México es un gran país y su territorio, aun después del saqueo del siglo XIX, sigue siendo inmenso. Hay porciones que, por las condiciones de clima y orografía, se encuentran poco pobladas. En la cartografía que usaba en la escuela primaria, gustaba de encontrar esos lugares y soñar cómo eran.
En Coahuila, el municipio de Ocampo tiene 22 mil kilómetros cuadrados. Por lo tanto, es mayor que el Estado de México; sin embargo, no rebasa los 19 mil habitantes y buena parte de su territorio se encuentra en comunidades aisladas y remotas. Las zonas de cultivo de la entidad se concentran en otras regiones y, entre ellas, destaca la Comarca Lagunera, un emporio agrícola y ganadero que, gracias a las aguas del Nazas y al empeño de su gente, es líder en muchos productos del campo.
Lázaro Cárdenas y el reparto agrario le dieron un impulso inicial a la actividad económica, mediante el cual miles de campesinos se vieron beneficiados. Pero la tierra fértil no es infinita y, al final, no alcanzó para hacer todas las dotaciones requeridas. Mujeres y hombres diestros en las labores del campo se quedaban sin poder realizar sus vidas. Por otra parte, en el lejano sur, cerca de la frontera con Guatemala, en el territorio de Campeche, la tierra requería manos para ser cultivada.
En un texto de Editorial Diana hay un párrafo que dice:
“El 19 de marzo de 1963, por las aguas del río Candelaria, en el extremo sur de México, navegaba un convoy de lancheros que conducía a 507 campesinos, algunos ingenieros, un arquitecto, un médico, dos o tres artesanos y un político.
Para los campesinos era el final de un viaje de 3,000 kilómetros, desde el norte de la República, y veían por primera vez aquella selva imponente que, según pretendía el político loco que los había conducido hasta allá, habría de ser su nuevo ambiente por el resto de sus vidas, su tierra de promisión”.
Las líneas las escribió el legendario Abel Quezada y son parte del prólogo del libro Del desierto a la selva. Es la epopeya de quienes poblaron la selva en un lugar de condiciones naturales muy distintas a las de su lugar de origen y asumieron un nuevo destino para sus familias. Francisco López Serrano, entonces secretario general de Nuevos Centros de Población Ejidal y Terrenos Nacionales, y persona de gran experiencia, fue el encargado de llevar a cabo la tarea y es el autor del libro.
Ese funcionario era originario de Coahuila, abogado, exsecretario de Gobierno de su estado, historiador y escritor, a quien Quezada describe de la siguiente manera: “Fuerte como un toro; de nariz y mentón cuadrado, con un cuerpo como de tronco de nogal… La empresa de colonizar la selva no pudo estar en manos más apropiadas. Fanático de la honestidad y trabajador compulsivo, su energía mecánica como de tractor, y su capacidad para convencer, organizar y dirigir gente, eran de la misma alcurnia de los conquistadores del siglo XVI”.
En 2013 fui invitado a conmemorar el 50 aniversario de la gesta. Gracias a Fernando Ortega Bernés, quien era gobernador de Campeche, conocí ese pedazo de patria. Mis ojos se llenaron de lágrimas al ver a mis paisanos recordar su tierra de origen y, sin perder el orgullo de su nueva ciudadanía, practicar nuestras tradiciones.
He vuelto en varias ocasiones al municipio de Candelaria y, en particular, a Nuevo Coahuila, uno de los varios pueblos que se fundaron con aquellos migrantes norteños. Me siento muy orgulloso de mi patria chica y de ser mexicano, pero también de los logros de los gobiernos de la Revolución y de personajes como Pancho López Serrano.