Alejandro Alemán

Convertido en un género por sí mismo, el cine sobre viajes al espacio usualmente muestra imágenes grandilocuentes, aventuras fantásticas y héroes infalibles en relatos sobre el triunfo del espíritu humano. Con First Man, Damien Chazelle (Oscar a mejor dirección en 2017 por La La Land) elige la ruta contraria. Narra una historia conocida —la llegada del hombre a la Luna—pero la despoja del heroísmo ramplón y de clichés visuales para mostrar la faz menos luminosa de uno de los momentos más brillantes de la humanidad.

Basada en la biografía homónima sobre Neil Armstrong, escrita por James R. Hansen, la cinta relata los días previos a que el entonces ingeniero y piloto militar perdiera a su hija de dos años de edad, Karen, por un tumor cerebral. El hecho resonará en la carrera de Armstrong: el hombre que cumplió la hazaña más increíble jamás realizada por la humanidad, caminó por la Luna guardando duelo por su hija.

Antes que ser una película sobre la misión espacial más importante en la historia, First Man es un filme de dolor, pérdida y luto. Quien espere grandes escenas de acción, enormes efectos especiales o la secuencia de los astronautas entrando a la plataforma de despegue en ralentí, se equivocó de película.

First Man desnuda a la Nasa y a la ciencia misma de todo este halo heroico-místico que el cine de Hollywood ha construído sobre la hazaña espacial y lo pone en una perspectiva sumamente pesimista: el camino hacia la Luna se pavimentó de errores mortales, naves que explotan en vuelos de práctica, que se incendian en pleno despegue por la falla de una pequeña pieza y múltiples accidentes que fueron dejando decenas de muertes a cada paso. “Son un puñado de niños jugando” le grita Janet (magnífica Claire Foy) a su marido, un Neil Armstrong (Ryan Gosling) quien asume su misión con absoluta parquedad y emoción reprimida.

Chazelle entrega un relato claustrofóbico que desprovee a la carrera rumbo al espacio de todo romanticismo y glamur, pero lo hace sin olvidarse de su obsesión autoral: la música está presente, tanto de manera vedada (Armstrong era un jazzista frustrado), como explícita con un score (a cargo de Justin Hurwitz, su compositor de cabecera) que logra atmósferas que inevitablemente remiten a Kubrick.

Sin más ceremonia, en un relato melancólico y pesimista, Chazelle nos lleva con éxito por el camino más oscuro y menos conocido del viaje a la luna.

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