Hay una inquietud social, es grande, y es sobre la manera en que vivimos. Y no va tanto sobre calificar como funcionan las cosas, eso parece ser más sencillo de identificar; más bien, es referente a distinguir entre lo que funciona y lo que solamente aparenta funcionar.
Vivimos rodeados de indicadores, discursos, ceremonias, comunicados, campañas, posicionamientos y narrativas que prometen transmitir la sensación de avance. Y sin embargo, basta rascar apenas la superficie para descubrir que muchas veces la realidad sigue exactamente donde estaba.
Quizá por eso una de las características más notables de nuestra época no sea la crisis, sino la simulación; porque no se trata únicamente de la política. De hecho, sería un error reducir el fenómeno a los gobiernos. La simulación se ha convertido en una práctica cultural que atraviesa a grandes rasgos todos los espacios de la vida pública.
Las empresas simulan compromiso social, las instituciones cercanía, los partidos simulan autocrítica, los medios pluralidad, las redes sociales simulan participación; e incluso nosotros, como ciudadanos, hemos aprendido a simular interés, indignación o involucramiento a través del mundo digital que nos permite sentir que participamos sin necesidad de transformar nada.
De alguna manera, hemos construido una sociedad donde la representación de las cosas comienza a tener más importancia que las cosas mismas.
La lógica no es nueva, lo novedoso es la velocidad con la que se reproduce. Durante años las instituciones necesitaban resultados para construir legitimidad, hoy basta con producir una narrativa convincente. Antes una obra pública tenía que existir para ser inaugurada; ahora puede ser anunciada, promocionada, discutida y celebrada mucho antes de demostrar su utilidad. Y antes, una estrategia requería eficacia, ahora muchas veces basta con que lo parezca.
Lo mismo ocurre en prácticamente todos los ámbitos, porque las métricas sustituyen a las experiencia, la percepción reemplaza a los resultados y la imagen desplaza al contenido.
Y no es porque la sociedad haya sido engañada de manera pasiva, sino porque todos terminamos participando en el mismo juego; ése que incluye a las redes sociales que aceleraron este proceso al convertir la atención en la moneda más valiosa de nuestro tiempo.
En ese ecosistema, la profundidad compite en desventaja frente a la apariencia, y así es como lo complejo pierde terreno frente a lo inmediato, y lo verdadero suele ser menos atractivo que lo que se vuelve viral; y la consecuencia no es únicamente una ciudadanía desinformada, porque poco a poco comenzamos a ajustar nuestras expectativas y dejamos de exigir soluciones para conformarnos con cualquier distractor; dejamos de pedir resultados para celebrar intenciones.
Así es como esto se ha convertido en una simulación que deja de ser una estrategia de comunicación; y eso adquiere una forma de gobierno, de convivencia y, eventualmente, en una forma de entender la realidad.
Tal vez por eso cada vez resulta más difícil identificar cuándo algo está mejorando y cuándo simplemente está siendo mejor contado; hasta el punto en que nos volvemos jueces, haters, ya no confiamos en nada. Entrando así en esa paradoja: en la de adaptarnos, resistir y convivir con esa ineficacia.
Pero tarde o temprano la realidad termina imponiéndose y es entonces que podemos ver que ningún discurso podrá sustituir aquello que se pretende representar.