Ahora que el mundo multilateral hierve, recuperé del cajón un artículo de Awino Okech, feminista keniana de la London School of Economics, titulado Cuestionamientos de género e implicaciones para sociedades inclusivas. Okech fue la voz clave para la construcción de las posiciones africanas en materia de género ante Naciones Unidas, incluidos los debates de la Cumbre del Futuro y la Agenda 2030.
Lo notable de este análisis, es que muestra cómo las políticas de género en África viven una etapa de expansión marcada por paradójicos retrocesos. Sí, existen marcos jurídicos e instituciones destinados a ampliar los derechos de las mujeres, combatir la violencia y aumentar su participación política. Pero chocan con movimientos sociales, religiosos y políticos que cuestionan la llamada “ideología de género” y reivindican “tradiciones de familia” y roles rígidos de hombres y mujeres.
También fui invitado a una sesión de ONU-Mujeres, donde esta institución describió un sistemático “retroceso” transnacional en las sociedades africanas. Según lo que ahí se expuso, redes conservadoras internacionales, principalmente estadounidenses, como Family Watch International, han financiado iniciativas que presentan los derechos sexuales y reproductivos como una forma de “colonialismo ideológico occidental”: occidentales denunciando occidentalización. Aquellos que apelan en África a la defensa de las tradiciones y la soberanía africanas reciben recursos y estrategias provenientes del exterior.
El programa de algunas de estas organizaciones incluye cumbres interparlamentarias y la subvención de viajes de formación a EUA para líderes africanos. Mediante esta formación, se busca influir en los tomadores de decisiones para impulsar leyes restrictivas y frenar reformas progresistas de igualdad. Las posiciones contra el aborto son uno de los principales motores de estas iniciativas. Cuestionan así instrumentos regionales como el Protocolo de Maputo.
El debate se vuelve todavía más complejo cuando entran en escena los derechos de las personas LGBT+. Sobre África persiste el mito de un rechazo cultural homogéneo a estas personas. Falso, aun cuando la ley aprobada en 2023 en Uganda, que condena la homosexualidad, es de lo más regresivo en el planeta. En Ghana, el Proyecto de Ley sobre Derechos Sexuales Humanos y Valores Familiares mantiene un preocupante debate en torno a medidas contra la homosexualidad y las identidades de género.
Pero estas actitudes homófobas no pueden explicarse como una “tradición africana”. Tienen raíces en códigos heredados del colonialismo británico que no evolucionaron; otra paradoja histórica. Su reinterpretación ha contado con la mano de actores religiosos y conservadores locales, pero, de manera creciente, con redes internacionales.
Los intereses soberanistas, propios o manipulados, se contraponen con compromisos internacionales de derechos humanos. Los Estados africanos defienden con fuerza su autonomía frente a lo que perciben como imposiciones de valores occidentales, y algunos sectores conservadores occidentales se aprovechan de ello.
El debate LGBT+ funciona como laboratorio del multilateralismo contemporáneo. Allí se pone a prueba la tensión entre conceptos como universalidad y no discriminación. En nuestro ejemplo, no solo hablamos de una disputa entre “valores africanos” y “valores occidentales”, menos cuando intereses occidentales afectan la agenda continental y su progreso. La ONU enfrenta el reto de incorporar prioridades africanas sin caer en un relativismo cultural que elimine derechos. Universalidad no significa uniformidad, sino considerar todas las voces. Tampoco los derechos pueden avanzar o retroceder subordinados a los grupos parlamentarios de turno.
Awino Okech ofrece una salida. Ella propone que los derechos de las mujeres y las personas LGBT+ no queden atrapados en una guerra cultural. Propone cuestionar severamente cuando la cultura (tradiciones, usos y costumbres) está siendo usada por redes transnacionales o nacionales que afectan la evolución genuina de debates identitarios tan complejos.
Si el debate se enfoca desde una perspectiva genuinamente multilateral, el futuro de los derechos humanos no puede construirse ni desde la imposición externa ni desde la cerrazón nacionalista. Para alcanzar el equilibrio es que existe el debate multilateral, en tanto que toma en cuenta una genuina pluralidad. África no debe aparecer solo como receptora de normas internacionales, sino también como protagonista de su definición.
El multilateralismo debe ser el puente para negociar diferencias, fortalecer instituciones y proteger derechos. El desafío consiste en erigir consensos universales, realmente universales, en sus principios y también africanos en su construcción y apropiación. No se trata de ganar una guerra cultural, sino de impedir que las diferencias culturales se conviertan en una licencia para restringir derechos.