Rebeca Pal

A comienzos de la década de 1980, la compañía de artistas fundada por Gilles Ste-Croix, tomó las calles de Baie-Saint-Paul, un pueblo ubicado a las orillas del río St. Lawrence. Les Échassiers de Baie-Saint-Paul (Los Zancudos de Baie-Saint-Paul, incluido Guy Laliberté) hacían malabares, bailaban, lanzaban fuego y tocaban música para la gente del lugar y para los visitantes.

En 1984, Guy Laliberté, vio la celebración del 450º aniversario del descubrimiento de Canadá, como una oportunidad para emprender una gira provincial. El espectáculo era una sorprendente combinación de artes circenses sin animales, actos callejeros con trajes extravagantes, iluminación mágica y música original. Laliberté apodó Cirque du Soleil porque “El sol simboliza la juventud, la energía y la fuerza”.

Cirque du Soleil visitó EEUU por primera vez en 1987. Dio espectáculos con localidades agotadas en San Diego y Santa Mónica; esto les sirvió como puntapié inicial para llegar a Europa, en 1990, con actuaciones en Londres y París.

“La gente puede creer que nos propusimos reinventar el circo y que luego simplemente lo hicimos. Pero las cosas no sucedieron así. Éramos un puñado de locos que querían hacer cosas y poco a poco, logramos tener una visión de lo que podría ser el circo moderno”. René Dupéré, compositor musical de Cirque du Soleil.

La historia me gusta. Es una ironía que sin buscar el éxito, que ahora tienen, lo encontraron. Cuando asistí a un espectáculo del Cirque du Soleil por primera vez, pensé “perfección, eso es lo que son”. Los vi cuando era bailarina profesional y no pude evitar sentir envidia por las virtudes de los artistas que estaban en el escenario. Pensé que ellos nunca se equivocan, son bailarines, cantantes y acróbatas que entrenan arduamente, que la vida se limita sólo a ensayos y dietas rigurosas. Eso fue a mis 21 años, diez años después los volví a ver y la experiencia fue totalmente distinta. En dos números noté que cometieron errores y no todo les salió como probablemente les haya salido en los ensayos exhaustivos que tuvieron. Volví a pensar “no son perfectos, como creí. Es la dedicación de todos lo que hace que, a pesar de los fallos que puedan existir, el espectáculo sea perfecto”.

Esta vez los miré como humanos que nacieron para hacernos creer en la magia y mostrarnos que los límites del cuerpo son sólo mentales.

Del libro de Aristóteles, Metafísica, leí una definición que quiero compartir con ustedes:

“Perfecto (Τέλειον) se dice de aquello que contiene en sí todo… Se llama también perfecto a aquello que, bajo las relaciones del mérito y del bien, no es superado en un género particular. Se dice: un médico perfecto, un perfecto tocador de flauta, cuando no les falta ninguna de las cualidades propias de su arte… El mérito de un ser es igualmente una perfección. Una cosa, una esencia es perfecta, cuando es su género propio no le falta ninguna de las partes que constituyen naturalmente su fuera y su grandeza. Se da también el nombre de perfectas a las cosas que tienden a un buen fin; son perfectas en tanto que tienen un fin… Por esto la palabra perfecta se aplica metafóricamente a la muerte: ambos son el último término… la razón del porqué se hace una cosa, es un fin, una perfección… Otras cosas, sin ser perfectas por sí mismas, lo son en virtud de aquellas, o porque producen la perfección, o porque la poseen y están en armonía con ella, o bien porque sostiene alguna otra especie de relación con lo que propiamente se llama perfecto”.

Después de esta experiencia agradezco saber que somos seres completos porque tenemos un fin y una relación armoniosa con todo aquello que es “perfecto”. Me da gusto comprender que teniendo un mérito, una razón para hacer las cosas y un buen fin, no se tiene que ser extraordinario para ser perfecto.

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