Hannia Novell

Israel y Palestina siempre han vivido al borde del conflicto. La paz en la región es extremadamente débil y basta una mecha para provocar una conflagración. Por eso, el anuncio del presidente de Estados Unidos, Donald Trump de reconocer a Jerusalén como la capital israelí y trasladar su embajada de Tel Aviv a esa ciudad ha provocado que se enciendan los “focos rojos” a nivel global.

No es para menos. A las 07:20 de la mañana del 11 de diciembre, un sujeto hizo explotar un artefacto de fabricación casera en un túnel que conecta la estación terminal de autobuses con la estación del metro de la icónica plaza de Times Square, en Nueva York.

Por fortuna, sólo hubo cuatro heridos, incluido el sospechoso, Akayed Ullah, un ciudadano de 27 años originario de Bangladés, quien llevaba la bomba pegada al cuerpo. En sus primeras declaraciones dijo que lo había hecho por “las acciones de Israel en Gaza”.

Ahí hubo uno de los primeros efectos de la nueva política de Washington en la zona. Una política que se caracterizó durante décadas por su neutralidad, lo que le había permitido servir de mediador en el conflicto.

Basta recordar que el primer gran acuerdo para tratar de lograr la paz entre ambos países, los Acuerdos de Oslo, fueron firmados en la capital estadounidense por el entonces ministro de Exteriores de Israel, Shimon Peres; el primer ministro, Yitzhak Rabin, y el líder de la Organización para la Liberación Palestina (OLP), Yasser Arafat, teniendo como testigo a Bill Clinton.

Al tomar partido, Estados Unidos dejó de ser un mediador confiable y Trump no podrá alcanzar una de sus promesas de campaña: el Ultimate Deal, el pacto final de paz que fue ideado por su yerno, Jared Kushner, y que se trabajaba con palestinos, israelíes y otros actores claves en la región, entre ellos, Arabia Saudita, Egipto y Jordania.

Ese vacío que deja al no poder fungir como mediador será llenado por Rusia que aprovechará las circunstancias para posicionarse como la superpotencia que sí está interesada en estabilizar la región. De hecho, el presidente Vladimir Putin visitará esta semana Egipto y Turquía.

Paralelamente, Hamás, el grupo que mantiene un control casi absoluto de la franja de Gaza, convocó a una tercera Intifada o revuelta popular palestina. El llamado tuvo eco y grupos afines lanzaron cuatro misiles contra territorio israelí, entre el jueves 7 y el lunes 11. A su vez, Mahmud Abbas, presidente de Palestina, llamó a “tres días de rabia” con manifestaciones masivas.

Ya las hubo en Estambul, Turquía, donde la próxima semana se realizará una cumbre de la Organización de Cooperación Islámica, así como en la universidad de Al Azhar y otros centros universitarios de El Cairo, Egipto; en Rabat, Marruecos; en Jalalabad, Afganistán, y en Yakarta, Indonesia.

También en Líbano y en Suecia, donde inconformes lanzaron bombas Molotov en una sinagoga.  Además, no es lejano que otros grupos extremistas como el Estado Islámico aprovechen la coyuntura para planear ataques terroristas con la excusa de defender los derechos palestinos.

Hay otras consecuencias previsibles: países aliados de Estados Unidos como Arabia Saudita, Egipto y Jordania se distanciaron de Trump por esta decisión.

Hay analistas que ven en esta determinación un plan para lanzar una ofensiva militar contra Irán y generar una economía de guerra con la venta de armas. Lo cierto es que las repercusiones están aún por verse y que Trump ha demostrado una vez más que, bajo su mandato, la diplomacia está en riesgo y que no tiene recato alguno en incendiar Medio Oriente.

Compartir