Raymundo Riva Palacio

El presidente Andrés Manuel López Obrador está perdiendo el control de su gabinete. Abundan los enfrentamientos internos, lo que no es novedad en esta administración y, de hecho, tampoco es algo inusual de otros gobiernos. Lo notable es que la virulencia de conflicto va creciendo y de manera gradual le han perdido respeto a la investidura, dirimiendo fuertemente sus diferencias en reuniones frente al Presidente. El último choque de esta naturaleza sucedió hace unos días, entre la secretaria de Seguridad y Protección Ciudadana, Rosa Icela Rodríguez, y el secretario de la Marina, el almirante Rafael Ojeda. El pleito fue muy fuerte, según testigos, y obligó a López Obrador a dar un enérgico manotazo para detener la virulenta discusión.

Ese día en Palacio Nacional, la secretaria Rodríguez comenzó a quejarse de la falta de apoyo de la Marina en la implementación de los Tianguis del Bienestar, un programa puesto en marcha en agosto pasado para entregar a poblaciones vulnerables bienes y recursos confiscados o decomisados en las aduanas. El programa no tiene que ver nada con la Secretaría de Seguridad, pero el Presidente se lo encargó a Rodríguez, muy cercana a él desde hace dos décadas, y a quien está comenzando a tallar para convertirla en la próxima jefa de Gobierno de la Ciudad de México.

Rodríguez acusó a la Marina de haberlos dejado sin protección, y señaló que les era muy difícil entrar a algunas poblaciones porque pensaban que eran policías. La Secretaria se confundió evidentemente. Seguridad Pública y policías son casi un sinónimo. ¿Por qué tendrían que ser vistos como lo que no son? Tampoco es culpa del personal de la Secretaría, sino de quien los puso a realizar tareas que no se encuentran dentro de su jurisdicción, y de quien lo aceptó. En cualquier caso, la queja de Rodríguez tuvo respuesta inmediata del Secretario de la Marina, quien rechazó los lamentos y le dijo que lo que demandaba no se encontraba dentro de sus responsabilidades. Los secretarios se hicieron de palabras y recriminaciones mutuas hasta que intervino el Presidente.

La violencia de ese choque en las reuniones multitudinarias y desorganizadas previas a la mañanera, no es algo a lo que están acostumbrados. Lo que había sucedido antes en la categoría de sobresaliente, fueron los momentos de desdén hacia la entonces secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, o el silencio público de los jefes militares, quienes ante tanta audiencia en reuniones que debían ser mucho más privadas y acotadas, habían optado por guardarse los temas delicados y buscar al Presidente en otro momento para comentarlo con él.

La rispidez con la que se trataron Rodríguez y el almirante Ojeda permite asomarse a la forma como se están peleando los colaboradores del Presidente, que ante los vacíos y descontrol que están observando, están dirimiendo sus problemas en público, muchas veces ante personas que desconocen quiénes son o porqué son invitadas a ese tipo de reuniones. Los enfrentamientos, para agudizar el problema, siguen creciendo.

Uno que se arrastra desde hace más de un año, es el que ha sostenido el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, con el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, que no ha dejado de tener nuevos capítulos. El último, hace dos semanas, fue la batalla por las vacunas de refuerzo anti-covid, luego que el fallido zar del coronavirus convenció al Presidente de que no eran necesarias, y que esperaran hasta marzo, cuando habría suficiente información y pruebas de su necesidad. Ebrard, a quien le había quitado el Presidente la compra de vacunas y se la regresó a la Secretaría de Salud, persuadió al presidente de lo contrario, y logró que cambiara su postura y anunciara que la vacuna de refuerzo sería universal.

Fuera de la mañanera, Ebrard ha sido déspota con López-Gatell, y lo ha despreciado en reuniones vinculadas al tema de la covid, marginado y rechazado cuando el subsecretario ha pretendido llegar a acuerdos con él. López-Gatell, nada efectivo como estratega contra la pandemia, pero cargado de intrigas, se apuntó algunas victorias contra el canciller, pero tiene más derrotas en su haber. Topó con el muro de Ebrard, que ha tenido una aliada inopinada en Claudia Sheinbaum, la jefa de Gobierno capitalina, quien con el apoyo del Presidente desplegó una estrategia distinta a la recomendada por el subsecretario para enfrentar la pandemia, y lo confrontó, llegando su exasperación y percepción de poder en Palacio Nacional a tal nivel, que recientemente pidió su destitución.

López Obrador no accedió a la propuesta, porque considera que la remoción del subsecretario sería el reconocimiento de que su estrategia contra la pandemia fracasó, y ha tratado de protegerlo, no de las críticas externas, sino del fuego interno, al encargar a su coordinador de asesores, Lázaro Cárdenas, que sea quien lleve la interlocución regular con él.

Hay otros conflictos que van en aumento. El más importante, el renovado pleito entre la secretaria de Energía, Rocío Nahle, y el director de Pemex, Octavio Romero, que se intensificó, coincidentemente, tras el aplazamiento de la autorización de la compra del 50% de la refinería de Deer Park, en Houston, donde la brocker fue Elvira Daniel Kabbaz Zaga, muy cercana al funcionario, que había renunciado a la dirección del Centro Nacional de Control de Gas Natural para meterse en ese negocio, de donde obtuvo, según información que llegó a Palacio Nacional, una comisión equivalente a 12 mil millones de pesos.

Los choques en el gabinete son cada vez más fuertes, consecuencia de un estilo presidencial peculiar, ausente en muchos temas, sin involucrarse en los detalles de lo importante, y con obsesiones políticas y lógicas electorales que dejan vacíos de poder que se llenan con la díada pendular de ganadores y perdedores. López Obrador no se ha dado cuenta que sus omisiones ayudan a que las relaciones intergabinete se vayan pudriendo, afectando su gestión y eventualmente sus resultados.  

NOTA: Esta columna deja de publicarse hoy, y reanudará el jueves 6 de enero.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx

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