Hay historias que indignan. Y hay otras que, además de indignar, obligan a preguntarnos qué estamos haciendo mal como sociedad.
Lo ocurrido en Cornell es una de ellas.
Una joven denunció que siete estudiantes abusaron sexualmente de ella durante siete horas, hasta que ya no podía ni moverse.
Pero hay algo todavía más escalofriante: en un chat de la fraternidad con 57 jóvenes se compartía lo que ocurría como si fuera una oportunidad o un chiste.
Nadie dijo: “paren”. Nadie pidió ayuda. Nadie denunció. Siete horas destruyendo la vida de una joven mientras decenas de universitarios permanecían en silencio y otros se burlaban o alentaban lo que ocurría. Increíble.
Después vino la respuesta de la universidad: dos estudiantes expulsados y otros suspendidos. ¿Y parte de la sanción? Escribir un ensayo. ¡Un ensayo! La joven denunció además que parecía pesar más la preocupación por no desprestigiar el nombre de Cornell que la gravedad de lo que había vivido. En una universidad así, copiar en un examen puede tener consecuencias académicas más severas.
Y aparecen las preguntas de siempre: ¿había tomado?, ¿qué ropa llevaba?, ¿por qué fue?, ¿estaba drogada?
¿En serio alguien cree que alguna respuesta cambia la gravedad de lo sucedido?
Pues no. ¡No! Una mujer puede estar borracha. Puede usar la ropa más sexy que quiera. Puede salir de noche, bailar, coquetear, besar o incluso seducir a alguien y cambiar de opinión un segundo antes.
Nada de eso significa “sí”. ¡Nada! Estar inconsciente, no poder moverse o guardar silencio tampoco significa “sí”.
Después de denunciar, la joven tuvo que regresar a la universidad y encontrarse con sus presuntos agresores. No pudo soportarlo y pidió que le reembolsaran la colegiatura. ¿Y qué le respondió Cornell? Que no. Lo pagado, pagado.
Esto no ocurre solamente en Estados Unidos. En Perú, hace apenas unas semanas, un adolescente de 16 años denunció haber sido agredido sexualmente en grupo dentro de un autobús cuando regresaba de un campeonato de futsal. Según su testimonio, varios compañeros lo inmovilizaron y uno lo agredió con un palo de escoba. Él gritó que pararan.
En el autobús viajaban también adultos responsables de los estudiantes y nadie detuvo lo que estaba ocurriendo. Seis adolescentes fueron enviados a un centro juvenil con cuatro meses de internamiento preventivo mientras continúa el proceso. Mientras tanto, a la víctima le cambiaron la vida para siempre.
En México también conocemos historias que se vuelven símbolos de privilegios, influencias y procesos judiciales cuestionados. Ahí está el caso de Los Porkys, en Veracruz: cuatro jóvenes señalados por el abuso sexual de una menor, en un expediente que durante años estuvo marcado por polémicas judiciales y cuestionamientos sobre el acceso a la justicia.
Los países cambian, pero se repiten los silencios y las víctimas que deben luchar también contra sistemas empeñados en cuestionarlas.
Sí. Lamentablemente tenemos que enseñar a las mujeres a tener cuidado. No tomes demasiado. No regreses sola. No aceptes bebidas. Mándame tu ubicación. Avísame cuando llegues. No confíes.
¿Pero cuándo empezamos a enseñar con la misma insistencia a los hombres a respetar?
A entender que una mujer borracha no es una oportunidad. Que una persona vulnerable no es una invitación. Que tener dinero, apellido o influencias no convierte el cuerpo de otra persona en territorio disponible.
También tenemos que educar a quienes observan. ¿Qué le pasa a la gente que ve una injusticia frente a sus narices y no hace nada? ¿Dónde están la empatía, los valores, la conciencia?
Porque decenas de personas en un chat no pueden convertirse en espectadores. Porque un adulto dentro de un autobús no puede voltear hacia otro lado. Guardar silencio también permite que estas conductas continúen.
No se trata solamente de enseñarles a las niñas cómo evitar ser víctimas. Se trata de enseñarles a los hombres —y a toda la humanidad— que el cuerpo ajeno se respeta.
Y a las autoridades, algo elemental: la justicia debe aplicarse igual para todos, sin importar apellido, dinero o poder.
Porque “no” no necesita explicaciones ni justificaciones.
“No” es “no”.