Agua y ciudad: el desafío de reconstruir nuestro equilibrio

17 de Abril de 2026

Agua y ciudad: el desafío de reconstruir nuestro equilibrio

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Miriam Saldaña

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EjeCentral

La Ciudad de México enfrenta uno de los mayores retos ambientales de su historia: reconciliar su crecimiento urbano con la sostenibilidad hídrica y ecológica. No es un desafío menor. Durante décadas, nuestra relación con el agua ha sido extractiva, lineal y profundamente desigual. Hoy, sin embargo, estamos obligados a replantear esa lógica desde la raíz. De acuerdo con la SEGIAGUA, el modelo hídrico de la capital ha estado marcado por la sobreexplotación de acuíferos, con niveles que superan en más del 100% su capacidad de recarga natural, así como por la pérdida de capacidad de infiltración debido a la urbanización. Se estima que más del 70% del suelo de la ciudad está impermeabilizado, lo que impide la absorción de agua de lluvia. Esto no solo compromete el abasto futuro, sino que también agrava fenómenos como inundaciones y hundimientos diferenciales que, en algunas zonas, alcanzan hasta 30 centímetros por año. A ello se suma que cerca del 40% del agua potable se pierde por fugas en la red hidráulica, lo que refleja la urgencia de modernizar la infraestructura existente. La solución, por tanto, no puede ser parcial: requiere una visión integral que recupere el equilibrio natural del ciclo del agua. En este contexto, la recuperación de ríos urbanos y la rehabilitación de barrancas se han convertido en ejes fundamentales de política pública. La SEDEMA ha documentado que estos ecosistemas no solo funcionan como corredores biológicos, sino que también contribuyen a la regulación térmica y permiten la infiltración de miles de metros cúbicos de agua pluvial cada año. Actualmente, la ciudad cuenta con más de 800 barrancas, muchas de ellas en riesgo por invasión urbana y contaminación, lo que hace aún más urgente su rescate. Asimismo, la Secretaría de Obras y Servicios de la Ciudad de México ha impulsado infraestructura orientada a un manejo más sustentable del agua. Entre estas acciones destacan la instalación de sistemas de captación pluvial en viviendas y escuelas con capacidad de captar hasta 40 mil litros de agua de lluvia por temporada en un solo hogar, la rehabilitación del drenaje profundo y el mantenimiento de más de 12 mil kilómetros de red de drenaje. Estas medidas, aunque técnicas, tienen un impacto directo en la calidad de vida de millones de personas, especialmente en una ciudad donde las lluvias pueden alcanzar intensidades de más de 70 milímetros en pocas horas. Sin embargo, hay un componente que suele subestimarse: las prácticas cotidianas dentro de los hogares. Muchas veces, problemas como tuberías obstruidas o drenajes lentos derivan del uso excesivo de productos químicos agresivos que, además de dañar las instalaciones, terminan contaminando el agua. Frente a ello, han cobrado relevancia soluciones más simples y sostenibles que demuestran que la innovación no siempre implica complejidad. Por ejemplo, métodos domésticos basados en ingredientes comunes como combinaciones de agua caliente, bicarbonato y vinagre han demostrado ser eficaces para destapar cañerías sin recurrir a sustancias altamente contaminantes. Más allá de su aparente simplicidad, este tipo de prácticas reflejan un cambio de mentalidad: resolver problemas desde lo cotidiano, reduciendo el impacto ambiental y fomentando una cultura de cuidado del agua desde el hogar. Este tipo de acciones, aunque individuales, tienen un efecto acumulativo significativo. Cuando millones de personas adoptan hábitos más responsables, se reduce la presión sobre los sistemas de drenaje, se minimiza la contaminación y se alarga la vida útil de la infraestructura hidráulica. Es aquí donde lo doméstico se conecta directamente con lo estructural. Pero más allá de la infraestructura y las soluciones prácticas, el cambio más urgente es cultural. No podemos seguir viendo el agua como un recurso infinito ni como un problema que “alguien más” resolverá. La crisis hídrica es, en realidad, un reflejo de nuestras decisiones colectivas: cómo consumimos, cómo urbanizamos y cómo nos relacionamos con nuestro entorno. Desde el ámbito legislativo, tenemos la responsabilidad de fortalecer este cambio de paradigma. Esto implica impulsar marcos normativos que prioricen la gestión sustentable del agua, fomentar incentivos para la captación pluvial en viviendas y edificios públicos, y garantizar que los proyectos urbanos integren soluciones basadas en la naturaleza. También es indispensable reconocer que la justicia ambiental debe ser el eje de cualquier política pública. Las zonas con menor acceso a servicios son, muchas veces, las más vulnerables a los efectos del cambio climático. Atender esta desigualdad no es solo una cuestión técnica, sino ética. La Ciudad de México tiene el conocimiento institucional, las capacidades técnicas y el respaldo normativo para avanzar hacia un modelo más sustentable. Lo que necesitamos ahora es decisión, coordinación y, sobre todo, una visión de largo plazo. Cuidar el agua, recuperar nuestros ecosistemas y transformar nuestra relación con el medio ambiente no son tareas opcionales. Son, sin duda, la única vía para garantizar el futuro de esta ciudad que tanto amamos. Porque proteger nuestro entorno no es solo una responsabilidad de gobierno: es un compromiso compartido con las generaciones que vienen.