Cual sea el delito ya tienes permiso

23 de Abril de 2026

Cual sea el delito ya tienes permiso

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En México la palabra impunidad parece hábito de nuestro lenguaje de diario, quizás el concepto para puntualizar cualquier tipo de conversación al hablar del país, pero más allá de todo eso, se ha convertido en esa sensación que nos rodea para muchos con inseguridad y para otros por el contrario, podría ser motivación al tener presente de que aquí puedes hacer algo y probablemente no te va a pasar nada.

Y cuando esa sensación deja de ser una sospecha y se convierte en certeza, entonces ya no estamos hablando de una falla del sistema, sino de una forma de vivir dentro de él.

Por eso, lo que pasó en Teotihuacán pesa más de lo que parece. Porque sí, podemos discutir si hay o no un patrón, si existe o no un agresor, si todo viene de casos aislados que alguien decidió conectar, pero la verdad es que esa discusión se queda corta frente a lo incómodo que resulta que la historia suena creíble.

Durante mucho tiempo la violencia aquí tuvo ciertas reglas, o al menos así nos acostumbramos a entenderla. Estaba asociada a estructuras, a organizaciones, a disputas específicas, y aunque era brutal, también tenía una lógica que nos permitía de alguna forma, ubicarla. Sabías más o menos de dónde venía el riesgo, y en qué contextos o bajo qué códigos.

Pero poco a poco eso se fue diluyendo, y lo que quedó no fue un país más seguro, sino un país donde la violencia ya no necesita una mejor explicación para existir.

Con el caso de Teotihuacán, empiezan a aparecer formas de violencia que antes sentíamos más lejanas, más ajenas, más “de otros lados”, como estos perfiles individuales, persistentes, casi invisibles, que no responden necesariamente a una estructura grande, sino a algo mucho más básico pero sumamente aterrador.

Porque al final todo regresa a lo mismo, a esa idea incómoda de que en México la consecuencia es la excepción, no la regla.

Y cuando eso se instala, no se queda en las grandes ligas del crimen, no se limita al narcotráfico ni a las redes organizadas; sino que baja, se filtra, se vuelve cotidiana, casi accesible, y entonces ya no es solo un tipo de actor el que opera con esa lógica, sino cualquiera que entienda que el sistema no alcanza.

Ahora el miedo también cambia de forma, deja de estar concentrado y se vuelve difuso, deja de tener rostro claro y se convierte en posibilidad constante, en esa sensación rara de que no sabes exactamente de dónde viene el riesgo, pero sabes que está ahí.

Por eso insistir en si hay o no un “asesino” termina siendo casi una distracción, porque incluso si no lo hay, incluso si todo se reduce a casos no conectados, el fondo sigue intacto, y el fondo es este: vivimos en un entorno donde cada vez es más fácil imaginar que alguien puede hacer algo así… y salirse con la suya.

Y eso, más que cualquier titular, es lo verdaderamente grave.

Porque en ese punto la impunidad deja de ser un problema del sistema de justicia y se convierte en una condición del país, en algo que moldea comportamientos, que ajusta límites, que redefine lo posible.

Así que la pregunta ya no es quién lo hizo, ni cuántos casos hay, o todos los enigmas referente al actuar de la mente criminal, sino, por qué alguien siente que puede hacerlo.

Y la respuesta peca en la simpleza: porque sabe que puede, que las probabilidades de que algo pase después son mínimas, que las autoridades le permitirán el tiempo suficiente para terminar el acto criminal, que difícilmente habrá una reacción inmediata, que la investigación puede diluirse y que la consecuencia, si llega, llega tarde.

Y en ese margen es donde todo empieza a expandirse.

Por eso esto no va de un caso nuevo, sino de una etapa nueva; de un país donde la violencia ya no solo se organiza, sino que también se dispersa. Donde ya no solo responde a estructuras, sino también a individuos que operan con la misma lógica del “no pasa nada”.

Entonces puede que ahora lo más duro de aceptar es que lo que antes nos habría parecido impensable, hoy simplemente nos parece posible.

¿Estamos acaso en un país donde lo peor ya no sorprende?. conocemos esa respuesta. Pero entonces el problema nunca fue quien comete el delito, sino que el permiso ya estaba dado.