Teotihuacán, de México para el mundo

22 de Abril de 2026

Teotihuacán, de México para el mundo

Pablo Reinah columnista

Más de veinte detonaciones rompieron el silencio milenario de la Pirámide de la Luna. Un hombre armado subió hasta la cima, abrió fuego contra turistas que admiraban una de las maravillas arqueológicas más visitadas del país y mató a una mujer canadiense. Hirió a otras trece personas —entre ellas niños de seis y trece años— de Canadá, Estados Unidos, Colombia, Brasil y Rusia. Luego se suicidó. Teotihuacán, joya que cada año recibe a millones de visitantes de todo el planeta, quedó cerrada indefinidamente. No fue un accidente. Fue el primer tiroteo de este tipo en la historia del sitio. Y ocurrió a solo dos meses del Mundial de Fútbol 2026, cuando México se prepara para recibir a cinco millones de turistas solo por el torneo.

La imagen que se proyecta al mundo es devastadora. No se trata de un barrio marginal ni de una zona de conflicto remoto. Fue en el corazón mismo del turismo cultural mexicano, ante los ojos de extranjeros que vinieron a conocer nuestra grandeza prehispánica y de recuerdo se llevan balas. Las redes sociales ya están llenas de videos: turistas agazapados entre las piedras, gritos desesperados. Las embajadas de Canadá y otros países ya exigen explicaciones. Los medios internacionales titulan: “México, ¿seguro para el Mundial?”

El daño no es solo simbólico. El turismo representa más del 8 % del PIB y genera millones de empleos. Un solo incidente así puede hacer que miles cancelen viajes, hoteles se vacíen y guías pierdan su sustento. Multipliquen eso por la cercanía del Mundial y entenderán la magnitud de lo ocurrido.

Pero este no es un hecho aislado. Es la punta visible de una crisis que lleva casi dos décadas creciendo. Según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, México acumula más de 130 mil casos reportados desde 2006. El gobierno de Claudia Sheinbaum presentó en marzo de 2026 un desglose que reconoce al menos 43 mil 128 personas de las que no hay rastro alguno: ni actividad bancaria, ni trámites, ni vida posterior a su desaparición.

Al mismo tiempo, las carreteras —arterias vitales del comercio y el turismo—, se han convertido en zonas de alto riesgo. En 2025 se abrieron más de 10 mil carpetas de investigación por robo en las vías de comunicación de todo el país. Casi 28 casos diarios. El 80% con violencia. El Estado de México, Puebla, Guanajuato y Jalisco concentran la mayoría. Transportistas pagan extorsiones, aseguradoras suben primas hasta un 30 % o abandonan el ramo.

Algunos dirán que los homicidios dolosos bajaron en los últimos meses. Es cierto. Pero la violencia letal total —desapariciones, feminicidios, agresiones— subió casi 70% en la última década, según México Evalúa. Los cárteles no desaparecieron; mutaron. Cambiaron balaceras por extorsión silenciosa, secuestros exprés y control territorial. La inseguridad ya no solo mata: desaparece, paraliza, erosiona la confianza. Y justo ahora, cuando el mundo mira a México como coanfitrión del Mundial, esa erosión se hace visible en el lugar menos esperado.

No es catastrofismo. Es la realidad que millones de mexicanos viven cada día. La que los turistas acaban de advertir en Teotihuacán. La que los organizadores del Mundial y la FIFA observan con preocupación creciente.

México tiene todo para deslumbrar: historia, cultura, gente cálida, paisajes únicos. Pero mientras la violencia nos robe la tranquilidad en nuestras vidas, el mundo no verá un país listo para recibir a la fiesta del fútbol. Verá un país que, a pesar de sus esfuerzos, aún no ha logrado domar al monstruo que lo habita.

El tiro de la Pirámide de la Luna no solo mató a una turista. Mató la ilusión de que “aquí no pasa nada”. Ahora toca decidir: ¿seguimos fingiendo que la imagen se arregla con comunicados? ¿O enfrentamos, de verdad, la raíz de esta tragedia para que el México que mostremos al mundo sea el que merecemos ser? La respuesta no está en las estadísticas.

Está en las familias que siguen buscando, en los viajeros que temen cada viaje y en las miles de personas que, dentro de dos meses, si llegan, llegarán confiando en que México sea un lugar de fiesta y no de miedo.