Luis M Cruz

1.

En la reunión del G7 celebrada en Charlevoix, Quebec, Canadá, los países históricamente aliados a los Estados Unidos chocaron frontalmente en sus percepciones de lo que debe ser el Libre Comercio.

En medio de la peor ofensiva proteccionista de los últimos 50 años, siguiendo obsoletos criterios de “seguridad nacional” provenientes del antiguo conflicto bipolar con la extinta Unión Soviética, Estados Unidos impuso aranceles arbitrarios a sus socios y aliados en lavadoras, paneles solares, acero y aluminio, provocando la retaliación de la Unión Europea, Canadá y, desde luego, México, países que debieron poner aranceles simétricos, además de elevar la queja ante la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Pareciera ser que Trump se entiende mejor con los tiranos. El desaire de Charlevoix contrasta con la animosidad observada en Singapur, en donde prácticamente confirmó en el poder a Kim Jong-un en Norcorea, tal y como defendió la participación de Vladimir Putin en el G7, del que fue expulsado por la invasión a Ucrania. 

2.

Estados Unidos rápidamente se apresuró a declarar que no dejarán decisiones soberanas en manos de organismos multilaterales, indicando que la vieja política de seguridad nacional habrá de prevalecer sobre cualquier decisión o arbitraje que no les satisfaga.

Finalmente, a Donald Trump parece no importarle lo que piensen sus aliados; él actúa como le gusta, desafiante, soberbio e impolítico, señalando que corregirá los “injustos acuerdos comerciales” y que si no lo logra, de cualquier forma Estados Unidos estarán mejor sin ellos.

3.

La noción del “comercio justo” que trata de imponer en realidad es una en la que el mejor comercio beneficie a su país, al estilo de las antiguas colonias, cuando la metrópoli buscaba limitar cualquier ganancia de sus vasallos mediante aranceles o prohibiciones.

Imbuido como va en una lógica proteccionista, habrá de enfatizar al límite que él es el presidente de Estados Unidos, no del resto del mundo. De ahí su desafío para reconfigurar el comercio mundial, así sea pateando a sus aliados.

4.

Respecto a México y Canadá, Trump volvió a ofertar tratados bilaterales por separado, agravando la tensión con los canadienses y burlándose otra vez de los mexicanos; el acuerdo con México, dijo, sería muy fácil de lograr… si fuera sumiso.

En particular, Canadá, Francia y Alemania buscaron un compromiso del G7 con el libre comercio sin cortapisas y la protección ambiental, temas ambos contrarios a la línea del presidente estadounidense, quien retiró a Estados Unidos del acuerdo de París y también, groseramente, del comunicado final de Charlevoix, afrentando al premier canadiense como “débil” y “deshonesto” en aras de su versión del “comercio justo”.

5.

Dado que las probabilidades de llegar a un acuerdo en la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) para este año se han reducido a 10%, si se suma además la incertidumbre de la elección presidencial y las necesidades de respaldo al acercarse las elecciones intermedias en su país, el esfuerzo del gobierno mexicano por prevenir un choque económico se incrementa en forma directamente proporcional a las percepciones de riesgo que hay sobre la economía nacional.

Como habían alertado las agencias calificadoras externas, los fundamentos de la economía mexicana se miran bien en un ambiente que favorezca la capacidad exportadora y en un gobierno que respete las reformas estructurales y sostenga la disciplina fiscal en todo momento. Si no hay TLCAN y el riesgo aumenta por la transición de gobierno, un ajuste en la percepción de riesgo será inevitable, como también los es el incremento de tasas de interés de la FED, probablemente en julio próximo. Una tormenta perfecta para nuestro país.

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