Raymundo Canales de la Fuente

En nuestro país se ha desarrollado, en las últimas décadas una cultura de desprecio hacia todas y todos los que trabajamos en la salud. Las razones no son simples de explicar y están en relación con un desprecio estructural que deriva del deterioro de las instituciones sanitarias públicas, es por completo cierto y demostrable que los últimos gobiernos dejaron de invertir en las instituciones porque las han entendido como un gasto, lo que coincide con muchos países occidentales.

El desarrollo científico por otro lado ha redundado en costos cada día más elevados de los tratamientos complejos que se requieren para las enfermedades degenerativas.

La diabetes mellitus, por ejemplo, que presenta complicaciones graves como la insuficiencia renal, necesita de una técnica llamada diálisis, que en general resulta compleja y de costos muy elevados. Los políticos en general, aunque han sido ellos los que toman las decisiones, no dan la cara frente al paciente.

Somos los médicos y médicas, quienes terminamos intentando explicar a quien necesita el servicio de salud, lo inexplicable, de tal forma que el enfermo responsabiliza a quien tiene enfrente, concluyendo que se trata de un acto de negligencia del profesional que tiene a la mano. Ese razonamiento es humano y explicable, pero de ninguna manera se justifica.

No somos los culpables del deterioro en todos los aspectos. Si no existen camas, medicamentos, especialistas, quirófanos, es un hecho que deriva de decisiones tomadas por encumbrados políticos, nunca de nosotros.

Adicionalmente el fenómeno ha coincidido con un sano movimiento a favor de los derechos de los pacientes, especialmente para participar en las decisiones concernientes a su salud, pero en medio del deterioro descrito se ha convertido en un extremo de abuso por parte del enfermo.

Las historias de amenazas del paciente en contra del médico para obligarlo a intervenir de tal o cuál manera se han multiplicado desde hace quizá unos diez años, y eso aunado al abandono el profesional de la salud por parte de las instituciones, han dado como resultado una percepción social que se traduce en concebir al médico cómo una especie de sirviente a quien se le maltrata sin consecuencias.

El colmo es que los directivos de hospitales e instituciones de salud también desprecian hoy, sistemáticamente al médico. Toman decisiones que les afectan directamente y ni siquiera articulan un elemental diálogo con los profesionales.

En suma, México es hoy una sociedad que desprecia, agrede y descalifica al médico y a la enfermera. Hoy resulta que invitan a la población a qué nos llamen “héroes” …… ¿cómo?, ¿por qué? a ¿quién? Es una contradicción muy profunda que no se resolverá ni siquiera mostrando directamente nuestros enormes esfuerzos.

Es urgente cambiar a muchos directivos en caso de que no estén dispuestos a modificar hechos muy arraigados. Ojalá podamos empezar a cambiar.

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