Bernardo de Balbuena y el Metro

21 de Abril de 2026

Bernardo de Balbuena y el Metro

Rubén Moreira Valdez

Rubén Moreira Valdez.

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EjeCentral

Un día sí y otro también, el sistema de transporte conocido como Metro deja a un buen número de usuarios parados en una esquina a la espera de auxilio para llegar a su destino. Simone de Beauvoir, feminista y filósofa, tenía una frase indispensable para estos momentos: “Lo más escandaloso del escándalo es que uno se acostumbra”, y eso sucede con los sinsabores que nos deja lo que hace décadas era orgullo de nuestra modernidad: el tren naranja que se extendió por la ciudad desde el sexenio de Díaz Ordaz.

La Ciudad de México se fundó en 1325 por los aztecas y, en los términos de Francisco de la Maza, se refundó en 1521 por los españoles. El alarife Alonso García Bravo hizo la traza según los principios renacentistas y el diseño de las calles de la antigua Tenochtitlán. En un principio, las moradas de los peninsulares eran pequeñas fortalezas con muros, fosos y almenas. El miedo no anda en burro y, después de la matazón que hicieron, no eran para menos las providencias que se tomaron al respecto.

El primero de octubre de 2018, por instrucciones del gobierno de la ciudad, se retiraron en varias estaciones las placas que contenían el nombre de Gustavo Díaz Ordaz, presidente que inauguró las primeras líneas del servicio, las cuales, por cierto, siguen en funciones. En 2021 se derrumbó la Línea 12 y murieron 26 personas. La única no construida en tiempos del PRI. Hoy es muy común saber de accidentes o de fallas en el servicio. Inundaciones, cortes del suministro eléctrico, explosiones, nubes de humo, choques y un sinfín de incidentes son tema de todos los días.

No queda duda de que en Morena hay una facilidad notable para construir narrativas y pretextos. Entre los segundos destaca culpar al pasado. Sin embargo, en el caso concreto, el pasado lo constituyen los gobiernos de connotados miembros de la nomenclatura guinda, entre ellos el propio López Obrador y Marcelo Ebrard.

Bernardo de Balbuena, en términos de la sapiencia morenista, quedaría clasificado como un mocho gachupín. Murió como obispo de Puerto Rico, conoció el Anáhuac y su lugar de nacimiento fue Valdepeñas, España, en 1562. De su pluma, el famoso poema Grandeza Mexicana, en el cual se predice: “Toda ella en llamas de belleza se arde/y se ve como fénix renovado/crezcas al cielo, en mil siglos te guarde”.

López Obrador es el mitómano que engañó a una nación; es el mismo que por alguna oscura razón despreciaba la ciencia e incluso las recomendaciones técnicas. En su delirio de poder, canalizó recursos de la capital al inútil Tren Maya y al inoperante Interoceánico. El costo del primero es equivalente al de cinco líneas del metro, suficientes para trasladar a millones de personas.

“De la famosa México, el asiento”, así inicia el poema de Balbuena, que en aquellos años sirvió para cantar la belleza de la ciudad más importante del Nuevo Mundo y centro geográfico de la hispanidad. No pocos vinieron a lo que hoy es la patria bajo la influencia de las letras del manchego. Más cuando encontraron la afirmación: la ciudad más rica, que el mundo goza en cuanto el sol rodea.

Quinientos años después hay una confusión terrible: Colón fue defenestrado por un descendiente de cántabros y se glorifica a los aztecas en detrimento de los tlaxcaltecas. Además, exigimos a los castellanos una disculpa por su “invasión”, cuando, en todo caso, perdimos la mitad del territorio que nos “heredaron”. Para colmo, esa secta que hoy se hace llamar Morena, desde hace más de treinta años se ha empecinado en menguar la grandeza de nuestra metrópoli. Que, por cierto, ya no es la más importante del continente y menos el centro del mundo.

¿Qué diría Balbuena de nuestra necia terquedad de no aceptar un glorioso pasado?