Héctor J. Villarreal Ordóñez

El Diccionario de Filosofía de Walter Brugger explica que Aristóteles formuló el principio de contradicción en función de que “es imposible que lo mismo convenga y no convenga al mismo ente simultáneamente y en el mismo respecto”. La contradicción, dice, “descansa en el concepto de ser y en la incondicionada incompatibilidad del ser con el no ser”, y se expresa de manera que “dos proposiciones mutuamente contradictorias no pueden ser verdaderas”. Alguna es falsa.

La filosofía aprovecha la distancia que, por método, se toma para tratar de explicar las cosas. La vida cotidiana, en cambio, sólo nos pone enfrente todo tipo de contradicciones y, en estos días, nos deja las que acumula la retórica de la autollamada cuarta transformación.

En septiembre del año pasado, al iniciar el periodo de sesiones del Congreso cuando diputados federales y senadores de oposición ofrecieron al entonces gobierno electo su respaldo, a cambio de que cumpliera sus compromisos de campaña y respetara la división de Poderes, el presidente Andrés Manuel López Obrador se los agradeció y destacó la necesidad de una reconciliación, dijo, para que no haya pleitos.

AMLO enfatizó que “se necesita la reconciliación nacional para sacar adelante a México”. Ocho meses después, sin embargo, el entusiasmo reconciliatorio del Presidente cayó en contradicción con sus acciones, su retórica y su conducción política del país.

Con la prensa, ya se sabe, la promesa de que “siempre garantizaremos el derecho a manifestar libremente las ideas” se topó con el reproche a los periodistas cuyas preguntas disgustan al Presidente; con el acoso a los medios que cuestionan su versión personal de los hechos y con el llamado a “la gente” para dar, a esos medios, su merecido.

Con sus antecesores y la oposición, López Obrador abandona el ánimo de reconciliarse cuando, para responder a la crisis de violencia que a cinco meses de su gobierno azota cada vez más fuerte al país, echa mano de simplificaciones, pretextos y recriminaciones burdas, y culpa a “la banda criminal de Los Pinos”, como si el Palacio Nacional, bajo su mando, no lograra funcionar.

Hasta con sus recursos de propaganda más socorridos en campaña y al arranque de su gestión, como el icónico Jetta blanco o el “a mí me cuida la gente”, el Presidente se contradice y se desplaza en aparatosas caravanas de camionetas protegidas con ostensible seguridad y lejanas a todo contacto con el noble pueblo al que se supone encomendó su cuidado. La realidad se impuso a su relato electoral.

Sus legiones de bots y youtubers que agreden y distorsionan la conversación social digital y sus tuiteros oficiosos, como Ibarra o Ackerman, que insultan y exacerban el enojo de uno y otro bando de la audiencia, tampoco son entes posibles o compatibles si el ánimo de reconciliación fuera verdadero.

López Obrador ha hablado por años de una política basada en ideales. Fue parte, tras su derrota en 2012, de la retórica de su república amorosa, la de “la honestidad, la justicia y el amor”, encaminada, supuestamente, a la “utopía” de transformar a México. Hoy, en 2019, su narrativa es otra y está en contradicción con aquélla. Su nuevo discurso apunta a consolidar una dura base social y al éxito de su agenda electoral a costa de agudizar las divergencias y dividir más que nunca al país.

Giovanni Sartori escribió que en la democracia los ideales son “una reacción a lo real”, a lo que nos inconforma de la realidad. Los ideales, decía, son dificilísimos de manejar, porque, “si los exageramos, corremos el riesgo de deslizarnos hacia el perfeccionismo… que es un idealismo desmedido y como tal, contraproducente”. Algo contraproducente se asoma entre tanta contradicción. 

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