¿Quién sostiene a los que nos sostuvieron?

6 de Octubre de 2026

¿Quién sostiene a los que nos sostuvieron?

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Rosalinda De León Zamora.

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Foto: EjeCentral

Hay películas que, entre risas y muchos enredos, nos ponen a reflexionar sobre la situación de nuestra propia familia. En “El viaje de la Nonna”, una abuela mexicana desea viajar a Italia, la tierra de su difunto esposo, acompañada de toda su familia, y ellos se confabulan para cumplir ese deseo, con una “mentirilla blanca” y un viaje simulado. Recordar esta cinta, en cuyo elenco participó Concepción “Conchita” Márquez (1942-2026), permite mirar hacia quienes envejecen a nuestro lado y preguntarnos cómo los estamos acompañando.

Fuera de la pantalla, las necesidades pueden ser menos extraordinarias: pagar una consulta, comprar medicamentos, tener comida suficiente o conservar un lugar seguro donde vivir. A veces, mamá dice que está bien para no preocupar a nadie. Papá asegura que todavía puede arreglárselas. Y la familia sigue con su rutina, sin advertir que detrás de esas palabras hay gastos que no se alcanzan a cubrir.

Cuando hablamos de pensión alimenticia, solemos pensar en niñas, niños y adolescentes que reciben apoyo de sus padres. Sin embargo, la protección familiar también puede dirigirse hacia las generaciones anteriores: los padres pueden necesitar que sus hijos les provean y, bajo determinadas condiciones, incluso sus nietos. Es una realidad que merece explicarse, porque pedir ayuda para subsistir no es una vergüenza.

En la Ciudad de México, el artículo 301 del Código Civil establece la reciprocidad de la obligación alimentaria, mientras que el artículo 304 dispone que los hijos deben proporcionar alimentos a sus padres. Sólo ante su falta o imposibilidad, la obligación puede corresponder a los descendientes más próximos en grado. Los nietos no quedan obligados automáticamente: debe atenderse el orden que establece la ley .

Los “alimentos legales” no se limitan a la comida, también comprenden vestido, vivienda, atención médica y hospitalaria. Tratándose de personas mayores sin capacidad económica, la ley incluye además la atención geriátrica, es decir, la atención especializada que puedan requerir por su edad. Los alimentos se fijan tomando en cuenta dos aspectos: las necesidades de quien recibe los alimentos y las posibilidades económicas de quien debe proporcionarlos, si existen varios familiares obligados, la aportación puede distribuirse entre ellos de manera proporcional.

¿Cuánto cuesta realmente que mamá o papá vivan con tranquilidad? ¿Quién está pagando las consultas? ¿Quién conoce sus necesidades? Hablar de estos asuntos permite dejar de suponer que alguien más se está haciendo cargo, y ayuda a reconocer el esfuerzo de la persona que lleva meses resolviendo.

Pensemos en una familia donde una hija acompaña a su madre al médico, organiza sus medicamentos y cubre lo que falta para el gasto; sus hermanos la llaman para preguntar cómo sigue, aunque rara vez preguntan cómo pueden ayudar. El problema crece cuando ese apoyo se da por hecho. La disponibilidad de una persona termina convirtiéndose en una responsabilidad silenciosa que nadie parece ver.

La respuesta familiar empieza por escuchar. Las personas mayores tienen una historia, preferencias y una voz que merece espacio. Necesitar apoyo económico no borra su vida, podemos hablar de gastos y cuidados sin hablar de ellas como si estuvieran ausentes, incluso cuando se encuentran sentadas en la misma mesa.

La reciprocidad tampoco debería presentarse como una factura por la crianza. La vida familiar no es una cuenta donde se suman sacrificios para cobrarlos años después. Su sentido está en reconocer que las necesidades cambian y que la solidaridad puede recorrer distintas direcciones. Quien antes ayudaba puede necesitar ayuda; quien fue sostenido puede encontrarse ahora en condiciones de sostener, así lo confirma la ley.

Envejecer no debería significar aprender a pedir permiso para necesitar. Ninguna madre, ningún padre o abuelo tendría que elegir entre comprar sus medicinas y pagar su comida mientras quienes pueden apoyarlo dan por hecho que todavía puede arreglárselas. La solidaridad familiar se hace visible cuando las necesidades dejan de ser ignoradas y encuentran una respuesta. Los derechos no se jubilan, la dignidad no envejece y necesitar ayuda nunca debería ser motivo de vergüenza.