Cada cuatro años ocurre el mismo fenómeno: un balón logra detener, aunque sea por un instante, las preocupaciones de millones de personas. Durante noventa minutos, las diferencias desaparecen, el verde de la camiseta sustituye los colores políticos y el grito de gol parece silenciar, momentáneamente, las malas noticias.
Mientras la conversación pública gira alrededor de nuestros jugadores, pronósticos y lacelebración, México continúa arrastrando heridas que no desaparecen con una victoria. Las familias siguen buscando a sus desaparecidos; la violencia y la inseguridad permanecen como parte de la vida cotidiana en demasiadas regiones del país; la negativa de alargar el T-MEC sumerge en la incertidumbre el futuro económico nacional.
Del otro lado de la frontera, el ambiente tampoco es alentador. Los discursos de odio han normalizado expresiones de racismo y xenofobia. A esto se suma la violencia que parece haberse convertido en una constante. El atentado realizado en el FanFest de Santa Clara nos recuerda que ni siquiera una fiesta deportiva está a salvo del odio y la polarización.
Claro que esta pausa de 90 minutos no cambia nada de la situación social, pero, durante este mundial -con el Azteca (ahora llamado estadio Ciudad de México), el Ángel, Reforma o la Minerva- vibrando como hace mucho tiempo no lo hacía, pareciera que en verdad podemos cambiar algo para el bien de nuestro país. Sabemos bien que un gol no va a unirnos como ciudadanía, pero, ¿y si sí?
Así, la verdadera prueba como sociedad será conseguir esa misma unidad que hemos tenido en la cancha y entendamos que el verdadero rival son la violencia, la impunidad, la división y la indiferencia. Si somos capaces de hacerlo por un “la verde”, también debemos serlo por nuestro México.