Antonio Cuéllar

Algunos episodios de la vida de un político determinan el destino de su carrera.  En el caso de los Presidentes electos, máximos responsables de la dirección del destino de la Nación, estos eventos definen el rumbo de la historia.  Existen momentos o circunstancias precisas que identifican el inicio del descenso de la aprobación popular de cada una de las últimas administraciones.

El levantamiento armado del EZLN en Chiapas, un acontecimiento que no tenía precedentes en la historia reciente de México, marcó la caída de la credibilidad y del sexenio de Carlos Salinas de Gortari. La entrada de campesinos armados con machetes, a las vías de acceso al Aeropuerto Internacional, una imagen que vimos todos a través de la televisión, señaló el temprano inicio del final del sexenio de Vicente Fox. Las histriónicas salutaciones militares de Felipe Calderón, aún no siendo éstas un referente del descenso de su popularidad, constituyen el símbolo supremo de la aventurada estrategia emprendida durante su administración en la lucha contra el narcotráfico –después pretendidamente desviada en contra de la delincuencia organizada.

Pocos ejemplos resultan ser tan claros y precisos para definir un punto de quiebre a lo largo de una conducción política, como lo fue el que nos ofreció el sexenio pasado la señora Angélica Rivera, esposa del Presidente de la República. Al conceder la entrevista a los medios de comunicación, para defender la adquisición de la “Casa Blanca”, no sólo no midió la reacción de rechazo a una operación petulante por su cuantía y por involucrar a la familia de un servidor público, sino tampoco la torpeza para entender el momento histórico que atravesaba el país en ese instante.

El Presidente y su equipo de asesores, y la propia Primera Dama, así guiada, no supieron leer el hartazgo que corría entre la gente en contra de la corrupción de su clase gobernante. Se soslayó la enorme sensibilidad que se desarrollaba entre la gente, contra actos de enriquecimiento inexplicable que pudieran provenir de un gobierno salido de un partido político identificado con la corrupción, al que apenas se le volvía a conceder la oportunidad para dirigir las riendas del país.

En el caso del sexenio anterior, la inflexión estuvo quizá definida, también, por otro desafortunado episodio histórico que complementa al anterior, el de la torpe conducción de la labor de procuración de justicia con relación a la desaparición de los cuarenta y tres estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, levantados en Iguala el 26 de septiembre de 2014, y posiblemente asesinados en esa misma fecha u otra cercana.

A lo largo de las últimas semanas se han venido elevando los reclamos que, hasta ahora, en el terreno de lo puramente social, habían venido haciendo organizaciones pro defensa de los derechos de la mujer.  Las demandas no son del todo claras, pero son evidentemente fundadas, si se observa el fenómeno que vive nuestro país alrededor del escandaloso incremento de feminicidios en el territorio nacional. Las organizaciones han llamado a un paro nacional de mujeres el 9 de marzo del 2020, que sin lugar a dudas cobra fuerza cada día.

Resulta incuestionable que, con independencia de la filiación partidaria de cualquier persona, el asesinato de mujeres, en la forma y en las cantidades que están teniendo lugar en México, por aparentes muestras de fuerza, odio o repudio en su contra, por su propio género, son aborrecibles y se deben de repudiar.

Afectado de un episodio ya continuado de paranoia, en el que se le ha visto sumido desde hace mucho tiempo, ante alusiones a golpes de estado y ataques de una oposición que francamente se aprecia inexistente, el Presidente de la República abordó el tema en sus conferencias mañaneras para atajar al contingente feminista, al que asoció con la oposición y al que calificó como un movimiento de “conservadores” para afectar a su propio gobierno.

El Presidente no mide el efecto de sus palabras y la lógica debilidad de su planteamiento, al haber sido él, el promotor y principal instigador de la manifestación como instrumento político cotidiano de recriminación y presión contra el gobierno.  Pareciera no darse cuenta de lo bochornoso que resulta ser que, el principal actor político acusado de haber tomado pozos petroleros o la Avenida Paseo de la Reforma, critique o se oponga a una muestra nacional a favor de una vida sin violencia, en especial contra las mujeres.

Su discurso, ahora acompañado por las actividades de su esposa y algunas de las mujeres que conforman su gabinete a través de sus propias redes sociales, son una clara prueba de ese distanciamiento en el que llegan a verse inmersos los políticos cuando se alejan de la gente y de esa realidad que les toca atender y gobernar; el ingrediente que deslegitima su estancia.

Quizá no llegue a ser el único fenómeno que acabe por marcar el fin del período de gobierno de Andrés Manuel López Obrador, pero será claramente uno de los primeros, –curiosamente acontece durante los mismos días en que se llevó a cabo la operación presidencial para recaudar recursos empresariales para solventar la “rifa” del “avión presidencial”.

Lo cierto de las cosas es que al Presidente le corresponderá enfrentar, además, el repudio generalizado de la Nación ante un posible descalabro económico. No sólo está detenido el crecimiento del desarrollo nacional y la generación de empleo, sino que la capacidad adquisitiva de la población podría verse gravemente afectada si ante una crisis de endeudamiento, el peso se somete a un proceso devaluatorio similar al que atravesamos hace una treintena de años.

¿Cuál acabará por ser el impacto que la propia conducción de la política nacional tenga, en el marco de un artículo 35 constitucional en vigor, que mira por una novedosa figura de revocación de mandato que antes no existía?

El Presidente mismo, desde antes del inicio de su gobierno lo propuso: el pueblo pone y el pueblo quita. En el supuesto de que dicha consulta a la ciudadanía se llegue a realizar en el 2022, ¿qué pensará entonces el pueblo, del Presidente que eligió en el 2018?, ¿Sobrevivirá de aquí hasta entonces el capital del apoyo popular que tanto presume Morena, aún con un Presidente que poco a poco se distancia de la gente?

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