J. S Zolliker

A mí me sucedió con una bebita de meses. Es algo que llamaría sobrenatural, porque no tengo una forma más adecuada para describirla. Perfectamente, con claridad absoluta, sientes el momento exacto en que la vida se le escapa a una persona. Nada ni nadie te preparan para ese momento: el preciso instante en que alguien muere en tus brazos. No es algo que yo pueda describir con palabras, pero te cambia la vida para siempre. 

Había poco trabajo esa noche en el hospital, yo dormía en el descanso de médicos cuando llegaron por mí dos señoras mayores que estaban desesperadas. Anduvimos un buen rato en el taxi hasta que llegamos a un rancho. Pensé que estaba en un campo de concentración. El mayordomo de la cuadrilla, llamó al capataz y a los revisadores de cosecha y nos inspeccionaron peor que al entrar en una prisión (lo sé porque hice mis prácticas profesionales en el Cereso): nada de celulares ni relojes ni cámaras. 

Nos llevaron a unos galerones de tosca madera y techos de lámina. La pesada puerta estaba cerrada con candado. Le dije al capataz que eso era peligroso, además de ilegal. “Usté a los suyo, que si no, los encierro, la pinche huevonada se larga y me incumplen el contrato”.  

Adentro, iluminados sólo con una linterna, pude ver que había varias “caballerizas”. En cada una de ellas estaba una familia hacinada. Las mujeres, todas de origen humilde (algunas que apenas podían mascullar el español), se levantan a las tres de la mañana para preparar desayuno a sus hijos (huevo con tortillas y chile), regresan a las 10 de la noche, después de estar todo el día bajo el rayo del sol, entre arena y lodo (algunas descalzas), piscando tomates y fresas. Por eso muchas me miraban con rencor, pues al despertarlas con mi llegada les estaba robando de las pocas horas de descanso que tienen.

Al correr la cortina, encontramos un catre con dos niños sucios, en edad de primaria, en ropa interior, llorosos y asustados, y una bebé respirando con mucha dificultad. Su madre había desaparecido hacía una semana. Los niños no sabían nada, pero una de las viejas me dijo que había sido atropellada por el camión que los llevaba a los surcos. 

La bebé estaba grave. Tenía arritmias y estaba sumamente deshidratada; se le pegaba la piel a las costillas. No había comido en días, ninguno de ellos, porque además, el gobierno les suspendió el programa de estancias infantiles donde por 200 pesos diarios, cuidaban y alimentaban a los chicos. “Denles aunque sea un bolillo a los chamacos; a la nena me la tengo que llevar a urgencias”, avisé. Obviamente, los encargados no lo querían permitir, pero me vieron tan furiosa y amenazante que al final, cedieron.   

No duró ni ocho horas con todas las atenciones que pudimos brindarle con la escasez que tenemos. Murió en mis brazos, al alba. He visto a hijos de reclusas en mejores condiciones. Mientras discuten la #LeyBonilla, o el nombramiento espurio de la señora Piedra, o el asilo de #Evo, sépanlo, señores del gobierno, el campo ya no aguanta. La gente está hasta la madre. Por eso ustedes ganaron, pero ya tienen un año gobernando y no han hecho ni madres; sólo empeorado las cosas. Esto no puede seguir sucediendo en México, en la segunda década del siglo XXI, en 2020. No heredaron el problema; lo ganaron en las urnas bajo promesa de corregirlo y no han sido ni para aprobar el presupuesto del año que entra. ¿Qué esperan?  

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