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Jose Luis Camacho

En medio de la muy llevada y traída tragedia de Iguala, Guerrero, en la que todos los mexicanos buscamos justicia y estamos decididos a cambiar el conjunto de factores que permitió que se asesinara impunemente no sólo a 43 jóvenes, sino también a casi un centenar de víctimas sin identificar pero sí con padres, familia y amigos que los buscan y cuyo dolor no puede ser subvaluado, hay quienes se han aprovechado y pretendido volver omnipresentes a los padres de familia de esos 43 jóvenes, pues lo mismo están en Chilpancingo que en Acapulco, Iguala, Washington, Veracruz y Ciudad de México, y de las manifestaciones pacíficas y muy sentidas han pasado a los actos de vandalismo, agresión e intolerancia.

De ello ya ha sido víctima el Ejército Mexicano, la institución más apreciada por el pueblo mexicano y que sin tener nada que ver en los hechos de aquel 26 de septiembre de 2014, ya ha sido señalada de cómplice y represor, lo cual pone en tela de juicio la ruta que han tomado las protestas bajo la marca “Ayotzinapa” y a quienes verdaderamente están detrás de ellas.

Y es que no escapa al entender que los autobuses, alimentos, materiales y sustento de los supuestos manifestantes representan millonarios recursos que ya suman casi cuatro meses de estar fluyendo.

Asimismo, los hechos que muestran el secuestro, utilización y destrucción de tráilers y camiones para derribar bardas y agredir a la Policía Militar que cumplía con su deber de resguardar las instalaciones militares y la integridad de sus compañeros, es la muestra de los abusos y provocaciones que han realizado grupos de enmascarados que bajo la bandera de Ayotzinapa han pretendido justificar sus delitos y buscar la impunidad, atropellando los derechos de todos los demás.

Y es que quienes ayer criticaban que el Ejército saliera a las calles y realizara acciones propias de los cuerpos de seguridad municipales y locales y le exigían que permaneciera en sus cuárteles, hoy se dicen indignados por la supuesta omisión del 27o. Batallón ante los acontecimientos de Iguala, Guerrero, llegando al extremo de acusarlo de cómplice de los funestos sucesos. A todas luces, se trata de un argumento insostenible que retrata claramente el perfil de quienes sistemáticamente están en contra de todo y de todos y que buscan asignar culpas a quienes nada tuvieron que ver, buscando debilitar a las instituciones públicas.

Sin duda, desde hace varios años las Fuerzas Armadas son víctima de grupos que las han tomado como blanco a atacar y cualquier acción y hecho en el que está involucrado un militar, lo convierten en una conspiración verde olivo para violar sistemáticamente derechos humanos.

Con la falacia de que en el 27o. Batallón de Infantería del Ejército apostado en Iguala, Guerrero, existen hornos crematorios y que ahí pudieron haber sido incinerados los cuerpos de 43 jóvenes, mito que nadie se cree pero que ha sido utilizado por sus creadores para atacar a la institución castrense e ir formando un mito del que algo buscan obtener, los manifestantes exigieron violentamente entrar al 27o. Batallón de Infantería, ignorando con ello que todas las instalaciones militares son estratégicas para la seguridad nacional de México y por lo tanto, no son de libre acceso.

Sin embargo, en una acción de apertura y de hondo respeto al Ejército el Secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, ha dicho que a invitación de la Secretaría de la Defensa Nacional se permitirá el acceso exclusivamente a los 43 padres de familia y a la CNDH y sólo a la mencionada instalación, para que se cercioren que la aseveración de los hornos crematorios en el Ejército no es más que una mezquina y ofensiva ocurrencia de alguien que busca traer agua a su molino.

Y es que atacar al Ejército Mexicano es agredir a la propia Nación, pues sus integrantes son mujeres y hombres de diversas entidades de la República y de las más modestas posiciones, que se han integrado a nuestras Fuerzas Armadas con el único objetivo de servir y apoyar en las emergencias nacionales. Quien no lo entienda así y pretenda descalificar el trabajo diario e incansable de miles de mexicanos, está sirviendo a intereses muy distintos a los de la Nación.

No deja de llamar la atención que en el mar de mezquindad y oportunismo que ha inundado a la tragedia de Iguala, hay seudopolíticos, con muy buenos cálculos pero con nada de escrúpulos, que han abandonado o están próximos a abandonar el partido político que les dio su carrera política, como lo es el PRD, y que hoy, enfrentándose a su más profunda crisis y en lugar de comprometerse con su cambio, salen de él por la puerta trasera de la cobardía, tratando con ello de deslindarse de la red de complicidades que tejió las corruptelas y maquinaciones que desde 1997 han afectado a ese instituto político y que lo han llevado a su actual estado. Sin embargo, haber sido legislador, secretario, gobernante y dirigente del sol azteca no permite que se laven la cara y que la sociedad les crea que eran blancas palomas sobrevolando un basurero.

Por tales razones, los mexicanos condenamos enérgicamente los actos delictuosos de los que ha sido objeto el Ejército Mexicano y exigimos el castigo de los culpables. No puede ser de otra forma.

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