Alejandro Alemán

Dicen que la tercera es la vencida, y en el caso del cineasta Pablo Larraín puede que la frase sea correcta: luego de cintas como Jackie (2016) y Neruda (2016), su más reciente filme, Spencer (Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Chile, 2021), resulta en la mejor de estas tres atípicas biopics, aunque esto tampoco la convierte en una gran película.

Para que no quede duda, el cineasta inicia con un aviso que parece advertencia: “Una fábula a partir de una tragedia real”, que no es sino una manera elegante de decir que lo que vamos a ver realmente no sucedió.

Spencer muestra un episodio de tres días en la vida de la princesa de Gales (Kristen Stewart), justo cuando acude a la residencia de Norfolk para pasar la Navidad con la familia real. 

No estamos frente a la mejor versión de Diana: la princesa ya sabe sobre los amoríos entre su esposo, el príncipe Charles (Jack Farthing) y Camilla Parker-Bowles, lo cual incrementa sus episodios de bulimia incontenible.

Deprimida y con el hastío de quien se siente prisionera en una celda de oro, Diana (cual Cenicienta) encuentra aliados en algunas de las personas del servicio: su ayudante y confidente, Maggie (encantadora Sally Hawkins), así como el amable chef a cargo del ejército de cocineros de su majestad (icónico Sean Harris).

Si The Crown —la serie de Netflix— nos pone en primera fila de los tejes y manejes de esta poderosa familia disfuncional, la ambición de Larraín es plasmar el momento más desesperado e íntimo de una Diana Spencer atrapada en este lugar donde pasado y presente son lo mismo.

La muy comentada actuación de Kristen Stewart va de menos a más. Apoyada por una peluca y un vestuario que emula su estilo desenfrenado, su interpretación se acompaña de gran variedad de exagerados tics (la mujer se la pasa haciendo pucheros, pues) que resultan incluso molestos.

Si la película no se desbarranca es gracias a los actores de reparto, quienes junto con el magnífico score compuesto de Johnny Greenwood (la auténtica estrella de esta cinta) elevan a Stewart logrando momentos brillantes como la batalla de miradas en la cena con la reina, las conversaciones y juegos entre Diana y sus hijos.

Ambivalente, Larraín lo mismo entrega grandes atmósferas que momentos de metáfora simplona (el pajarito muerto en la carretera, la princesa perdida en el camino) junto con otros más logrados como aquellos donde empata a Diana con Ana Bolena, la reina consorte de Inglaterra. 

La tercera es la vencida, y aunque es probable que Larraín cumpla el objetivo de llevarse un Óscar a manos de Kristen Stewart, pase lo que pase, el cineasta chileno debería alejarse de una buena vez de las biopics y pasar a otra cosa. 

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