Héctor J. Villarreal Ordóñez

Tenemos nuevo Presidente. Tomó posesión el sábado y desde la tribuna del Congreso habló para la nación. Le recetó una pausada pero descomunal diatriba a su antecesor, quien sentado a un lado, incómodo e inquieto, peor que el párroco en un burdel de Joaquín Sabina, no fue defendido por nadie. El agobio de Peña Nieto fue la catarsis que Andrés Manuel López Obrador obsequió a sus compatriotas.

Su discurso fue también reiteración consistente —salvo porque no bajó el precio de las gasolinas— del evangelio de su última campaña y un poco de las anteriores. AMLO no mencionó ni una vez la palabra “oposición”, mucho menos “consenso”. “Acuerdo” fue dicho sólo en alusión a Donald Trump, el Primer Ministro de Canadá y las empresas de los tres países que forman el T-MEC. “Pacto” o “diálogo” no aparecen en la transcripción. La historia que hiló el discurso tuvo tres únicos actores: los “conservadores y corruptos”, presentados como la misma cosa, López Obrador y el pueblo, esa entidad inasible y difusa, pero omnipresente, honesta, sabia y fraternal, que justifica promesas, acciones y al que llama su “amo”.

Luego, los días han sido pura transformación: se abrieron las rejas de Los Pinos, lo cual evocó al tuitero Lorenzo Meyer el olor expedido por “la toma de La Bastilla en 1789, en París”; despegó para siempre el avión que no tuvo ni Obama; Taibo cumplió su ansiada y doblada penetración en las instalaciones del Fondo de Cultura Económica; miles de servidores públicos, aferrados a sus derechos o privilegios hablando en idioma transformador, pidieron amparo de la justicia federal. Los cambios llenan planas, redes y espacios informativos.

El martes, el Presidente anunció “para que se entienda”, que para medios como Notimex, la radio y la televisión gubernamentales se va a crear una “coordinación” que junte y articule la política de comunicación, que evite que anden con “su propia política” y garantice el derecho a la información. Como en España y el Reino Unido, dijo. La idea no es nueva, pero es buena si es como la pinta. La pregunta es, si es realmente es eso o una coordinación en el tono del discurso inaugural. Porque puede ser el reintento de meter a los medios públicos a Gobernación o a la oficina de prensa presidencial.

¿Será un instituto con autonomía presupuestal y de gestión, como tantas veces se ha propuesto?, ¿tendrá directivos y una junta de gobierno independientes del gobierno y con participación directa de la ciudadanía?, ¿tendrá recursos asegurados para disputar las audiencias?, ¿creará y difundirá contenidos, coberturas e investigaciones periodísticas que informen, reflejen la pluralidad —omitida en la toma de posesión— y cuestionen con profesionalismo incluso al poder público? Sin eso, será mero retroceso democrático.

El sociólogo inglés, Collin Crouch, escribió que “la democracia prospera cuando hay más oportunidades de que gran parte de las personas comunes intervengan activamente en el diseño de la agenda pública, no sólo a través del voto, sino de la deliberación y la participación en organizaciones autónomas… y cuando las élites no pueden controlar ni banalizar las modalidades del debate”. Ahora, sin contrapesos, con mayorías legislativas y una retórica que antepone los votos de julio a cualquier argumento, podríamos enfrentar un intento de imponer y controlar el guion, las escenas y a los personajes del relato público. Sería fallido. México es más que bueno o malo, está enojado y con razón, pero es por fortuna, una sociedad compleja y consciente de sus derechos, su diversidad y sus conquistas.

Ojalá que el Presidente esté pensando en coordinar democráticamente para enriquecer el debate nacional.

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