El recorrido está por comenzar en el Planetario Luis Enrique Erro. Las conversaciones se apagan poco a poco mientras los visitantes avanzan bajo la gran cúpula. Alguien señala una constelación dibujada en un panel. Un niño pregunta dónde termina el cielo. La luz disminuye lentamente hasta que la bóveda se convierte en una superficie oscura.
Durante unos segundos no ocurre nada. Después aparecen las estrellas. Miles de puntos luminosos comienzan a extenderse sobre el techo curvo. Desaparecen las paredes. Desaparece el edificio. Por un instante desaparece incluso la Ciudad de México. Se esfuman las avenidas, el tránsito, las obras interminables y el resplandor de las pantallas. La capital entera parece retirarse unos pasos para dejar espacio al cielo.
Afuera, sin embargo, la ciudad continúa. Los autobuses recorren la zona norte. Los vendedores levantan cortinas metálicas. El viento atraviesa las explanadas de Zacatenco y se enreda entre árboles que han visto pasar generaciones enteras. Entre esos edificios de concreto ha resonado durante décadas una palabra que cualquier politécnico reconoce de inmediato: Huélum.
El Instituto Politécnico Nacional se aproxima a cumplir noventa años. Noventa años alcanzan para construir una tradición, para formar generaciones enteras de profesionistas y para convertir una institución en herencia. También alcanzan para que aparezca una pregunta inevitable: quién debe custodiar esa herencia.
Las movilizaciones de las últimas semanas han sido interpretadas como una disputa sobre presupuestos, infraestructura, transparencia o procedimientos administrativos. Entre las demandas más visibles aparece la destitución del director general en funciones, una exigencia que ha colocado nuevamente al Politécnico en el centro de la conversación pública. Sin embargo, debajo de esa superficie se mueve una inquietud más profunda, ligada menos a los reglamentos que a la identidad de una institución que ha acompañado el crecimiento de la ciudad durante casi un siglo.
En los pasillos de Zacatenco, Santo Tomás y las escuelas del sistema politécnico reaparece una idea persistente: que la dirección del instituto debe recaer en alguien surgido de la propia tradición politécnica, alguien que conozca la cultura de laboratorios, talleres y aulas no como una referencia curricular, sino como una experiencia vivida. Detrás de esa exigencia asoma una vieja desconfianza hacia la posibilidad de que la dirección general termine convertida en una estación de paso dentro de trayectorias políticas o administrativas ajenas a la vida cotidiana del instituto.
La Ciudad de México conoce bien esa clase de dilemas. A lo largo de su historia ha visto cómo barrios, edificios e instituciones sobreviven a las generaciones que les dieron origen. Cambian los gobiernos, las prioridades y los proyectos urbanos, pero algunas comunidades desarrollan un vínculo tan fuerte con sus espacios que terminan sintiéndolos propios.
Mientras la capital avanzaba hacia el norte, abría vialidades, levantaba unidades habitacionales y se transformaba en una de las mayores metrópolis del planeta, el instituto crecía junto con ella. De sus aulas salieron ingenieros capaces de calcular estructuras y tender redes eléctricas, químicos dedicados a procesos industriales, médicos, especialistas en telecomunicaciones, metalurgistas, técnicos y científicos formados para resolver problemas concretos de un país que apostaba por la ciencia y la tecnología como herramientas de desarrollo. Buena parte de la infraestructura que sostiene la vida cotidiana de la ciudad conserva huellas de esa historia, aunque pocas veces reparemos en ello.
Quizá por eso el Huélum sigue resonando con una fuerza singular. Lo pronunciaron generaciones que conocieron una ciudad más pequeña. Lo repitieron quienes vieron surgir nuevas colonias, ejes viales y líneas del Metro. Vuelve a escucharse ahora, cuando la comunidad politécnica discute qué clase de institución desea ser al acercarse a su primer siglo de existencia.
La paradoja acompaña al Politécnico desde hace décadas. La escuela creada para formar especialistas en ciencias exactas regresa una y otra vez a preguntas profundamente humanas: la pertenencia, la representación y la memoria.
El recorrido en el Planetario Luis Enrique Erro concluye donde comenzó. Las estrellas desaparecen y la bóveda recupera su color habitual. El cielo se desvanece. La ciudad vuelve a ocupar su lugar.
Afuera siguen las avenidas, los árboles de Zacatenco y las discusiones del presente. También permanece una pregunta que ninguna generación ha logrado responder de manera definitiva: quién debe custodiar una herencia.
Las luces terminan de encenderse. Sobre la cúpula ya no queda rastro de las constelaciones que hace unos minutos parecían tan nítidas. Los visitantes vuelven a la ciudad. Afuera, entre laboratorios, murales y escuelas que se acercan a los noventa años, el Huélum continúa resonando. No como una consigna. Como la voz de quienes saben que toda herencia termina enfrentando la misma pregunta: quién habrá de recibirla y qué hará con ella.