En los más tiernos albores de mi infancia, mi abuelo conducía -sin exceder los 90 km/h, porque según decía él, era el límite aprobado en EU con sus 55 mph- un Cadillac de1960, que como signo distintivo llevaba unas aletas dorsales sobre las salpicaderas traseras como se estilaba en algunos modelos de aquella época, como el Chevrolet Impala, el Ford Thunderbird o el Chevrolet Bel Air. La imagen se me quedó grabada a sangre y fuego en la memoria hasta el día de hoy, señal de que, de alguna extraña manera, su diseño impregnó mi mente. Lo cierto es que mis hermanos y yo, propensos al desmadre habitual, decidimos bautizarlo como “el barco platanero”, a saber, por qué, porque creo que ni siquiera habíamos visto un buque de esas características en nuestra vida.
Las aletas sobre las salpicaderas abanderaron una época en la que la carrera espacial entre norteamericanos y soviéticos estaba por todo lo alto; figuras estilizadas, colores metálicos crudos y formas que se suponía, debían favorecer el desempeño del coche, empezaron a dominar un diseño que de pronto se acercaba más a un cohete que a un auto. Y aunque se vieron muchas por las calles, afortunadamente -hoy lo puedo decir abiertamente- fue una exquisitez que no prosperó mas allá de su empuje inicial.
Allende de una moda pasajera, el diseño automotriz siempre se ha desarrollado en función de las exigencias del mercado, cualquiera que este sea. Así, podemos atestiguar cómo firmas tan representativas a nivel mundial han mutado -no siempre exitosamente- en diseños queridos/odiados:Ese frente dientón de los nuevos BMWs provocado por los gustos de un mercado creciente en China; o el controvertido diseño que más parece un iPhone que un auto deportivo italiano de Ferrari, derivado de una terrible decisión al interior de Maranello y que según tengo entendido que por aplicar la misma medida que Disney Studios con su Sirenita de color, le hizo rodar la cabeza al responsable; o las luces frontales alargadas y las líneas suavizadas de los modelos más recientes de diversas marcas, una vez más supeditadas a un mercado brutal en tamaño y gustos.
Lo que es un hecho es que no todos esos experimentos conducen a buen puerto y aunque de unos años para acá solo hemos visto el principio de un nuevo lenguaje de diseño, conviene repasar someramente los elementos que orientan estos cambios: ¿Has notado, querido cuajinauta, que por principio, los gustos del mercado oriental rigen el movimiento del diseño contemporáneo? O que en ese afán de ser inclusivo, ¿El diseño se desfigura al grado de convertirse en cualquier cosa? El vendedor siempre busca complacer al comprador, pero una cosa es buscar encajar en una tendencia con tu diseño y otra totalmente diferente es olvidar por completo los fundamentos que te han puesto en donde estás hoy, y conviene recordarlo o corres el riesgo de terminar viajando en un barco platanero.