Luis M Cruz

1.

 No se trata del legendario filme de Francis Ford Coppola quien en 1979 denunciaba un mundo enloquecido por los efectos de la guerra fría y sus conflictos regionales, especialmente librados en el sudeste asiático. Hoy se trata del ambiente prevaleciente en el mundo postcovid, que nos plantea los límites de la existencia, si bien pareciera haber plena coincidencia en los temas inmediatos de la agenda global: contener al coronavirus y construir un sistema global de salud, proteger la recuperación económica y distribuir mejor los resultados, y atender, mitigar y resolver los riesgos del cambio climático. Tanto en Roma, con la reunión del G20, como en Glasgow, en la reunión 26 de las partes contra el cambio climático, predomina la disposición para no bajar la guardia y lograr consensos para construir soluciones.

2.

 Se dice más fácil de lo que resulta hacerlo. En la teoría, las soluciones son factibles. En la práctica, ya no lo son tanto. En la contención de la Covid-19, se tienen las vacunas y se sabe que deben aplicarse al 70 u 80% de la población mundial para alcanzar la “inmunidad de rebaño”; pero ha fallado tanto la disponibilidad de los biológicos para todos como la logística para aplicarlos, rasgado como está el mundo por la desigualdad y las nuevas guerras frías del comercio y los energéticos, que enfrentan a China y Rusia con Estados Unidos y Europa, respectivamente.

3.

 Si algo reveló la pandemia fue el mundo desequilibrado, injusto y terriblemente desigual existente. Las pérdidas de casi 200 millones de empleos, cinco millones de muertes y 38 billones de dólares afectaron sobre todo a los países más pobres, con menores capacidades o reservas para hacer frente a la adversidad. La recuperación económica ha ocurrido a un ritmo desigual, sin restituir lo perdido y con severas complicaciones en las cadenas dislocadas de suministro, las redes de transporte y el abasto de materias primas elementales, desde metales, semiconductores y alimentos; todo ello alimentando una inflación pavorosa que amenaza con devorar a la propia recuperación. La economía sustentable que se buscaba con los propósitos del plan 2030 de la ONU deberá esperar quizá algunas décadas más.

4.

 Y en lo que atañe al cambio climático, las voces de alerta en Glasgow hacen ver lo que no se quiere ver; la población mundial y el consumo consiguiente presionan los recursos planetarios al límite. Hoy somos 7 mil 500 millones de personas, y en 2050 seremos 10 mil millones. En 2015, al firmarse los Acuerdos de París, se hablaba de una “huella de carbono” de 7 toneladas equivalentes de CO2 por persona, que debería reducirse a sólo 2 toneladas equivalentes para devolver la situación a la que se tenía hace cien años. Ahora, ésta se ha incrementado a 8 toneladas equivalentes per cápita, pudiendo pronto resultar irreversible. La temperatura promedio global debería incrementarse a lo sumo en 1.5 grados centígrados en este siglo y está apuntando peligrosamente a los 3 grados, cuando el punto de inflexión será irreparable.

5.

 ¿Qué se puede hacer? Evidentemente, dejar de consumir combustibles fósiles o alimentos que requieren más suelos y agua, pero esto no es más que una solución hipotética. Invertir cada año la friolera de 500 mil millones de dólares para mitigar y remediar a fondo perdido, si bien un propósito justiciero, tampoco es algo que pueda suceder de repente. La solución será encontrar el camino para adaptarnos nuevamente, como ha sucedido en otras épocas cruciales para la humanidad, con un plan de transición de aquí al 2050, para moderar el crecimiento poblacional, mejorar las tecnologías productivas, reducir el consumo de combustibles fósiles e invertir verdaderamente, a tasa de riesgo compartido (es decir, financiamientos a fondo perdido o con tasa cero) en la transición energética, tecnológica y alimentaria a emprender en los próximos treinta años. Será adaptarnos pero sobre todo persistir en el intento.

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