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Juan Carlos Rodríguez

En la época de la Guerra Fría, el principal adversario de Greenpeace eran las pruebas nucleares y los cazadores de ballenas. Hoy, a 50 años de su creación, la organización ambientalista tiene en la delincuencia organizada a uno de sus más fuertes oponentes, flagelo que es más notorio en países como México.


“Lo más difícil de ser un ambientalista en México es la libertad cercenada de poder señalar con el dedo de manera pacífica a los responsables del deterioro ambiental sobre todo a nivel municipal”, dijo en entrevista con ejecentral Gustavo Ampugnani, director ejecutivo de Greenpeace México, quien advirtió que Sembrando Vida no es un programa ecologista y que la refinería de Dos Bocas es una “mala jugada” ante la crisis ambiental.


—En este medio siglo, ¿qué mejoró y qué empeoró en el mundo en términos ambientales?


—Cuando Greenpeace se funda estábamos en plena Guerra Fría, cuando era difícil imaginar un mundo sin bombas nucleares o sin refugios nucleares, sobre todo en países como Estados Unidos y la Unión Soviética. Cincuenta años después, si bien hay algunos países con arsenales nucleares, no estamos cerca de una batalla con misiles de un país a otro, esa carrera nuclear se desaceleró.


“Tener un arsenal nuclear ya no es bien visto en el mundo actual, la población lo rechaza. Respecto a las sustancias tóxicas, llámese asbesto, DDT, productos con plomo y metales pesados, 50 años después hay numerosas legislaciones que prohiben su uso para bienes de consumo”, dijo el activista.


Y agregó: “En cuanto al petróleo, hace 50 años no había duda que el crecimiento de un país era inconcebible sin combustibles fósiles, pero ahora las generaciones más jóvenes lo están rechazando”.


—¿Hay diferencias generacionales? ¿Un centennial es más ecologista que un baby boomer?


—Sí, las generaciones mas jóvenes captan el mensaje de manera más rápida, es decir, no hay que explicarles tanto por qué tenemos que modificar ciertas pautas de consumo o por qué los extractivismos son nocivos para la naturaleza y la biodiversidad.


“Los jóvenes que hoy cursan la secundaria o la prepa ya traen el chip integrado, pero eso es fruto de un esfuerzo de muchos años, de que muchos países han incorporado en los planes de estudio los temas ambientales”.


Ampugnani apuntó que el trabajo de los medios de comunicación también ha sido clave para que los temas ambientales se vuelvan de dominio público. “Hace 30 años en México los temas ambientales eran más de relleno, era difícil permear la agenda política; hoy los temas ambientales están presentes, con más o menos intensidad, en todos los medios. Eso ha preparado el terreno para que las nuevas generaciones puedan comprender más rápido de qué se trata el cambio climático y por qué se debe exigir a los gobiernos y a las empresas reducir la emisión de gases de efecto invernadero”.

La delincuencia, el actual depredador

Hasta hace una década, Greenpeace —que llegó a México hace 29 años— desarrolló una intensa campaña para denunciar la tala clandestina en bosques y selvas, pero la presencia de grupos delincuenciales los obligó a tirar la toalla.


“Lo tuvimos que interrumpir porque no podíamos asegurar que nuestra integridad estuviera a salvo cuando salíamos a documentar en el terreno, y buena parte del trabajo de Greenpeace se basa en las investigaciones que se realizan al recorrer brechas y caminos de ciertos estados; esa libertad de denunciar y señalar a los responsables se tiene que hacer con muchas limitaciones”, señaló Ampugnani.


—¿Qué es lo más difícil de ser un activista ambiental en México?


—Lo más difícil es la libertad cercenada de poder señalar con el dedo de manera pacífica a los responsables del deterioro ambiental, sobre todo a nivel municipal y estatal.


“Greenpeace es una organización global, con presencia en 56 países, a través de 26 oficinas. En México, tenemos el apoyo de 48 mil personas que cada mes hacen un donativo para que realicemos nuestras actividades. Nosotros tenemos esa ‘protección’, pero muchas de las personas que colaboran con nosotros y que están en sus ciudades y en sus municipios, y que quisieran denunciar prácticas que atentan contra la integridad del medio ambiente, no pueden hacerlo porque no es seguro”.


—¿Es la delincuencia, es la impunidad o el vacío de autoridad?


—Es todo a la vez. Trabajar hoy por hoy en las zonas montañosas o de bosques en México es muy difícil, porque no tienes la seguridad de que tu integridad física va a ser preservada, porque hay grandes zonas del país donde lamentablemente no hay presencia institucional; diría que están en situación de ingobernabilidad porque las autoridades constituidas son débiles frente grupos que están realizando actividades que atentan contra el medio ambiente.

Teatralidad o presión social

Para unos son los héroes que contribuyeron a frenar las pruebas nucleares y la caza de ballenas; para otros son los fanáticos que se oponen a erradicar el hambre a través de la ingeniería genética. Son, al mismo tiempo, ángeles y demonios.


En medio de esa polarización, este 15 de septiembre Greenpeace cumple 50 años de existencia. Una de las mayores críticas a lo largo de su existencia es la teatralidad de sus protestas, lo que hace sospechar si sus causas son genuinas o tienen la intención de manipular a la opinión pública.


—¿Estas ‘puestas en escena’ han sido el método correcto? ¿Hay planes de cambiarlo?


—Antes las llamábamos “acciones directas no violentas”, pero ahora las hemos denominado “confrontación creativa no violenta”. Esta suerte de performance o teatralizaciones se diseñan para poder comunicar de manera visual, rápida y atractiva un problema ambiental complejo y para poder evidenciar a quienes están detrás de los crímenes ambientales.


“Para Greenpeace ha sido una táctica sumamente efectiva y eficiente para poder visibilizar un problema ante un público que no necesariamente tiene el conocimiento detallado de lo que está pasando con el planeta en términos ambientales y que quizá a lo mejor ni le importaba. Pienso que esa táctica se debe mantener”.


En 1971, cuando los primeros activistas de Greenpeace se opusieron a las pruebas nucleares en Amchitka, Alaska, un sello distintivo fue justamente la confrontación pacífica. “Hoy por hoy, estas acciones directas no violentas o confrontación creativa no violenta sirven para distintas cosas. Nos han servido para bloquear una tubería porque está descargando sustancias tóxicas a un cuerpo de agua, y si eso es ilegal y Greenpeace tiene las pruebas, nosotros consideramos que tenemos toda la legitimidad para decir esto tiene que detenerse”, sostuvo el activista.


Eso hicieron en 2001, contra Pemex en Coatzacoalcos, Veracruz, después de que se monitorearon las descargas del Complejo Petroquímico “Pajaritos” en la zona de Nanchital y se logró documentar que se estaban violando las normas ambientales mexicanas.


“Una vez que documentamos esa ilegalidad, pasamos a la acción. Tuvimos que ir a bloquear las descargas de esos desechos petroquímicos porque nuestros llamados para que Pemex reaccionara fueron desatendidos. Y por eso Greenpeace pasa a la acción”.


De acuerdo con Ampugnani este tipo de tácticas fueron utilizadas por los fundadores de Greenpeace, quienes, a su vez, retoman los modelos de lucha de una serie de movimientos de los años 60. “Estas personas que fundan Greenpeace estaban dentro de un contexto sociocultural y de lucha influenciado por el movimiento feminista, el movimiento hippie, por Martin Luther King y los derechos civiles de las personas afroamericanas”.

Los mismos enemigos en medio siglo

Para Gustavo Ampugnani, a pesar del transcurso del tiempo, los enemigos del medio ambiente en México y el mundo son los mismos: aquellas personas o grupo de poder que quieren que las cosas sigan igual, es decir, los lobbies petroleros y del gas, las empresas mineras, las compañías agrobiotecnológicas. En una oración, el gran capital explotador de recursos naturales.


—A escala mundial, sus logros son visibles en la reducción de las pruebas nucleares, en el control de la caza de ballenas o en la protección de la Antártida ante los desechos tóxicos. ¿En México donde están sus principales aportaciones?


—Lo que más se recuerda es la lucha para evitar que el arrecife del Parque Nacional de Cabo Pulmo en BCS quedara degradado por la construcción de un complejo turístico. Eso fue hacia el final del sexenio de Calderón.

Otra aportación es la lucha contra de la siembra de maíz transgénico, esa es nuestra campaña más longeva, que comienza en 1999 y concluye con el decreto presidencial del 31 de dic de 2020, en el que se prohíbe la siembra de maíz transgénico y el uso de glifosatos.


“Greenpeace no ha sido la única, se han movilizado muchas organizaciones y muchas comunidades para este logro. En casos como Laguna Verde, Greenpeace ha ayudado a amplificar la voz de los sectores antinucleares de Veracruz y alertar sobre los riesgos de un mal manejo de la energía nuclear”, apunta el activista.


—¿Perciben alguna diferencia entre el gobierno actual y las administraciones del PAN o del PRI, en términos ambientales?


—Sinceramente, una gran diferencia no la vemos. El tema del medio ambiente nunca ha sido una alta prioridad en las administraciones de los últimos 30 años. La Semarnat se creó en el sexenio de Ernesto Zedillo, y desde entonces a la fecha el tema medioambiental ha estado en la agenda, pero no es prioritario, tenemos que competir con otras prioridades, como la pobreza, la democratización y la inseguridad.


—El programa Sembrando Vida es descrito por el presidente López Obrador como su máxima aportación ambiental. ¿Ustedes cómo lo ven?


—Sembrando Vida. no es un proyecto de medio ambiente, es un proyecto de bienestar y desarrollo social que incorpora siembra de árboles frutales y maderables, pero no es reforestación. Por otro lado, dudamos que los proyectos de reforestación sean exitosos, lo que México requiere es detener la deforestación seriamente, y hoy por hoy seguimos teniendo casos de tala clandestina muy cerca de la Ciudad de México, por el rumbo de las Lagunas de Zempoala. Una vez que se garantice que la deforestación está detenido, ahí sí tiene sentido la reforestación.


—¿Qué opinan del la refinería de Dos Bocas?


—La refinería de Dos Bocas es una mala jugada en el sentido de que estamos presenciando una crisis climática y que un país como México, teniendo tanto potencial para desarrollar las energías renovables, use dinero público para construir una refinería, nos parece una mala noticia.


“Dos Bocas por sí sola no generará un problema ambiental adicional, quizás lo complejiza, pero es un desperdicio de dinero, porque es una infraestructura que quedará obsoleta en dos o tres décadas, porque la tendencia global es desfocilizar o desarmonizar las economías”.

Añade. “Una mejor inversión hubiera sido estimular y crear una industria nacional de fuentes renovables que pudiera maximizar el aprovechamiento de la eficiencia energética del país, que formara técnicos e ingenieros para una revolución de los techos de México, techos que están ociosos, que podrían estar generando energía en las viviendas, los centros comerciales, las oficinas o las escuelas”.

Las lecciones de Tula

Cuando ocurren tragedias como las inundaciones en Tula, Hidalgo, y en Ecatepec, estado de México, se suele escuchar con mayor frecuencia que se están viviendo las consecuencias del cambio climático. Sin embargo, para el directivo de Greenpeace, la asociación no es así de sencilla.


—¿Qué es verdad, qué es mentira y que es mito en esta asociación de los desastres con el cambio climático?


—Lo que hay que desmitificar es que estas cosas pasan por el cambio climático. Los fenómenos naturales no existen por el calentamiento global; el cambio climático lo que hace es potenciar ciertos fenómenos meteorológicos, como los huracanes.


“Tula es un fenómeno mutifactorial. Lluvias siempre va a haber, pero lo que no se menciona en estos casos es que se han hecho modificaciones en el paisaje y las manchas urbanas han aumentado muchísimo en zonas donde no debería haber construcciones”, alegó.


Ampugnani señaló que en estas inundaciones es clave darle su lugar en las políticas pública a la planeación urbana y al ordenamiento territorial. “Si no se respetan esos ordenamientos, lamentablemente vamos a seguir viendo este tipo de cosas en los próximos años. No es que la culpa la tenga la gente por vivir arriba del cerro o en los lechos de los ríos, pero tiene que haber orden, presencia del Estado para reglamentar este tipo de cosas”.

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