Administrar no es hacer política

17 de Abril de 2026

Administrar no es hacer política

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En México se repite: “ni de izquierda ni de derecha”. Pero gobernar sin ideología no existe.Con desigualdad, discriminación y realidades tan distintas, ¿realmente se puede gobernar “para todos”?

En México existe un fetichismo por la neutralidad donde se exige a los gobiernos abandonar la ideología y los “radicalismos” para gobernar “para todos”. La popular consigna “ni de izquierda ni de derecha, primero México”, plantea que basta con “sacar a los villanos” del poder para tener un buen gobierno.

Si realmente se puede gobernar sin ideología, para todos por igual, vivir en una democracia con alternancia partidista no tiene sentido: sería más eficiente tener una dictadura que se guíe siempre por el mismo libreto. Esto implica asumir que todas las personas mexicanas deseamos lo mismo.

Usamos el argumento de la neutralidad para evitar el contraste de ideas, quitándonos el derecho a disentir con otros ciudadanos. Estar en desacuerdo con paisanos que piensan distinto se castiga socialmente, porque la narrativa nos hace creer en una fraternidad entre mexicanos donde todos apoyamos el mismo proyecto nacional.

En México, el 10% más rico del país gana 14 veces lo que gana el 10% más pobre (ENIGH, 2024), el 39.1% de la población en México presentó carencia por acceso a la salud en 2022 (CONEVAL) y el 23.7% de la población mayor de edad sufrió de algún tipo de discriminación en 2022 (ENADIS). Incluso la violencia criminal se vive distinto en cada región del país: en zonas urbanas de alto nivel adquisitivo, el delito de mayor impacto es el robo parcial de vehículo o casa habitación; mientras que en regiones de la periferia o estados en conflicto es la extorsión y el control territorial. Tal diversidad vuelve muy difícil que un gobierno garantice las demandas de todos los ciudadanos por igual. Los recursos de una economía son escasos y siempre habrá que definir prioridades para decidir qué recortar y en qué invertir tiempo, dinero y atención.

El filósofo Zizek insiste que los sistemas políticos sanos no son aquellos en los que no se discute o se “pelea”, sino en los que las disputas se asumen de la mejor manera. Argumenta que hoy en día vivimos en la post-política, un totalitarismo blando donde hemos olvidado que la agenda dominante se puede confrontar y en el que las ideologías se asumen como innecesarias porque existe un bien objetivo absoluto. Convierte a los ciudadanos en clientes del gobierno, en seres interpasivos que se quejan frenéticamente en redes sociales para no cambiar nada significativo en la estructura.

México en el 2000 dio un claro paso a la post-política, cuando grupos diversos concluyeron que el bien absoluto era sacar al PRI. Aceptaron un status quo en el que la prioridad era solamente cambiar quién administraba el mismo sistema, sin resolver los problemas de fondo.

En México, el 28.3% del electorado no puede ubicarse en el eje ideológico (Estrada, 2005). Las personas primero deciden, por identidad o por herencia, qué partido les atrae más y después basan su ideología en esa elección. Los debates partidistas más recientes se basan en quién es menos corrupto, rara vez haciendo un diagnóstico que analice de raíz qué está mal con el país, tomando una postura ideológica real.

Vivimos un relato que asume que un buen gobierno depende de que personas capaces y con buena voluntad ocupen cargos en el mismo sistema dominante. Pocas veces se cuestiona el sistema que perpetúa desigualdades y permite capturar al poder para nunca soltarlo. Incluso hoy siguen dominando los argumentos post-políticos que defienden que el objetivo social de cada partido es la alternancia, sacar a sus rivales de los puestos de poder. ¿Qué clase de democracia se construye cuando se discute lo banal?