La soberanía tiene precio

14 de Julio de 2026

La soberanía tiene precio

Julieta Mendoza - columna

Durante décadas, la soberanía de México frente a Estados Unidos fue un concepto casi ceremonial: se invocaba en discursos oficiales, pero rara vez era puesta a prueba de manera tan constante como ocurre hoy. Sin embargo, el gobierno de Donald Trump ha devuelto ese principio al centro del debate nacional. Ya no se trata únicamente de defender una postura diplomática, ahora la soberanía se mide en decisiones concretas sobre seguridad, migración, comercio y cooperación bilateral.

En las últimas semanas, la relación entre ambos países ha acumulado episodios que ilustran esa nueva realidad. La Fiscalía General de la República sostiene que las autoridades estadounidenses no han entregado información suficiente sobre la captura y traslado de Ismael “El Mayo” Zambada, mientras el gobierno mexicano exige mayor claridad sobre la participación de agencias de ese país en un caso que impacta directamente la seguridad nacional. Paralelamente, las muertes de ciudadanos mexicanos durante operativos y bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) han llevado a la administración de Claudia Sheinbaum a anunciar acciones legales y diplomáticas para exigir responsabilidades y protección a los connacionales.

Ninguno de estos hechos puede analizarse de manera aislada. Forman parte de una relación bilateral que atraviesa uno de sus momentos más complejos desde la renegociación del T-MEC. Trump ha retomado una estrategia que combina presión política, amenazas comerciales y una narrativa de seguridad nacional en la que México ocupa un lugar central. El combate al narcotráfico, el tráfico de fentanilo y la migración irregular se han convertido nuevamente en los ejes desde los cuales Washington busca redefinir las condiciones de la cooperación.

Para México, el desafío es evidente. Defender la soberanía implica exigir respeto a sus instituciones y al debido intercambio de información entre gobiernos, pero también reconocer la enorme interdependencia con Estados Unidos. Más del 80% de las exportaciones mexicanas tienen como destino ese mercado; millones de empleos dependen del comercio bilateral y el T-MEC continúa siendo la principal plataforma para la competitividad de América del Norte. En ese contexto, cualquier escalada política tiene consecuencias económicas inmediatas.

El margen del gobierno mexico es, por ello, mucho más estrecho de lo que sugieren los discursos. Una respuesta excesivamente confrontativa podría afectar la confianza de los inversionistas justo cuando México busca consolidarse como destino estratégico del fenómeno de relocalización de empresas o nearshoring. Pero una actitud demasiado complaciente alimentaría la percepción de que las decisiones sobre seguridad y política migratoria se toman más en Washington que en la Ciudad de México.

La paradoja es que ambos gobiernos necesitan cooperar más que nunca. Estados Unidos requiere de México para contener los flujos migratorios, asegurar las cadenas de suministro y enfrentar a las organizaciones criminales transnacionales. México, por su parte, necesita preservar el acceso preferencial al mercado estadounidense, mantener el dinamismo exportador y garantizar que la próxima revisión del T-MEC se desarrolle en un ambiente de certidumbre. La cooperación, sin embargo, sólo es sostenible cuando existe confianza, y hoy ese capital político parece desgastarse con rapidez.

La relación entre México y Estados Unidos ha entrado en una etapa en la que la soberanía dejó de ser un concepto retórico para convertirse en un activo estratégico. Cada diferendo en materia de seguridad, comercio o migración pone a prueba la capacidad del Estado mexicano para defender sus intereses sin renunciar a una cooperación que resulta indispensable. Ese delicado equilibrio definirá buena parte de la agenda bilateral en los próximos años.

En la nueva geopolítica de América del Norte, la soberanía no se proclama: se ejerce. Y ejercerla exige inteligencia, estrategia y la convicción de que una relación entre socios sólo puede sostenerse sobre el respeto mutuo, nunca sobre la subordinación.