Febrero posee una claridad peculiar. Es una luz oblicua que se desliza sobre la cantera del Centro Histórico y parece revelar las texturas secretas de los edificios. Bajo esa transparencia, el Palacio de Minería adquiere una nitidez distinta, como si su geometría neoclásica emergiera del tiempo para recordar que la ciudad fue pensada alguna vez desde la proporción y la belleza. La Feria Internacional del Libro, que cada año ocupa sus salones, es apenas el pretexto para volver a entrar en la gran obra y descifrar lo que Manuel Tolsá dejó escrito en la piedra.
En el Salón de Actos, el rector de la UNAM, Leonardo Lomelí Vanegas, declaró abierta la edición 47 de la feria. A su lado, la jefa de Gobierno Clara Brugada, evocó a la capital como ciudad literaria, territorio donde las novelas han aprendido a dialogar con las calles. La escena recordó que universidad y ciudad comparten una antigua alianza: la del conocimiento como bien público.
Antes de cruzar el umbral sobre Tacuba 5, la ciudad ofrecía su concierto habitual: pregones, motores, conversaciones entrecortadas. Pero al atravesar el portón, el sonido se vuelve eco y el aire adquiere la frescura de los edificios que han aprendido a guardar memoria. Hay construcciones que imponen y otras que acogen; Minería logra ambas cosas. Su fachada sobria, levantada a finales del siglo XVIII, parece una lección del justo equilibrio: ni exceso ni ornamento gratuito, solo proporción y una serenidad que expresa la confianza en la luz de la ciencia y la razón.
El encanto es doble: visitar la feria y habitar el recinto. Algunos llegan en busca de un título, otros por la curiosidad de recorrer el edificio, pero la experiencia verdadera comienza al subir la escalera monumental. El ascenso posee una lentitud casi litúrgica. La luz cae desde los patios interiores, los pasos resuenan sobre la piedra lisa y el visitante comprende que el palacio no se recorre: se contempla como quien lee un libro antiguo cuyas páginas son columnas, muros y ventanales.
Cuando viajeros del siglo XIX nombraron a la capital la Ciudad de los Palacios, no describían solo su suntuosidad, sino un proyecto cultural. Palacios para el poder público, para el culto religioso y para la vida civil. En ese mapa, Minería ocupó una posición discreta y esencial: no es el palacio de la autoridad ni del espectáculo, sino el del conocimiento. Nacido como Real Seminario de Minería, el recinto encarnaba la ambición de formar ingenieros capaces de comprender las leyes de la tierra y traducir la riqueza mineral en progreso de la ciencia y de la humanidad.
Tolsá concibió el edificio como una geometría de claridad. Sus patios invitan a la contemplación y la escalera sugiere un ascenso simbólico: cada peldaño recuerda que el saber implica elevación. Con el tiempo, el seminario se integró a la vida universitaria y terminó por convertirse en sede de encuentros culturales. La feria del libro prolonga esa vocación original: la conversación como método y la palabra como instrumento de transmisión del conocimiento.
Durante estos días, los libros ocupan cientos de mesas y corredores. En el salón Rectores, Jorge Pedro Uribe Llamas habló de su último libro “México, mito de siete siglos”, mientras Héctor de Mauleón evocó la ciudad como palimpsesto. La escena fue suficiente para revelar la continuidad del antiguo seminario: el conocimiento para quienes se atrevieron a subir la escalera.
Sin embargo, la imagen más reveladora ocurre lejos de los reflectores. Un joven, un aprendiz de alguna de las ciencias o artes, se detiene junto a una columna con un libro recién adquirido. Lo abre con la timidez de quien inicia una conversación íntima. En ese gesto mínimo se reconcilian pasado y futuro. El edificio que nació para formar ingenieros vuelve a convocar jóvenes que buscan respuestas en las páginas impresas. La feria concluirá y los estantes desaparecerán, pero la memoria de esas presencias quedará adherida a la cantera.
Cuando la feria se retira y la cantera recupera su silencio, la escalera permanece. Nadie la escucha, pero sigue convocando. Cada lector que la sube prolonga una tradición invisible: la de quienes han entendido que el conocimiento no se encuentra de golpe, sino paso a paso. En el Palacio de Minería, como en la ciudad misma, siempre queda un peldaño simbólico por ascender en la ruta del conocimiento.