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Jair Avalos | Corresponsal

Juchitán de Zaragoza. Hay gente en el Istmo que asegura que el terremoto fue castigo divino por la violencia en la región. Lo cierto es que la zona siempre ha sido bravía, en especial Juchitán. Las mujeres rezan por las tardes, para que el municipio vuelva la calma.

Esta tierra ha sido violenta. Después del terremoto la gente prefirió hacer campamentos y barricadas en la calle y no abandonar sus casas, por miedo a que les roben lo poco que quedó.

Juana, Carmen y Carolina viven en la calle Cinco de Mayo, cerca del centro de la ciudad. Juntas platican y cuentan chistes a sus nietos durante el día y a las seis de la tarde, sacan su rosario y rezan por Juchitán.

Este pueblo siempre ha sido violento, los zapotecos no nos dejamos de nadie. Nunca. Y la gente se ha hecho desconfiada. Pero creo que nos excedimos, los hombres se han matado entre ellos. En los últimos años, de 2013 o 14 a la fecha, casi todos los días hay muertos o peleas. A veces creemos que esto es un castigo, este terremoto, fue por un pecado que tenemos que pagar”, dice Juana recostada desde un sillón de madera de cedro.

Las familias pernoctan en las calles. Son campamentos improvisados en las banquetas e incluso sobre el arroyo vial en donde han instalado catres, colchones y colchonetas. Los perros están amarrados en los postes de las señalizaciones viales con una cubeta con agua y su plato de comida.

¿Por qué la gente no se va a un albergue? Por desconfianza, hasta de sus vecinos.
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Las mujeres se sientan a ver la novela de las ocho de la noche y los niños juegan con la pelota. Con libreta en mano, está Chuchín, un muxe alto y moreno, que planea lo qué se va a cocinar para la cena y el desayuno de la mañana siguiente.

Antes de la tragedia, Chuchin administraba un bar en el patio de su casa y cocinaba la botana para su clientela en la zona centro juchiteca. Hoy, apenas se puede entrar al lugar. La puerta está atorada por escombros. Las mesas de la cervecera están unidas con bolsas de ropa, fotografías y los vasos en que servía el licor regados en trozos en el piso.

Pues por mientras cuidarnos entre vecinos y familiares en la calle. No queremos irnos de acá, ni dejar nuestros terrenos solos”, dice.

Pues lo que tengo planeado hacer es empeñar mi oro en lo que me levanto, para tener efectivo y comprar cerveza, comida, reparar las cosas, comprar vasos. Todo”, menciona mientras muestra sus fotos de la vela (fiesta) en la que fue mayordomo. Se aprecian muchas cadenas de oro, esclavas, anillos y prendedores. Un desfile de tehuanas evidencia lo mismo, al metal precioso por doquier.

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El oro en el Istmo es símbolo de recompensa social, que mejora la reputación y estatus. Las mujeres que trabajan ahorran dinero y compran joyas aureas para las emergencias como la del terremoto.

Nosotras respaldamos a nuestros maridos comprando oro, para alguna enfermedad. Para algún gasto. Lo vamos heredando poco a poco de nuestras madres o abuelas y ahorramos. Pero de un tiempo a la fecha ya no lo usamos o portamos bisutería”, señala Carmen tras rezar con sus compañeras.

De acuerdo a datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), los robos a casa habitación y el robo a transeúnte son los delitos con más altos reportes.

En el primer delito, en 2014 hubo un reporte de 112, en 2015 bajó a 41, en 2016 se reportaron 26 casos y en lo que va de 2017 suman 15 robos. Los asaltos a transeúntes tienen un comportamiento similar, hubo 51 casos durante 2014, el siguiente año se registraron 70 asaltos; mientras que en 2016, fueron 39, y en lo que va de 2017, se reportan 66 asaltos.

Delitos como el robo de vehículo tiene un promedio de 75 denuncias al año; y los homicidios son constantes en la comarca, cada año existen más de treinta denuncias.

Cada vez, dicen es más común en el Istmo ver puestos donde se ofrece bisutería u oropel con formas similares a las joyas típicas de las mujeres locales.

Bajo nuestras casas, bajo los escombros están nuestras pertenencias. Algunas de nosotras enterramos nuestras alhajas en el jardín o si nuestros hijos o hijas salen a estudiar fuera se las damos para que las guarden en otra ciudad”, agrega Carmen.

Pero la violencia se da de muchas formas en Juchitán. El uso de armas es común. René, por ejemplo, a sus 24 años ya tiene una reconstrucción de tobillo por impacto de bala y en el antebrazo derecho lleva incrustado un proyectil nueve milímetros.

Pues estábamos en un jaripeo tomando todos los amigos y había otro grupo que estaba más tomado y de repente se paró uno de ellos, me vio y se rio. Me dijo que ‘le entrara’ y le dije que ‘pues qué’. Yo traía fierro pero no lo saqué y me disparó. Estaba tan borracho que me lo puso en el brazo”, tras contar la anécdota, sonríe y muestra su cicatriz.

Arturo, su cuñado, no corrió mejor suerte. En un jaripeo del 2016, fue asesinado a balazos en días que su esposa, Teresa, estaba embarazada de una niña.

Imagina, esta niña no sabrá quién es su papá. Apenas si dejaron fotos. Se preguntará ‘¿Y cómo fue? ¿De qué murió?’ espero entienda la situación”, dice su abuelo mientras entretiene a la niña en una mecedora con una muñeca de trapo.

Administrar la justicia

En el pasado, a finales del siglo XIX, cuando el coronel Pancho León gobernó Juchitán a los ladrones se les encerraba en la lidxi guiibá –casa de fierro o cárcel- y a los reincidentes se les terminaba por cortar ambas manos.

Pancho León de 1882 a 1891 fue jefe político o representante del gobernador (…) si robaban ganado dicen que los colgaban en el panteón. Casi no había ladrones por el miedo a la cárcel, que eran dos cuartos pequeños atrás del Palacio Municipal. Si alguien violaba a una menor, el castigo era sentarlos en una estaca bien afilada que estaba enterrada en el suelo para escarmiento ante el público”, cuenta el historiador local Gonzalo Jiménez.

El escarnio social en aquella época era lo peor para las familias istmeñas. En esta época, las redes sociales se encargan de ello. Los vecinos de la ciudad detienen a los ladrones, los golpean, los graban y los exhiben en Facebook, que se ha convertido en el tablero ideal de anuncios.

El pasado 19 de septiembre, los colonos de la 10 de mayo detuvieron a un joven que intentaba asaltar a los que dormían afuera de sus casas. “Te vas a morir, rata”, fue lo menos que le dijeron.

Así sucede en la zona comercial o en cualquier colonia de la ciudad. Quien sea sorprendido robando es amarrado y en caravana llevado hasta el parque central Benito Juárez.

En el pasado las rebeliones eran castigadas con esclavitud. En 1882 un grupo de comuneros se levantaron en armas para obtener el dominio de las salinas donde trabajaban. El gobierno estatal los perdonó, pero Pancho León los detuvo y obligó a que construyeran el Palacio Municipal que fue concluido hasta 1884 y con el terremoto del 2017, colapsó.

Hasta 1920 se utilizó en la región la figura del Xuaana, una autoridad moral que era elegida por los habitantes de las ocho secciones de la ciudad. Este representante solucionaba conflictos menores familiares, sociales y de justicia. Pero este cargo fue eliminado, ante el riesgo de las rebeliones en los pueblos zapotecas.

Los nuevos Xuaanas

En el centro de la ciudad, al menos en nueve manzanas, se trata de reavivar la vida comunal y de administrar la seguridad y la justicia vía las juntas vecinales.

Guendalizaa es la primera junta fundada por los vecinos de la segunda y tercera sección, dirigida por Gubidxa Guerrero, un activista e historiador que trató de adaptar un modelo de comunidades seguras para sus vecinos.

Desde el WhatsApp, grupos de Facebook y las reuniones cada primer domingo del mes se analizan los temas y se hace una vigilancia permanente de los barrios.

Si ves, en cada poste hay una alarma vecinal que se activa cuando se detecta la presencia de un ratero. En ese momento salimos todos. Aquí no te va a pasar nada porque todos estamos al pendiente del grupo vecinal y nos reportamos cualquier movimiento extraño en el barrio”, dice Gubidxa.

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El objetivo de Guendalizaa es regresar el sentido de pertenencia de los vecinos. “Antes de esto yo no me llevaba ni con el que tengo al lado. Ahora realizamos una serie de actividades como ligas de futbol, poda de árboles, un cine club y hacemos que todos se conozcan entre sí”.

Esto no significa que los vecinos estén libres de asaltos en sus casas. Desde su creación en 2015, se han detenido a nueve ladrones “que han sido denunciados y procesados y tres de ellos están en la cárcel. Se llevan testigos y damos seguimiento a los casos para que no quede impune el delito”.

Ante la inseguridad en el municipio comenzaron a proliferar las juntas vecinales. El entonces alcalde juchiteco Saúl Vicente llamó a Gubidxa para “pedirle que dejara de difundir el modelo de las juntas, que había recibido amenazas”.

Imagina, era la autoridad del municipio. Era el administrador del pueblo y salió con eso. La verdad es de miedo, pero nosotros continuamos con nuestra actividad”.

Tras el terremoto, a Gubidxa le quedan sus dos perros, sus libros y sus amigos de la Guendalizaa, aunque su barrio no esté cercado. El resto de la ciudad vive atrincherado, por el temor a los saqueos y a los sismos, durmiendo con palos, machetes y pistolas como sus compañeros ante la desgracia.(FOTO: ARTURO PÉREZ ALFONSO/ CUARTOSCURO)

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