Héctor J. Villarreal Ordóñez

En 1969, en la recámara de mi abuela había una televisión frente a un sillón y justo en medio de dos camas, la de ella y la que usaba su nieto cuando se quedaba a su cuidado. En el monitor de ese aparato vimos las imágenes en blanco y negro del despegue, el vuelo de cuatro días y la llegada del Apolo 11 a la superficie de la luna.

Los adultos entraban y salían azorados, comentaban, discutían. Supongo que el silencio se habrá hecho en el cuarto para que todos oyéramos la narración de la televisión mexicana de la caminata por más de dos horas de Armstrong y Aldrin, y la traducción al español de aquello que comenzaba con “un pequeño paso para un hombre…” No hacía falta tener más de tres años para entender que aquel fue un momento importante y para contagiarse de la sensación de confianza que daba atestiguar la promesa de un futuro de grandes avances y certezas, incluso para una familia de clase media que, desde la colonia Narvarte de la Ciudad de México, era parte de la misma humanidad que daba en esos instantes un gran salto.

El hecho de que Collins se quedara en la nave me pareció desde entonces algo triste. Siempre busqué ceder el personaje de Collins a mi hermano u otro camarada durante los juegos que pretendieran reproducir las hazañas de los tres astronautas. Si pudiera hacerlo, le preguntaría hoy al tal Collins si a sus 88 años se lamenta aún de haber tenido que cumplir esa anticlimática función de sólo manejar el cohete.

En 1969 se inauguraron también los viajes del Metro de la capital mexicana. El presidente era Gustavo Díaz Ordaz, a pesar de su negro legado y de que el hecho le pese a quienes, en el ridículo del protagonismo y la negación del pasado, fueron en 2018 a retirar de la estación Insurgentes las placas alusivas con el nombre del exmandatario.

En ese mismo 1969, mi madre manejaba un Opel y en la emisora de radio que le gustaba escuchar comenzaba a sonar una canción, Reflections Of My Life, que desde entonces me hace recordarla. El escritor y vocalista, Dean Ford, vivió más tiempo que mi madre, pero murió en el último día de 2018, apenas meses antes de que esa canción cumpliera su 50 aniversario.

En 1969, la XLVII Legislatura del Senado de la República en México estaba integrada por dos senadores de cada uno de los 29 estados que existían entonces, y dos más por el Distrito Federal, el que hoy ya no se llama así. Eran 60 senadores en total, todos del PRI, y entre ellos estaba Jesús Romero Flores, integrante del Congreso Constituyente que redactó la Carta Magna promulgada en 1917.

En el Ejecutivo federal, Luis Echeverría era secretario de Gobernación, había encabezado el golpe al movimiento estudiantil un año antes y fraguaba su candidatura presidencial; Antonio Ortiz Mena era secretario de Hacienda y estaba por acabar el periodo de prosperidad llamado Desarrollo Estabilizador. Le sucedería Hugo Margáin, cuyos desacuerdos con el gasto desbordado del gobierno populista de Echeverría lo harían renunciar en 1973 y declarar que México había llegado al límite de la deuda externa e interna. Pronto vendría la primera gran devaluación.

En enero de 1969, Los Beatles tocaron juntos por última vez en público en la azotea del edificio de Apple Records hasta que la policía los hizo callar en respuesta a las quejas de los vecinos. En esos meses arreglaban y grababan Let It Be, que se estrenaría hasta marzo de 1970.

La Ciudad de México era un lugar razonablemente tranquilo en 1969. En California, Estados Unidos, en cambio, la Guardia Nacional desde helicópteros rociaba a manifestantes contra la guerra de Vietnam y Charles Manson y su familia asesinaban a Sharon Tate y a sus invitados en una fiesta en su casa.

De 1969 a la fecha han ocurrido mucho más de cuatro transformaciones y seguramente otras vendrán en camino. 

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