“La religión de cada hombre debe dejarse a la convicción y a la conciencia de cada hombre.”
El viernes 11 de septiembre de 2026, mientras la comunidad judía de México se disponía a recibir Rosh Hashaná un grupo de personas se concentró en avenida Presidente Masaryk, en Polanco, frente a la sinagoga Maguén David, gritaron: “fuera judíos de México”, portaban banderas palestinas y mantas que llamaban al boicot de “empresas judías”. El escenario no fue unea embajada, fue un templo, el destinatario no fue un gobierno extranjero, fueron ciudadanos mexicanos.
Eso no es solidaridad con Palestina, ni crítica a Israel, es antisemitismo. Se puede discutir sobre la guerra en Medio Oriente, las decisiones del gobierno israelí, el sufrimiento de civiles palestinos y el derecho internacional, pero nada de eso autoriza a señalar a una comunidad religiosa mexicana, a hostigarla frente a su lugar de culto y a exigirle que se vaya del país que también es el suyo, quien confunde ambas cosas no está defendiendo una causa: está usando una causa para legitimar un prejuicio antiguo.
México no es un país extraño para los judíos, hay familias cuyos antepasados llegaron de Alepo y Damasco; otras, de Europa y su visibilidad no debería convertirse en blanco, y mucho menos merecen que, en la víspera de su fiesta más solemne, le griten esa clase de consignas.
La libertad de expresión no puede servir de coartada para la intimidación, ni para la incitación al odio o el hostigamiento de una comunidad frente a sus lugares de culto. Manifestarse es un derecho, pero amenazar, estigmatizar y señalar a personas por su fe, no, eso es una ofensa y una provocación.
La respuesta institucional importa, el Comité Central de la Comunidad Judía de México denunció las consignas y reconoció que las autoridades intervinieron para impedir que el acto escalara a violencia. La Conferencia del Episcopado Mexicano expresó solidaridad y rechazó las manifestaciones como “del todo inaceptables” y la jefa de Gobierno de la Ciudad de México afirmó que en la capital “no hay lugar para el antisemitismo”. Voces de la sociedad civil, periodistas, diputados y organismos ciudadanos se sumaron y aunque esto es justo y necesario, no basta. Condenar después no sustituye prevenir, investigar quién convocó, quién financió, quién organizó el traslado y por qué se eligió justamente el umbral de una festividad sagrada.
Frenar el aumento del antisemitismo no es un favor a “una comunidad”, es necesario ante un incremento de la violencia que se vive en el país. El odio rara vez se detiene en su primera víctima. La historia nos lo ha enseñado una y otra vez, empieza con una consigna que “solo era una protesta” y termina cuando la sociedad ya no distingue entre disentir y deshumanizar.
En momentos tan complejos, con una guerra que desgarra conciencias, con redes que premian la furia y con una polarización que convierte cada tragedia en munición, se debe decir, sin miedo, no a la discriminación. No debemos normalizar los discursos de odio, porque normalizarlos es el primer paso para repetirlos, después justificarlos y finalmente hacerlos cotidianos.
México puede, y debe albergar el debate sobre política internacional, lo que no puede albergar es el odio y el rencor hacia cualquier comunidad, los judíos de este país no están de visita, están en su casa. Quien les grita “fuera” está hablando de exclusión, y la exclusión, cuando se pronuncia frente a una sinagoga en Rosh Hashaná, no merece matices, merece un no claro y sostenido.
Decir no al antisemitismo no empobrece la causa palestina; una democracia que no protege a sus connacionales en sus días sagrados no está defendiendo la libertad; rechazar el odio y la violencia es una decisión ética, cívica y política que una sociedad debe renovar cada vez que el rencor se disfraza de causa.
El odio no nace ya armado; empieza en la palabra que deshumaniza, en la consigna que convierte a un vecino en enemigo, en la calle que deja de ser espacio público para volverse escenario de expulsión. Cuando se grita contra una comunidad por su fe, lo que se está cultivando no es justicia, sino una semilla antigua de exclusión; la paz no se improvisa después del daño; se defiende y se trabaja día con día.