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Marco Antonio Aguilar, Bet-biraí Nieto Morales y Oscar Santillán

Doña Tere usaba el cabello corto, era una mujer amorosa, de sonrisa generosa, buena amiga y compañera, enérgica y trabajadora. Tenía cuatro hijos, tres mujeres y un hombre. María Elena, una de sus hijas, era de carácter apacible y muy analítica; le gustaba ayudar a personas con problemas emocionales y adicciones. Ellas murieron juntas. 

El 19 de septiembre de 2017, de tajo y sin previo aviso, el sismo de magnitud 7.1 las sumergió entre los escombros de la fábrica textil en la que trabajaban. 

La tragedia no terminó con su muerte. Apenas comenzó. Encontrar sus cuerpos, reunir dinero para el sepelio, pelear en tribunales por una indemnización digna y vivir su ausencia fue la otra realidad que los edificios en ruinas dejaron a las familias.

Madre e hija. 
Tere y Elena fallecieron en la fábrica textil de Bolívar y Chimalpopoca.

Son memorias trozadas, contadas por quienes perdieron familiares, amigos o sus bienes en septiembre de 2017, cuando una serie de temblores cimbraron regiones de Chiapas, Guerrero, estado de México, Morelos, Oaxaca, Puebla, Tlaxcala, Veracruz y la Ciudad de México. Y que obligaron a las familias a intentar reconstruirse, en un proceso que 730 días después no ha terminado.

A dos años de los sismos del 7 y 19 de septiembre de 2017, el gobierno federal sólo ha ejercido 40% de los recursos destinados a la reconstrucción por medio del Fondo de Desastres Naturales (FONDEN), de acuerdo con información del sitio Trasparencia Presupuestaria de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. 

El adiós que fue para siempre

Todos los días Fernando Sánchez Lira acompañaba a su madre María Teresa al metro. Ese día no fue la excepción. De la estación Coyuya a Doctores y luego caminaba dos cuadras para llegar a la esquina de Bolívar y Chimalpopoca. Por la tarde debía recogerla en el mismo punto para acompañarse a su casa. Pero ese martes no volvió. 

 “La dejé ahí. Nos despedimos, un beso, ‘te cuidas’ y ya, nunca esperé que ese día fuera así de trágico y no la volvería a ver”. 

❝No te explicas, vives negando, vives maldiciendo, es una situación bastante horrible. Me cambió la vida completamente. Nada más éramos mi mamá y yo en la casa, me quedé solo❞. Fernando Sánchez Lira, familiar sobreviviente

Por su condición médica, Fernando trabaja desde casa. A la 1:15 sintió el jaloneo de la tierra “muy fuerte”, incluso mayor al ocurrido en 1985, según recuerda.

Buscó a su madre, pero no tuvo respuesta. Creyó que era cuestión de falla eléctrica o de señal telefónica. Llamó a otros familiares y todos estaban bien. El esposo de su hermana se comunicó con él y, tras una espera en calma, decidieron ir a buscarlas.
 

›Al llegar, el ánimo se derrumbó, como lo habían hecho los cuatro pisos del edificio en el que laboraban sus familiares. Se aferraron a la esperanza. 

“Uno guarda la esperanza de que hayan podido salir con vida, a tiempo, y que los teléfonos se quedaron adentro, cualquier cosa, menos una tragedia así”, relató. 

Las labores de rescate habían comenzado, pero su estado médico le impedía ayudar. Se quedó mirando, esperando. Con el paso de las horas dos cuerpos fueron rescatados, pero los rescatistas no permitían conocer la identidad de las víctimas. 

Fue hasta en la noche, cuando se enteró Fernando que, a sólo dos cuadras, había un Ministerio Público al que habían llevado dos cuerpos. Allí encontró a su madre, doña Tere. Había sido la primera en ser rescatada de entre los escombros. A las dos de la mañana, su cuñado, encontró el cuerpo de Elena en otro servicio forense. 

Solidaridad. Miles de mexicanos se unieron a las labores de rescate. Foto: Cuartoscuro

En total, 19 personas murieron, 19 familias se desdibujaron. “Fue un drama”, recordó Sánchez Lira.

Una cadena de tragedias 

A la muerte de su madre y hermana, le siguieron para Fernando cuatro meses sin salir de casa por una fuerte depresión, que a su vez generó una neuropatía en la espalda que causó daños en otros órganos.

“Te cambia todo. Tardas tiempo para asimilarlo, no sabes qué día vives, qué día es. Dejas de darle importancia a cosas, evades, le restas importancia a otras que antes sí lo tenían. Es horrible”, narró.

No es una historia única. estas Son memorias trozadas, contadas por quienes perdieron familiares, amigos o sus bienes en septiembre de 2017.

Fernando perdió a su mamá y a su cómplice de vida, con quien compartía las tareas del hogar, los gastos y su pasión por viajar. “Nos gustaba mucho salir a pasear, estaba entera a sus 70 años”, recordó.

“No te explicas, vives negando, vives maldiciendo, es una situación bastante horrible. Me cambió la vida completamente. Nada más éramos mi mamá y yo en la casa, me quedé solo”, detalló.

Fernando mantiene dos demandas: una laboral y una penal. En su trabajo, en el área de control de calidad, doña Tere no contaba con seguridad social y el acuerdo monetario que le ofreció el dueño de la empresa le pareció humillante.  “Yo no (acepté), no porque sea una cuestión monetaria, sino porque era un abuso”.

Revalorar la vida

Por siete meses, el alcohol y las drogas fueron su refugio a causa de la depresión. Perdió a su madre, tío y hermana durante el sismo del 19 de septiembre de 2017. De forma casi colateral la pérdida se extendió, pues por su enfermedad dejó de ver a sus hijas.

Jandir Villanueva, de 28 años, dueño de una empresa de láminas de policarbonato, se enteró por la televisión que el sismo había derrumbado el edificio donde vivían sus familiares. Al llegar, ocho horas después de la tragedia, a la calle de Paseo de las Galias, en la colonia Lomas Estrella, sabía que no había esperanza. Su hermana mayor y sus primos estaban muy afectados. Y por el lento trabajo de rescate, que tardó tres días después del siniestro, él se encargó del diálogo con autoridades y el reconocimiento de los cuerpos.

Recuerda que a su madre, Blanca Lilia Ortega, le gustaba portar joyas de oro, material que se dedicaba a vender, por lo que algunas de esas alhajas que traía consigo aquel día y le fueron entregadas a Jandir en el servicio médico forense.

Al reconocer a Miguel Ángel Villanueva, su tío, Jandir se percató de que permanecía con la misma expresión, además de que los golpes no habían dañado sus facciones. 

Su hermana, Alexia Lizbeth, una futura ingeniera, era una joven inteligente y bella, “siempre me presumía como su hermano”.

Los rosarios dedicados a su familia no los recuerda, pues sublimó la depresión en el consumo de drogas y de alcohol. A dos años del sismo y de perder a su familia, Jandir se encuentra limpio de sustancias, con esperanza, una nueva oportunidad de vivir y una visión diferente de la vida. “Me quedé solo. Mis hijas se apartaron de mí por mis vicios, pero aprendí a valorar la vida y lo que tienes. (…) No disfruté a mi mamá ni a mi hermana ni a mi tío”. 

Olor a muerte 

La confrontación de la vida y la muerte, sin ningún eufemismo de por medio y en circunstancias de emergencia, es la estampa que refiere Carlos Alberto García Méndez.

“Yo nunca había olido a qué huele la muerte, a qué huele un cuerpo humano en descomposición. Es un olor que te llevas, que ya no te lo quitas. Si lo vuelvo a percibir de aquí a 10 años, te voy a decir exactamente que este es el olor de un cuerpo humano que ya murió, de un cuerpo en descomposición”, rememoró. 

Carlos, de 38 años, es un profesor universitario de Mercadotecnia y Comunicación que participó como rescatista voluntario en al menos cuatro derrumbes del 19 de septiembre de 2017, entre ellos el del edificio de Álvaro Obregón #286 en la otrora delegación Cuauhtémoc.

❝Alguien que estaba más inducido en el tema nos dijo que había más derrumbes en la ciudad y sin pensarlo tomé mi bici y me dirigí a los que me indicaron❞. Carlos García Rescatista voluntario

Aquellas escenas parecieran que volaron hacia él y la fetidez volvió a hacerse presente en su relato: “El aroma. También el aroma que alertaba que había gente muerta, que seguramente era gente que ya no iba a sobrevivir”.

En los trabajos de rescate movían todo tipo de escombros, objetos cotidianos como máquinas de escribir, vajillas, platos, y hasta artículos personales; de ese tipo de cosas que hay en cualquier casa. 

›En esos momentos Carlos García se percató de que a pesar de la inexistencia de los muros y puertas, estaban entrando en el hogar de alguien como él, como cualquier otro habitante de la ciudad.Carlos también prestó auxilio en otros tres derrumbes más, donde los rescatados tuvieron una mejor suerte. 

Por ejemplo, el de un edificio cercano a la estación de Metro Nativitas, donde había cerca de 200 personas reunidas en aquel sitio. A las cinco de la tarde, recuerda, presenciaron la salida de los escombros de un sobreviviente. 

Era un hombre corpulento de tez morena con los cabellos alborotados y cubierto de polvo, muy similar a la ceniza. “Le echamos porras, lo felicitamos. Nos abrazamos. Él dijo ‘ya soy el último’”, mientras le volvían a preguntar si estaba seguro de eso. 

Saldo. Se estima que en edificio ubicado en Álvaro Obregón #286 hubo 49 víctimas. Foto: Cuartoscuro

La respuesta fue la misma.


“En ese momento alguien que estaba más inducido en el tema nos dijo que había más derrumbes en la ciudad y sin pensarlo, tomé mi bici y me dirigí a los que me indicaron”, detalló Carlos que para ese momento podía considerarse casi un rescatista.

Ya era el cuarto día después del sismo cuando llegó a Álvaro Obregón #286, donde se vio frente a la muerte y el desconsuelo. Para introducirse al epicentro de esta zona de desastre compró una máscara de carbono que era especial para quienes ayudaran a retirar  los escombros, pero también para asimilar los olores que se desprendían de aquel marasmo de losas, vidrios, polvo y restos humanos.

El último día en el que Carlos colaboró en las acciones de rescate fue dentro del edificio de Álvaro Obregón, casi dos semanas después del sismo. 

“Aún sabiendo de que ya no había esperanza es difícil desconectarse, es difícil decir ‘ya vámonos’ No sabes en qué momento decir ‘es suficiente’”. 

A nivel psicológico, comprendió que “todos somos vulnerables en esta ciudad”, pero también le dejó una profunda enseñanza de protección civil, que hay protocolos que atender ante los desastres naturales. “Desde aquellos días hasta ahora, en cada lugar trato de ubicar una posible ruta de evacuación, incluso en el cine. Claro que uno queda sensible esos temas”.

369 personas murieron en siete estados de la República tras el sismo del 19 de septiembre de 2017.

Conserva una máscara de doble carbono y los guantes de carnaza, también compró unas botas de casquillo y una linterna con batería. Así ha compuesto su equipo, porque “uno no sabe lo que puede suceder”.

730 días, un país en reconstrucción

Hasta el 31 de diciembre de 2018, de los 38 mil 163 millones 343 mil 988 pesos etiquetados para la reconstrucción de los sismos de septiembre, se han erogado 15 mil 458 millones 404 mil 306 pesos, muestra el sitio de Trasparencia Presupuestaria. 

De los recursos destinados para vivienda, se asegura, se han ejercido el 97%, un total de 7 mil 265 millones 8 mil 648 pesos.

Para la reparación y rehabilitación de instalaciones educativas se ha ejercido el 43%, pues de los 9 mil 127 millones 837 mil 396 pesos etiquetados se han utilizado 3 mil 993 millones 154 mil 305 pesos. 

Datos del censo levantado por el gobierno federal en 2017, indican que 169 mil viviendas se afectaron por los sismos de septiembre: 59 mil con daño total y casi 110 mil con daños parciales, en Chiapas, Guerrero, México, Morelos, Oaxaca, Puebla, Tlaxcala, Veracruz y la Ciudad de México. 

En el caso de la capital del país, de 12 mil 253 viviendas dañadas por el sismo del 19 de septiembre de 2017, incluidos multifamiliares y unifamiliares, se han terminado de rehabilitar o reconstruir 196 inmuebles, es decir, el 1.5%, revelan datos del Portal para la Reconstrucción.

De acuerdo con la información de la Comisión para la Reconstrucción se encuentran tres mil tres en obra o por iniciarla, y 172 fueron demolidas; en tanto que 8 mil 882 están en proceso administrativo.  

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