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Juan Pablo de Leo

La inevitable politización de la vida al interior de la Casa Blanca ante la cercanía de las primeras elecciones intermedias que enfrentará Donald Trump tiene nerviosos a diferentes estrategas que ven cercana la posibilidad de que Trump pierda la Cámara baja y enfrente a los demócratas en un proceso de juicio político que impida su gestión.

›Con la mayoría de las elecciones primarias de este año terminadas, los pronósticos coinciden en que los demócratas tienen ventaja en la lucha por la mayoría de la Cámara. Aun con esa posibilidad, muchas cosas podrían pasar ahora y hasta las elecciones intermedias de noviembre.

El Partido Demócrata tiene una tarea clara: ganar 23 escaños del Partido Republicano y así cambiar la fuerza de la Cámara. La historia prácticamente garantiza que los republicanos perderán escaños en noviembre; la pregunta es ¿cuántos? Sobre todo cuando se entiende que hay tanto en juego para la actual presidencia. Para empezar, los partidos de presidentes suelen ser golpeados en los años de elecciones no presidenciales. En ejemplos recientes, los republicanos obtuvieron 64 asombrosos escaños en 2010, cuando el presidente Barack Obama estaba en el poder, mientras que los demócratas obtuvieron 32 en 2006 durante el segundo mandato del presidente George W. Bush.

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La baja aprobación de Trump, el desastre con la reforma de salud y los escándalos de corrupción ponen a los demócratas con una ventaja de ocho puntos arriba en promedio, según diferentes sitios de estadísticas políticas, con una ganancia promedio de 31 asientos.

Pero en el Senado la historia es otra. Ahí, los demócratas tienen pocas posibilidades de obtener una mayoría, pues sólo nueve escaños del Senado republicano están en juego este año. Ahí es donde se libraría la batalla por el juicio político contra Trump.

Los demócratas tienen preparada una larga lista de acusaciones e investigaciones que pretenden empujar en caso de recuperar el control de la Cámara baja. Entre los temas que los demócratas buscarían poner en comisiones, figuran las declaraciones de impuestos del presidente Trump, sus empresas familiares y si es que cumplen con la cláusula de emolumentos de la Constitución, incluida la concesión de la marca china a la Organización Trump.

Los tratos de Trump con Rusia, el pago a Stormy Daniels, el despido de James Comey, el uso del correo electrónico personal del personal de la Casa Blanca, la política de separación familiar y la respuesta ante los huracanes en Puerto Rico, entre otros.

Un congreso Demócrata no sólo podría bloquear las prioridades de Trump, sino que podría iniciar investigaciones en el comité o presionar para una acusación.

Los demócratas buscan la corrupción republicana como estrategia. Pero a pesar de tener todo a su favor, la estrategia demócrata de hablar de corrupción y asuntos locales y de familia podría no ser suficiente para el partido de izquierda social, pues los republicanos tienen un factor importante a su favor: una fuerte economía, tras la turbosina que Trump ha inyectado. Para él, el tema está en el bolsillo, en la economía y por eso también la prisa de pronto por cerrar la renegociación del TLC y poder ofrecer otro triunfo simbólico y mediático a su base electoral. En julio, el crecimiento del empleo continuó a un ritmo constante, mientras que la tasa de desempleo bajó ligeramente al 3.9%, alrededor de su nivel más bajo en 50 años. El Producto Interno Bruto (PIB) también creció un 4.1% en el segundo trimestre. Si bien una economía sólida no puede salvar a los republicanos, al menos creará que el ambiente de este año sea un poco más fácil para ellos.

La gran pregunta en el análisis de las dos estrategias de partido, se encuentra en la importancia de los temas: ¿es Trump más que la economía o es la economía más importante que Trump? La aprobación del presidente de Estados Unidos es mala y el desgaste legal que enfrenta después de que su exabogado personal Michael Cohen fue implicado en un delito no ayudará mucho. Sin embargo, cualquier mejora en la forma en que los votantes vean al presidente de aquí a noviembre podría dar a los republicanos la gasolina suficiente para impulsar algunas carreras a su favor.

Con las elecciones especiales fuera y el TLC renegociado, Trump ha ofrecido dedicarse por completo a los eventos de campaña para ayudar a los diferentes candidatos locales. La ola roja de la que presume y de la que se ha adueñado podría no tener la suficiente convocatoria que consiguió el día de su elección. Entendiendo la diferencia de votación que por lo general se presenta en Estados Unidos, entre elección presidencial e intermedia, la ola roja de Trump tendría que realizar un movimiento y participación similar a la que obtuvo el día de su victoria. Sin embargo, los fenómenos en ese sentido no se han dado en la historia política estadounidense, por lo que se convierte en una prueba más de la fuerza que presta Trump al mismo partido republicano. ¿Será suficiente? Parece que no. 

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