de Praga, por lo que de inmediato fue prohibida. Pese a ello, retumbó en cada garganta que exigía libertad: “Deja que la paz continúe en este país. Ahora, cuando recuperes el país que perdiste, volverá, el pueblo volverá”.

Epitafio

El jueves 16 de enero de 1969, a cinco meses de la ocupación de Praga, Jan Palach, de 20 años de edad, gritó “¡No pude más!”, y se inmoló a las 14:30 de la tarde en la Plaza de Wenceslao. Ese sería el epitafio con el que Tánatos vencería de nuevo a Eros.

Desde la inmolación del universitario  Palach, cada 16 de enero en la capital de la ahora República Checa, niños, jóvenes, adultos y viejos, a la hora señalada se quedan inmóviles a manera de homenaje para recordar que “Jan Palach vive”, y que la “Siniestra Pesadilla” estuvo ahí y entró el 20 de agosto de 1968.

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Sólo ocho meses habían transcurrido desde que la Primavera de Praga se había instalado en esta zona del este de Europa.

El socialismo

Con rostro humano era una
afrenta para la Unión Soviética
que no concebía al comunismo con otra faceta y menos cuando era celebrado por países de occidente, como Francia.

Luego de las primeras confrontaciones, la radio del gobierno checoslovaco exhortó a la población a mantener la calma para evitar una mayor catástrofe, comenzando así la primera fase de resistencia. Grupos de checoslovacos desconocidos, pero unidos para deshacerse del enemigo que patrullaba sus calles, se congregaron con escasas armas para desafiar a los tanques.

Durante las primeras horas del 21 de agosto, las tropas rusas dispararon en muchos casos y algunos checos intrépidos murieron atravesados por las balas y debajo de los tanques, mientras que
el Alexander Dubček y su equipo de trabajo seguía resguardado por
los soldados soviéticos, tratando de preservar lo más
posible la libertad
de su país.

“La entrada no autorizada está estrictamente prohibida”, se alcanza a leer en uno de los carteles que los jóvenes de Checoslovaquia improvisaron a manera de protesta por la ocupación de tropas de lal Unión Soviética.

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