No pensaba reseñar Digger esta semana porque, según yo, no hay ninguna prisa por hablar de una película como esta. Sin embargo, los mexicanos han mostrado tales ganas de opinar (aún cuando no la han visto) que, si no lo hago ahora, después será muy tarde. Tengo mucho qué decir y, al mismo tiempo, no quisiera dedicarle más de lo que cabe en un tuit. Soy de la idea de que sobreanalizar el trabajo de Alejandro González Iñárritu no tiene caso.
Cuando reseño una película, trato de ponerme en el lugar del consumidor. Por eso, insisto en que hay producciones que pertenecen a otro tipo de espacios. Esto también refuerza mi argumento de que al público no se le debe mentir, porque les prometieron una comedia y lo que les dieron fue un sermón. Para bien o para mal, Digger es una pieza de arte que podría exhibirse en un museo. Algo así como el Manifesto de Julian Rosefeldt, protagonizado por Cate Blanchett, que actualmente se muestra en el MUAC.
A Digger no le falta humor. En el estricto sentido de la palabra, diría que hasta le sobra. Lo que no hay son carcajadas. La tercera, en lo que ahora parece su trilogía del ego (junto a Birdman y Bardo), podría ser para Iñárritu la caída de gracia en Hollywood, como le pasó recientemente a Francis Ford Coppola con Megalópolis, otra historia que pretendía criticar la megalomanía de los poderosos.
Digger no ha gustado a los críticos -ni al público- en Estados Unidos. Era de esperarse, pues se siente como un ataque directo a los valores de esa nación y una crítica (demasiado burda) al gobierno de Donald Trump. Falta ver si el músculo de Tom Cruise es lo suficientemente fuerte para apaciguar a los miembros de la Academia y lograr algunas nominaciones al Oscar. A fin de cuentas, Digger es un vehículo de lucimiento para su carisma y talentos, dándole todas las herramientas (literalmente, hasta una pala) para trasladar sus habilidades como héroe de acción a la comedia física.
Jamás imaginé que diría algo así pero, “en defensa” de Alejandro González Iñárritu, Digger pone a su público en muy alta estima, asumiendo que este tipo de sátira desaforada es lo que ellos quieren ver. También, hay por ahí una reflexión que reconoce como inútil cualquier intento por cambiar el gusto de las masas. El artista hará lo que le nazca y el público verá lo que quiera. El muy sobado discurso de que “dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo”.
Para los escépticos de Iñárritu, Digger también viene a confirmar la razón de nuestra desconfianza. El director mexicano vuelve a tomar prestado de otros directores y (de la mano del paisano Emmanuel Lubezki) presenta un derroche de imágenes imponentes que van de Dr. Strangelove de Stanley Kubrick y Network de Sidney Lumet (otra vez), hasta The Phoenician Scheme de Wes Anderson y Synecdoche, New York de Charlie Kaufman.
Al momento, las críticas que Iñárritu está recibiendo son las peores de toda su carrera. Quizá el único que se ría con los chistes de Digger sea Francis Ford Coppola, al ver que el director mexicano ha decidido morir en la misma colina que él. Si acaso alguna vez un museo proyectara Digger en sus instalaciones, sinceramente espero que antes consideren mostrar el trabajo de todos aquellos directores de donde Iñárritu tomó atajo.